Dada su notabilísima trayectoria vital de ranchero y alcalde de un pequeño pueblo a jefe todopoderoso del país, asombra la escasez de estudios biográficos sobre la figura de Álvaro Obregón.

Durante una década dominó la escena política, dada su compleja personalidad y los entramados de lealtades y deslealtades en que se movió, alcanzó una estatura de notable entre los revolucionarios.

Pedro Castro, doctor en historia por la UNAM, maestro en estudios latinoamericanos por la London School of Economics, y licenciado en relaciones internacionales por el Colegio de México, es el autor, muy documentado para salir de la aridez que parecía envolver al caudillo sobre su vida y sus acciones.

Esto se consolida en su libro Álvaro Obregón, fuego y cenizas de la Revolución mexicana.

Castro ha publicado: Adolfo de la Huerta: La integridad como arma de la Revolución; Antonio Díaz Soto y Gama, historia del agrarismo en México; Soto y Gama: Genio y figura y A la sombra de un caudillo: Vida y muerte del general Francisco R Serrano.

Obregón, se cita, le llegó a decir a Vasconcelos: “Duraré hasta que alguien se decida a cambiar su vida por la mía”.

Y así fue. Había sufrido numerosos atentados, de los que salió airoso, pero había alguien, José de León Toral, joven de 24 años, que mantenía la obsesión de liquidarlo.

Según versiones, una religiosa, Concepción Acevedo y de la Llata, era parte de un grupo de conspiradores. Al final sería recluida por años en las Islas Marías.

De cómo Toral consumó sus propósitos, el escritor Castro describe: “Caminó por el camellón hasta la avenida Insurgentes, cuando vio a su presa (Obregón) dirigirse a San Ángel. Sin dejar pasar un minuto, tomó un taxi hacia el restaurante La Bombilla. En el mingitorio desenfundó la pistola que cargaba desde la mañana, le quitó el seguro y se la colocó en el pecho, cerrándose cuidadosamente el saco y procurando disimular el bulto tapándolo con la mano, en la que llevaba un periódico y su libro de dibujo.

“Llegó al patio donde estaba el general en la parte central de la mesa. Abrió su libro de dibujo de Sáenz (Aarón) y Obregón, acercándose al caudillo, ya bajo la mirada desconfiada del teniente coronel Ricardo Topete, le mostró su retrato por el lado derecho y al volver Obregón la cabeza para mirarlo, el asesino con su mano derecha sacó rápidamente la pistola e hizo el primer disparo a bocajarro en su cara, luego, en forma maquinal, disparó al cuerpo sin reparar en sus tiros, mientras, la orquesta típica de Tata Nacho ejecutaba la melodía ‘El limoncito’.

“El general se fue de lado hacia donde se encontraba Aarón Sáenz, quien trató de detenerlo en su caída.

“Después de algunos golpes, detenidos por la intervención de Manrique, Toral fue subido a un coche y trasladado a la inspección general de Policía.

“El primero en presentarse para verlo fue el presidente Plutarco Elías Calles, quien platicó a solas con él.”

Días adelante, Toral sería fusilado. El texto amplio de Pedro Castro se divide en nueve capítulos que de hecho corresponden a episodios de su vida e incluye imágenes de esa época.

Se deja constancia de que la obra se apoya en documentos de primera mano, así como fuentes hemerográficas y bibliográficas.

Se centra en la gestión del caudillo como líder triunfante y los conflictos políticos internos y externos que tuvo que enfrentar.

En especial los problemas producidos por la oposición tanto de la Iglesia como de los intereses extranjeros a las nuevas disposiciones constitucionales.

Inteligencia, astucia, voluntad de mando y momento histórico decisivo se juntan en la figura de Álvaro Obregón para constituir una biografía apasionante.

De Biblioteca Era, la primera edición fue lanzada en 2009.

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