Enclavada en la Sierra Norte de Puebla, en la frontera con Veracruz, se encuentra Ocomantla. Una pequeña localidad de escasos 500 habitantes que ni siquiera aparece en el mapa. Aquí, la reserva ecológica de Kolijke ha impulsado con grandes resultados una campaña de alfabetización, educación y trabajo colectivo desde la acción multidisciplinaria de jóvenes estudiantes de distintas carreras, desde filosofía y letras hasta agronomía, demostrando una vez más que el trabajo colectivo y coordinado con las comunidades representa acciones eficaces contra el despojo, el saqueo, la destrucción de los tejidos sociales y la violencia intrafamiliar desde la construcción y recuperación de la memoria histórica, de las tradiciones, de los usos y costumbres y las culturas ancestrales.
Mayoritariamente totonaca, la comunidad lucha día a día por la supervivencia, una comunidad paradójicamente sin tierras pero guardiana de su territorio ancestral, hoy en peligro por el saqueo indiscriminado de los recursos naturales a manos de talamontes y empresas transnacionales concesionadas para la explotación minera e hidroeléctrica.
Jornaleros en la cosecha del maíz y el café en otras comunidades por sueldos miserables, los totonacas se suman a la larga lista de pueblos originarios que se resisten a desaparecer. Así, Kolijke desde la conservación de varias hectáreas de selva coadyuva en este vital resguardo del territorio.
Estos jóvenes, independientes, sin partidos políticos o asociaciones civiles dedicadas a la limosna y la beneficencia social, incluyeron al muralismo en su proyecto multidisciplinario con invitación al Movimiento de Muralistas Mexicanos y que con mucho gusto aceptamos colaborar. Y desde ahí, desde lo que sabemos hacer, las y los artistas le entramos al quite juntos, alfabetizadoras y alfabetizadores, pobladores, mujeres, hombres, ancianos, niñas y niños que con su alegría no perdieron la oportunidad de hablar a través de imágenes sobre su propia comunidad, su historia y su memoria.
En estos tiempos de ignominia, ignorancia y miedo en las filas de la juventud mexicana, esta joven guardia nos pone un ejemplo de dignidad y trabajo colectivo sin importar su propia comodidad. Al margen del extraordinario trabajo que junto con la comunidad desarrollaron durante dos meses y medio en distintos proyectos colectivos que van desde la equidad de género hasta combate de plagas, por supuesto la alfabetización, el colectivo de compañeras y compañeros se hospedó en las instalaciones de la reserva ecológica, diseñada para grandes estancias y enclavada en una empinada cañada junto a una hidroeléctrica, donde estableció su base de operaciones y con el apoyo de la comunidad.
Así, entre la humedad y lluvias propias de una selva, la infinidad de bichos paradisiacos y hasta violentos como las hormigas bala que te ponen a dormir grandes áreas del cuerpo o la temible nauyaca, una de las serpientes más peligrosas del mundo y cuyo antídoto local es el veneno de otro temible insecto conocido como ciempiés y a los que el conocimiento ancestral de la medicina tradicional totonaca les ha encontrado sus beneficios, el grupo multidisciplinario desarrolló su trabajo.
La migración en busca de trabajo y mejores condiciones de vida, uno de los grandes temas, ha dejado prácticamente sin hombres a la comunidad, haciendo evidente la alta población de mujeres, sin embargo, muchas de ellas siguen sufriendo de la violencia de género. La preocupación por preservar la tradición de la medicina tradicional y la lengua se ha vuelto una ruta a seguir para estas mujeres, tanto que cualquier niña o niño sabe qué planta es buena para las picaduras de insectos o para el dolor de cabeza. La apicultura y la producción de miel y sus derivados también es otra fuente de ingreso, sin embargo, al igual que el resto de productores y trabajadores del campo que comparten la memoria ancestral sobre la tierra prevalece la misma preocupación por el saqueo indiscriminado de los recursos que alteren los ecosistemas nativos y afecten todo el equilibrio vital. Por ejemplo, a decir de Patricio, una de las autoridades morales de la comunidad y productor de miel y café, se desconocen todavía las causas pero las flores no están produciendo suficiente néctar para que las abejas trabajen y eso puede ser el inicio del fin del mundo.
Por lo pronto, proyectos como el de la reserva ecológica de Kolijke, hombro con hombro con la comunidad totonaca de Ocomantla, en los que trabajando juntos todas y todos, indígenas y no indígenas, se vuelven alternativas reales y ya en práctica de que otro México sí es posible, aquí también “llegó la hora del florecimiento de los pueblos”.

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