Ahhhhhhhh los Grammys, los gramófonos dorados, la ceremonia de premiación musical más prestigiosa del orbe… Los odio. Sí, así, los odio. Hubo una época en que su servilleta esperaba ansioso cada año e incluso se desvelaba durante la entrega de este galardón con el fin de tener plática para toda la semana siguiente. Hoy ya no. El romance terminó. Pero existen justas razones que es preciso dar a conocer y que quizá compartas conmigo.
En primer lugar se encuentra el glamur. El Grammy se queda infinitamente corto si los comparas con los Oscars, los Globos de Oro o, incluso, los American Music Awards. La otrora ceremonia donde veías a los músicos e intérpretes con sus mejores “garras” se ha convertido en el festival de lo fodongo y lo estrafalario, solo faltan los inmortales Crocs para hacer una bonita estampa de lo mórbido. De la moda lo que te acomoda, dicen los que saben.
Luego tenemos la cobertura de la ceremonia. Sabes que algo va mal cuando lo mejor del show es la alfombra roja, donde la mayoría de los participantes exponen sus atuendos excéntricos y su “bling bling” como si de un circo de fenómenos se tratara. Si a eso le añadimos que este previo dura cerca de tres horas mientras que la premiación solo dos, entonces estamos ante un plato de sopa que sabe mejor que el plato fuerte.
El tercer lugar son las participaciones musicales. Si el Grammy pretende celebrar a la música, ¿cómo es posible que se limite la duración de las presentaciones? No, no me quejo de los involucrados, quienes han dado grandiosas combinaciones, sino de una organización del evento que da prioridad a todo menos a la música. Mal y va en peor, ya que se los comen vivos los premios MTV. Sí, aquellos trofeos que da el viejo canal de música que ahora ya no es de música. Se están perdiendo los valores. A ver qué tal con el combo Lady Gaga-Metallica.
Finalmente, y lo más importante, las nominaciones. Existió un periodo donde escuchar quienes eran los nominados a “Grabación del año” causaba euforia debido a la cantidad de talentos reunidos. En últimas fechas, el Grammy se ha convertido en la fiesta de unos cuantos (y si no pregúntenle a Beyoncé y Jay-Z). Si no fuera suficiente, el talento se ha dejado de lado para dar paso a la celebridad: cantantes de un solo hit, estrellas adictas al Autotune, figuras emergentes con poca voz pero con buen cuerpo… Los Grammy se asemejan cada vez más a los MTV, con la diferencia que los últimos no pretenden más que el entretenimiento. Así las cosas, los Grammy sufren problemas graves… y mi odio.
En fin, ya descargué la ira acumulada. Si optas por ver esta ceremonia de premiación, adelante, disfrútala; algo bueno pasará. En caso de que no, ya sea por falta de tiempo, mejores cosas qué hacer o porque compartas mi postura, supongo que la opción es tomar los audífonos y escuchar la música que te gusta. Odio los Grammy, pero odio más que no haya una ceremonia de premios que celebre a lo mejor de la música nacional (y no, los Grammy Latinos no cuentan, pero esa es otra historia).

@Lucasvselmundo
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Licenciado en ciencias de la comunicación y maestrante en ciencias sociales. Reportero ocasional y columnista vocacional. Ayatola del rock n’ rolla. Amante de la cultura pop, en especial lo que refiere a la música, el cine y los cómics. Si no lo ve o lo lee, entonces lo escucha. Runner amateur, catador profesional de alitas.