Sí, todo papel, documento, notas, dibujos, imágenes, publicaciones, planos amarillentos, manchados y hasta mutilados consultaba. Les preguntaba la abuela también a las construcciones antiguas mirando minuciosamente, observaba las huellas, las marcas de todo lugar, gozaba husmeando de los espacios arquitectónicos públicos que tenía como valiosas pistas para sus historias, para la memoria, para encontrar el tenor de la población de la villa.
La viejilla repetía “hay que aprender a interpretar, a mirar, lograr una clara lectura cierta de los antiguos lugares comunes, su entorno habla, dice muchas cosas de la herencia que se puede tocar, sentir, oír, imaginar y ver, conocer de pláticas con distintos discursos de muchos significados”. Preocupada por lo pasado y lo que nos deja, por la pérdida de esa nuestra herencia, ella enseñaba del origen minero “a coscorrones o a coco rayado”, hacía entender a sus inquietos y asnos pelones gritando desaforadamente “¡hay que leer, preguntar, informarse, buscar nuestro principio para no ser timados por bizcos falseadores, plagiarios, lacadémicos, por ostentados y sentidos especialistas, dichos conocedores, por esos sobrados distinguidos como aduladores de gobernantes y autoridades ignorantes y corruptas, como acontece en la tierra de los ciegos donde el tuerto es rey!”.
La población del mineral de argento es una sociedad definida de mineros, barreteros, jornaleros, comerciantes, empleados y más, todos de ineludible importancia en su fundación y definición, “cada uno con herencia particular y propia no inventada ni construida a reflejo de otras, ni por pedido, con líneas de pertenecía y con herencia, legado y acervo no fingido o creado” de manifiesto en múltiples maneras, como en las formas de la arquitectura urbana, vernácula, en los espacios públicos; plazas, plazuelas, calles, callejas, vecindades, callejones que suponen el todo del que derivan las particularidades de una vida social, su acontecer y su comportamiento, el intercambio, la interacción entre el lugar y el acontecer da la cultura, la herencia, el acervo de la ciudad minera en la que se incrustaron los desterrados pobres, hambrientos venidos de lejanas naciones.
La villa del mineral es de formas físicas palpables, documentadas. La cuenca que resulta se encuentra rodeada de cerros ya áridos, pelones, rocosos con cardos, se ve partida en dos por el primitivo arroyo de Pachuca que desemboca por la única salida al valle, al sur-poniente, que permite el paso de las aguas de lluvia venidas de estos cerros cubiertos de piedras y cactáceas, agrestes bajan formando el río de la sierra pachuqueña, al norte con varias cañadas, por el sur el maravilloso Valle de la Anáhuac, al poniente el promontorio rocoso del San Cristóbal y al oriente los cerros de Santa Apolonia y de Las Coronas. La anciana advertía “la corriente del arroyo solo se mira en temporada de lluvias descendiendo por el levante de la villa entre esos cerros de Las Coronas y Santa Apolonia, este descenso de las lluvias da como origen la calleja y calle de Ocampo, donde la tierra rocosa y tepetatosa se agrieta y retuerce para precipitarse en torrentes hasta encausar el arroyo de las avenidas”.
La abuela presumía su hermoso y bien elaborado plano datado a finales del siglo XVIII para demostrar y enseñar lo que conoció a finales del siglo XIX y hasta los años 60 del siglo pasado del origen de la calleja de Ocampo, demostró “que fue definiéndose a las orillas del cause de lluvias desde la elevada mina de El Pabellón descendiendo y cruzando por la calle Morelos pasando por la vieja Casa del Ensaye de Minas, atraviesa la calle de Hidalgo, continúa a la plazuela de La Paja, al sur desemboca al arroyo frente al primitivo puente de piedra que se conoció como Cruz Verde, después Cravioto, con vista a la plazuela de toros de los Avendaño, ahora plaza Independencia”.
La viejilla rugió recordando al ingeniero guanajuatense José María Romero, escritor de las Memorias de la Comisión Científica de Pachuca del siglo XIX, en tiempos en que la villa de argento contaba con no más de 12 mil habitantes, anotó “de sus calles dos o tres centrales están casi en línea recta y a nivel aunque son de poca anchura las demás son en lo general cortas, estrechas, tortuosas y desniveladas” en las que se murmuraba “…no que el amo nos hambrea, nos pega y nos maltrata mientras en nosotros tiene una minita de plata.”
Esa callejuela de Ocampo presumía un aspecto muy repugnante, veíase por su abandono alarde de basura y mugre depositada por todas partes, ahí no existían drenes ni tuberías de albañal ni cloacas, en la parte alta no se conocían las banquetas y carecía de enlosado y empedrado únicamente destacaban enormes grietas que verdaderamente no se podían saltar, había infinidad de piedras de todos los tamaños resultando imposible la circulación de carretas o carromatos, con dificultad circulaban las recuas de mulas cargadas.
Los pocos pavimentos que se conocían en los primeros años del siglo XX, únicamente eran de la esquina de la abarrotera del gachupin “don Callejas” hasta la antigua plaza de Las Diligencias frente al Reloj, los que lucia eran disparejos con múltiples tropezones por doquier llenos de hoyos y hoyancos malolientes. Ella dijo que en temporada de aguaceros fuertes “bajan corrientes con pedruscos y tierra que resulta imposible cruzar de lado a lado, descienden aguas corrompidas con desechos fecales, lo mismo que con todo tipo de basuras, frutas, verduras y nopales podridos, jitomates, lechugas en extrema putrefacción con lo que se forman enormes montones de piedras, tierras lodosas, gravas, basuras, podredumbres que le causan tanta distinción que algunos de ellos tardan hasta dos días en retirarlos aun a poca distancia de la plaza Independencia”.

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