Lol Canul

Recientemente se publicó la noticia de que las compañías Samsung y Apple recibieron una multa de 10 millones de euros por limitar la vida útil de celulares. La acusación fue hecha por parte del gobierno italiano en contra de dos de las más importantes empresas fabricantes de teléfonos móviles por “prácticas comerciales deshonestas”. Se detalló que las actualizaciones de los sistemas operativos en modelos de estas dos marcas provocaron fallas en el funcionamiento y rapidez de los aparatos.

Este hecho histórico confirma lo que por mucho tiempo se mantuvo como un rumor de la industria moderna, la llamada obsolescencia programada, término que se refiere a la programación del fin de la vida útil de un producto tras un periodo de tiempo preestablecido por el fabricante desde el diseño y producción del mismo. Se cree que esta práctica tiene origen en la Gran Depresión como una estrategia para reactivar la economía y mantener un flujo constante en ella.

Por tanto, el objetivo de la obsolescencia programada es generar compras con mayor frecuencia y, por consecuencia, un lucro con garantía de ingresos económicos continuos y periódicos para empresas o fabricantes, dejando de lado la intención de crear productos de calidad y, por supuesto, obviando las necesidades de consumidores y desestimando las repercusiones medioambientales en la producción masiva.

Benito Muros, presidente de la Fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada (Feniss) en España, asegura que la vida útil de un teléfono es de dos años debido a la obsolescencia programada, sin la que esta vida útil se prolongaría hasta 12 años, por lo que concluye que todas las compañías de fabricación de celulares realizan esa práctica.

Aunque no todo se encamina a que un producto se vuelva obsoleto, otras prácticas asociadas que buscan el mismo objetivo de forma indirecta son, por ejemplo, por falta de repuestos o piezas, como las baterías, que hacen imposible la reparación y logran la compra de otro aparato nuevo que lo sustituya; o el que un sistema operativo deje de actualizarse por las características del aparto que no permiten la compatibilidad. En la industria alimentaria y farmacológica se sabe que las fechas de caducidad responden en muchos casos a necesidades de desecho de producto aun si este es óptimo para consumo.

Los aspectos psicológicos también tienen lugar aquí, cuando las campañas de mercadotecnia buscan que la gente perciba como inútiles o feos productos que aún tienen vida funcional. La moda es otro ejemplo de este problema, es una especie de obsolescencia por estética y tiene mayor auge en la industria textil y de producción de ropa. Incluso la ecología ha sido utilizada como máscara de la obsolescencia cuando un producto se desecha en la falacia de usar otro cuyo impacto en la contaminación sea menor, a sabiendas de que el desechar cualquier producto ya implica una agresión al medio ambiente.

Pese a ser ya un hecho conocido, aún las empresas como las expuestas en el caso niegan su incursión en ellas; la multa a Samsung y Apple es una de las primeras penalizaciones a nivel mundial de las que se cuente registro y podría marcar un punto de inflexión en la legislación que es endeble para la atención de estas prácticas que representan un reto para los gobiernos, sumando un punto a los problemas de contaminación ya existentes y que requieren urgente intervención.

También queda reconocer el poder de consumo que tenemos como ciudadanía y buscar las vías para señalar si somos víctimas de esta práctica, así como buscar vías de resolución. La obsolescencia programada es aplicada en muchos ramos de la industria, ¿cuáles de ellas padecemos? ¿Acaso no nos gustaría que nuestro dinero no se fuera a la basura en tan poco tiempo?

Twitter: @lolcanul

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