Es del dominio de la población en general que a nivel mundial el principal problema de salud es la obesidad, no solo en adultos sino también entre los niños. Encuestas de organizaciones internacionales (OMS, 2013), nacionales y estatales (Ensanut, 2012) indican que la tercera parte de la población infantil padece obesidad. Si bien esas condiciones eran consideradas un problema solo de los países con ingresos altos, actualmente estas enfermedades han ido en aumento en los países con ingresos bajos, tal es el caso de México (OCDE, 2012). Debido a que el sobrepeso y obesidad se caracterizan por el exceso de peso corporal, algunos clínicos e investigadores utilizan esos términos indistintamente, no obstante puntualizo que la diferencia radica en el grado del exceso de peso, lo anterior es importante porque se ha evidenciado que a mayor exceso de peso, mayores complicaciones, por tanto se debe indicar la categoría precisa. Existen diversos indicadores de peso corporal, no obstante me inclino en recomendar el índice de masa corporal –aún con sus limitaciones– ya que es sencillo y económico de determinar y su utilidad la fundamento en poder realizar comparaciones entre localidades, estados, países o naciones.
Desde mi punto de vista, la relevancia de esta temática reside en que se ha referido que un niño con obesidad potencialmente tiene riesgo futuro de padecerla y, por tanto, desarrollar o perpetuar mayor comorbilidad en la adultez. Aun cuando existen diversas definiciones de obesidad (OMS, 2013; Ensanut, 2012; SSa, 2010) en ellas converge que se trata de un fenómeno complejo, no solo en su origen sino por las consecuencias, ya que además de ser físicas también son psicosociales. Entre las consecuencias físicas de la obesidad infantil se han identificado diversas enfermedades que por sí mismas son alarmantes como diabetes mellitus tipo dos, hipertensión arterial, lesiones ortopédicas y alteraciones hepáticas; y aunque las de tipo psicosocial han sido menos estudiadas, se han reportado consecuencias como la depresión, ansiedad, baja autoestima y discriminación social. Con esos datos es claro observar que la obesidad afecta las tres dimensiones del ser humano: biológica, social y psicológica; la alteración de esta última puede desarrollar o mantener alteraciones de las dos primeras o pueden interactuar entre ellas, contribuyendo en situaciones más complicadas.
El caso de la discriminación hacia las personas con obesidad es clínicamente relevante ya que, como se ha demostrado, tiene tal impacto en algunos seres humanos que activa las mismas funciones que las del dolor físico. La discriminación corporal surge en una sociedad donde se rinde tributo a la delgadez como sinónimo de belleza y éxito; así la lucha para alcanzar ese ideal en una sociedad obesogénica1 se vuelve cada vez más intensa, lo que puede llevar a desarrollar insatisfacción corporal (IC) o a la adopción de conductas alimentarias anómalas (CAA).
La IC es un grado elevado de malestar para la persona, que interfiere con su vida cotidiana llevándola a adoptar comportamientos que conllevan riesgos para su salud; mientras que las CAA son alteraciones en el comportamiento alimentario cuyo origen es de tipo psicológico. Tanto la IC como las CAA son variables que predicen los trastornos del comportamiento alimentario (TCA) como anorexia nerviosa, bulimia nerviosa o trastorno por atracón.
La era digital que vivimos actualmente me coloca en una situación paradójica dado que es un avance pero también un retroceso, ya que el fácil acceso a dispositivos electrónicos en combinación con los medios masivos de comunicación juegan un papel muy importante en la transmisión de estereotipos (delgadez como belleza) a través del bombardeo continuo de imágenes, símbolos y palabras, que en algunos casos resulta inalcanzable ese ideal de belleza, y de esa manera surgen las inconformidades propias y de la cultura, propiciando la discriminación hacia la obesidad. Lo que hoy en día es preocupante es que cada vez a menor edad las niñas sufren de IC, pero enfatizo que las cifras de varones van en aumento. Así, hombres y mujeres padecen los estragos psicológicos de obesidad. En una revisión a la literatura expresé que los contextos familiares y escolares son los principales escenarios donde se discrimina debido a la composición corporal y, por tanto, se promueve la IC.
Con lo anteriormente expuesto, sostengo que existe la necesidad imperiosa de que en los hogares y escuelas se promueva el respeto, la tolerancia y la diversidad hacia la composición corporal. Por lo que al psicólogo de la salud se le presenta la oportunidad de intervenir en ese campo fértil, contribuyendo con psicoeducación, tanto para sensibilizar a la población infantil y a la adulta sobre la temática de la obesidad, así como en el desarrollo e implementación de estrategias, como la alfabetización de los medios, que hoy, más que en otros tiempos, es necesaria para promover en la población infantil la reflexión y análisis de los mensajes transmitidos por los medios de comunicación, entre ellos el estereotipo de la delgadez como sinónimo de belleza.

1.- Sociedad que propicia las condiciones para desarrollar la obesidad.

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