Septiembre es un mes cargado de muchos símbolos, con el primer día se inicia la larga marcha, pues además del quinto informe presidencial, el país estará atento al encuentro que se efectuará en la Ciudad de México, entre los firmantes del TLC.
Esta reunión, como la primera ronda que se llevó a cabo en el territorio de nuestro vecino país del norte, está marcada por el lenguaje incierto, confuso y provocador del presidente Trump, quien desde que era candidato expresaba su rechazo al Tratado de Libre Comercio, ya como presidente ha insistido en retirarse de este acuerdo.
Ese lenguaje, a juicio del secretario de Relaciones Exteriores Luis Videgaray, es una forma de negociación, en el estilo pendenciero del presidente Trump, la interpretación del canciller tiene lógica, porque, basta que cualquiera de los firmantes anuncie su decisión de retirarse para que seis meses después esa voluntad se concrete.
El análisis entonces no debiera estar centrado, solamente, en la condición de tratado sí o no, este plano aunque importante no solamente es insuficiente para reactivar la economía mexicana, más aún, estructuralmente encuentra límites muy inmediatos para estimular nuestro crecimiento.
Ciertamente las exportaciones del país conocieron un significativo crecimiento en este rubro desde 1994, con la firma del tratado, para este año, las exportaciones mexicanas pasaron de 90 mil millones de dólares a cerca de 400 mil millones de dólares en 2016, con este intercambio comercial la economía mexicana depende en aproximadamente 85 por ciento de la estructura económica de nuestro socio y vecino. Sin embargo, a pesar de este amplio intercambio, el PIB del país ha crecido, entre 1994 y 2015 a una tasa promedio del 2.2 por ciento. Si se quisiera que el PIB creciera a una tasa, por ejemplo de 6 por ciento, con los niveles actuales de la elasticidad ingreso de la demanda de las importaciones actuales, las exportaciones deberían crecer 27 por ciento anual, una cifra inalcanzable para una cifra de baja productividad.
Una primera conclusión permite afirmar que la política de intercambio comercial solo permite un crecimiento económico, pero una vez alcanzada esta cota, el comportamiento del PIB solo logra rendimientos decrecientes. La pregunta obligada es, ¿cómo alcanzar las tan anheladas y necesarias tasas de 6 por ciento o más? La respuesta nos obliga a revisar y discutir políticas heterodoxas, que conserven, sí, el alineamiento de la inflación con los criterios del Fondo Monetario, pero que de igual manera, le devuelvan al mercado interno su condición de agente económico que potencia, estimula y conduce la economía hacia un mayor crecimiento.
Para que eso ocurra, es necesario, entre otras cosas, que el Banco de México deje de tener como función única el control de la inflación. Esa institución puede (y debe) también ser garante del crecimiento, esta doble función inflación-crecimiento pueden ser un binomio virtuoso. En esa lógica, el Banco de México podría utilizar una parte de las reservas para estimular el crecimiento económico.

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