Después de varios meses de ausencia regresa. Esto no es un libro a las páginas del Maldito Vicio. El experimento literario juega, en su edición del pasado enero, con la nada: esa condición que nos habla de ausencia, de carencia de algo o alguien que algún día estuvo presente. Una de las acepciones que consigna el diccionario de la lengua española nos dice que la nada es una situación o estado de carencia absoluta: en esa condición nos hemos sentido todos en algún momento. Unos asumen o son sorprendidos por ese estado. ¿Qué sucede cuando dejamos de sentir y nos abruma nuestra capacidad de pensamiento? El estado de consciencia demasiado lúcida raspa, molesta. Eso y la posibilidad de sentir algo aunque le cueste la vida a alguien más. Algo de esas sensaciones experimentaremos en esta edición.

Alma Santillán

Diez miligramos, todos los días, a la misma hora. Me prometió que eso sería suficiente para mirar el mundo con otros ojos, para sonreírle a la rutina que no me tendría en modo automático.
Han pasado seis semanas y ya no me sorprendo en posición fetal a medianoche desesperada por que amanezca, temerosa de cualquier ruido en la azotea o un crujido en el árbol vecino. He notado la ausencia del tic-tac del reloj que hace meses dejé sin pila porque el sonido me taladraba los oídos y hacía sudar mis manos. Tal vez sea tiempo de reconciliarme con él, ponerle las dos doble AA que utiliza e incluso colgarlo de nuevo en mi pared, en un punto donde además de escucharlo pueda verlo para cerciorarme de que el trayecto en circular no es una ilusión y de verdad marca el paso de las horas.

Apago las luces a la hora de siempre, ya no me devora el vacío que separa el interruptor de la cama ni prendo las velas que compré por decenas en un ataque de pánico previendo que un día fallara un fusible y no supiera qué hacer sino suplicar haber aprendido algo de él, que era tan bueno para las tareas de la casa.

Diez miligramos, cada día, por la mañana. Es quizá la primera vez que alguien cumple su promesa: sí miro el mundo con otros ojos y mi rutina me divierte al punto que no hay una sola actividad que quisiera cambiar.

Hemos platicado durante horas enteras de cuál será el siguiente paso y me aconsejó empezar a salir más. Le conté de él, ella sonrió; preguntó a qué se dedica, cuántos años tiene, cómo lo conociste, te gusta. Arquitecto, 37, amigo de un amigo, sí. No suena mal, nada mal. Pero yo no estoy segura de lo que quiero ahora, no sé si creo o quiero creer en que esta vez volver al ruedo funcionará para mí; no sé si quiero apresurar las cosas, no sé si quiero algo más. Yo no sé si quiero las cosas a la antigua o si eso siquiera existe ya.

Porque no es lo mismo que hace 15 años, ya no se trata de expectativas o romanticismo, aunque sí de ilusión. O no lo sé.

Me pregunta si he llorado. No. Ni siquiera cuando la tubería colapsó por el hielo y el baño se inundó, tampoco cuando perdí el anillo que él me regaló. ¿Y si estoy dejando de sentir?, ¿Y si estoy dejando de ser yo?, ¿O esta yo es la sana y equilibrada que siempre pude ser y que los 10 miligramos, todos los días, trajeron a la realidad? ¿Por qué pienso tanto? Antes, yo sentía. Pero ahora no. Nada, es la primera vez que no siento nada.

Enid Carrillo

Fue horrible. Pero fue hermoso también: estar allí frente a un cuerpo tan joven y perfecto que no se le resistiría ni tendría miedo de su aspecto. Era la primera vez que Rogelio se sentía aceptado por los otros, que podía sentarse junto a una mujer y contarle todos sus secretos y sus miedos; la primera vez que podía acariciar una mano sin ser despreciado, sin que le doliera el rechazo. La primera vez que mataba a alguien.

La víctima era una mujer joven con el cabello claro, pero los ojos negros, tan oscuros que parecían contener a la noche. Caminaba todas las tardes desde su trabajo en la tienda de harinas hasta esa esquina escondida donde tomaba un autobús. Rogelio sabía cada paso que daba, la miraba desde su ventana con la culpa que tienen los hombres que guardan secretos. Mientras guardaba el secreto de su deseo, la miraba desde la ventana de su cuarto de azotea, y acariciaba el cristal como si tocara su pelo. Deseoso de que aquella mujer le devolviera la mirada, bajó un día la interminable escalera que lo conectaba con la realidad, sudoroso y cansado, con el corazón casi en la boca de tanto esfuerzo. Caminó las dos cuadras que lo llevarían a la esquina donde la mujer esperaba el autobús y tuvo la suerte que tienen los malos cuando la miró acercarse sin que nadie más estuviera cerca.

Le dio un golpe en la cabeza. Su enorme cuerpo sostuvo con facilidad a la mujer que reposaba entre sus brazos. La llevó a la habitación y la puso sobre la cama, con las manos atadas sobre su estómago y la boca cubierta con una cinta. Esperó con paciencia a que despertara, cuando lo hizo, sintió esa mirada tan conocida del desprecio femenino que no soportaba, entonces lo hizo.

Tomó con sus manos el delgado cuello de la mujer y apretó hasta que sus ojos llenos de noche lo miraron mientras lloraban. Se detuvo hasta quitarle la vida. Esperó un poco hasta que su corazón calmara su furia para preparar el momento que soñó junto a ella.

Entonces bailó un poco con la mujer muerta, la movió al ritmo de su tarareo y sintió una dicha incomparable. La recostó de nuevo y le contó todas las cosas que guardaba en su pecho, recargó la cabeza en su regazo y enredó sus dedos con los de ella y así por fin cerró los ojos encharcados de alegría. Nadie buscó a la muchacha, nadie lo culpó jamás, nadie sospechó siquiera. Así fue la primera vez que Rogelio fue feliz; la primera vez que sintió calma en el corazón; la primera vez que se salió con la suya. Y no se detendría nunca más.

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