La sociedad occidental que surgió en el centro de Europa y que más tarde se extendió por todo el mundo, nunca ha comprendido qué es la naturaleza. La exposición del fenómeno pandémico se maneja en una lógica abstraída de su realidad contextual, del todo como dirían los filósofos clásicos, de lo uno. Y “lo uno” se llama naturaleza. Y la naturaleza es una potencia a la que nosotros como seres humanos le debemos la existencia y que, por tanto, implica una relación de cuidado y respeto, porque la naturaleza es un poder caótico, devastador e impredecible.

La sociedad occidental ha creado un discurso que nos ha inducido a creer en que la naturaleza es un objeto vivo pero inofensivo e inerte y susceptible de utilizarse con fines económicos y comerciales. En su versión más refinada, en la academia se trata a la naturaleza como un conjunto de ecosistemas que pertenecen a un ecosistema mayor, mega, al que los seres humanos han dañado en sus mecanismos de subsistencia y que poco a poco se va erosionando, destruyendo. Esto ha ocasionado una serie de valoraciones y errores en no pocas ocasiones conscientemente creados. En todos los casos la naturaleza es una entidad sin ninguna capacidad de reaccionar ante los seres humanos, frente a la ingratitud de sus hijos.

En ambos casos, la naturaleza aparece como un sistema natural sobre el que la mujer y el hombre se colocan no como hijos, sino como unos dictadorcillos. Por esa razón se ha creado un discurso que coloca a los humanos, equivocadamente, como los reyes del Universo. Pero, tomemos conciencia de lo que ha ocurrido desde hace aproximadamente ocho meses para acá. Hemos sido testigos no de la existencia de un virus que se ha mutado o no solamente de eso. Lo que hemos visto es una manifestación de la naturaleza que ha reaccionado de manera ciega como es, ante la amenaza que ha significado para ella la existencia no de los seres humanos sino de un segmento que ha resultado una amenaza para su existencia.

Esa incomprensión es lo que ha llevado a este modelo de sociedad, es decir a quienes se encargan ahora de dirigirla, a tomar una serie de decisiones sobre la actual pandemia que a todas luces resultan incomprensibles, pero que por alguna razón han sido adoptadas por la sociedad casi sin resistencia alguna. Lo incomprensible de las medidas que aquí afirmamos que lo son, las hemos experimentado todos con meses de encierro y una nueva normalidad que no es ninguna nueva normalidad sino una serie de desatinos en todo el mundo. Y son desatinos porque valoran la pandemia como si solamente se tratara de un infeliz virus.

Por su puesto que la pandemia se manifiesta adoptando la forma de un virus, pero es solamente la manifestación de un fenómeno. Lo cierto es que se trata de una reacción normal de la naturaleza ante la desmesurada actividad de hombres y mujeres sobre la misma. Pero ante la incomprensión de lo arriba expresado, lo más reciente y destacado de todo ello es que después del encierro y las nuevas medidas adoptadas por la sociedad, lo que ha seguido es un nuevo y enorme desatino como lo es la disputa por ver quien domina al mundo con una nueva vacuna. Por supuesto que no estamos en contra de una nueva vacuna.

Lo que aquí afirmamos es que la sociedad occidental ha extraviado su juicio. La disputa por una vacuna se ha visto como una manera de dominar al mundo, como parte de las disputas que las potencias industriales llevan a cabo por establecer su poder sobre la humanidad a través de la industria química. Lejos quedaron las antiguas creencias de los científicos de la era clásica que veían en sus aportaciones a la ciencia como una manera de contribuir a la felicidad humana. Pobres la verdad o pobres de nosotros. Los conocimientos creados social e históricamente han ido a parar a las grandes multinacionales que ahora se prestan a controlar el cuerpo de miles de millones de seres humanos, claro, siempre y cuando tengan dinero.

Las élites que dirigen el destino del planeta no pueden seguir gobernando de esa manera. O cambian o los seres humanos estamos obligados a presionar con el fin de que las prácticas de las élites se modifiquen. Su ceguera no puede ser la ceguera nuestra. El camino del encierro, la nueva normalidad y la vacuna nos conduce a un precipicio. No puede ser que, a medio año de vivir una tragedia, única en la era moderna, de encierro, libertad condicionada y muerte, todavía en los discursos de los gobiernos de las principales naciones del mundo, no se diga cuáles son las causas principales del surgimiento del virus SARS-Cov2. Mantienen un monodiscurso que se ajusta a sus intereses económicos.

La incapacidad a todas luces manifiesta del modelo occidental para enfrentar la actual pandemia marca un parteaguas histórico, un punto y aparte del devenir futuro de la humanidad. La pandemia fue la gota que derramó el vaso de una sociedad que surgió en el centro de Europa y que al expandirse por el mundo prometió una sociedad que, con en el paso del tiempo marcado en siglos, progresaría de manera permanente y constante. Sin embargo, las transiciones que se anuncian entre las superpotencias, el traslado de los centros de poder de EU y Europa a China y Asia, se llevan a cabo bajo la misma fórmula del progreso y de la destrucción del planeta.

Un último apunte. Recientemente subí una información a Facebook, que a su vez tomé del portal del profesor Jalife, acerca de la existencia de una nueva tesis del doctor y científico Víctor Manuel Velasco acerca del “Déficit solar de energía”. Aunque no dudo de la veracidad del sustento, es decir, de la existencia de ciclos de la energía solar, igual no creo que las pandemias, el hambre, etcétera, que siempre han existido en la historia de la humanidad, en última instancia tengan como causa los ciclos solares de energía. No dudo que la existencia de los ciclos solares tenga que ver con la productividad de la tierra como generadora de bienes agrícolas. Pero, la creencia monocausal de que las pandemias y el hambre pueden explicarse en función de los ciclos solares de energía, me parece un poco exagerada. En todo caso, aquí se sostiene que tanto pandemias y hambre, vistas como fenómenos históricamente existentes, se explican, principalmente, por relaciones de poder y dominio.

Si la luna puede explicar el flujo de las mareas, me parece una buena razón que tiene cierta lógica. Pero explicar la pesca tradicional o la inexistencia de la misma en razón de la influencia de la luna sobre la carga que logran los pescadores en sus respectivas redes de estos pobres animales, me parece que está fuera de lugar. Si se quieren evidencias históricas para medir el hambre y utilizar para ello los ciclos solares de energía, siempre se van a encontrar pruebas, pero no es debido a razones extra humanas.

La pandemia nos ha mostrado que la sociedad occidental ha muerto, ahí está evidencia.

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