Thomas Wolfe fue uno de esos extraños personajes que nunca logró reconciliarse con la idea de que su obra, en alguna parte, debía estar a tono con la producción editorial, y por esa sola razón que el mercado editorial era una imposición fuera de cualquier razonamiento coherente para los creadores. Lo cierto es que hasta su encuentro con Maxwell Perkins, quien le abrió las puertas del éxito profesional que lo transformó en súper estrella, sin Perkins, Wolfe bien pudo ser uno de los grandes desconocidos de la literatura anglosajona.
Lo cierto es que la literatura de Wolfe cambió la escena de la producción anglofona, cuando su estilo se dio a conocer, ya que el toque autobiográfico en nada se asemejaba con la producción narrativa en primera persona, y además, en el sentido de que su ambición literaria rompía con la prosa ordinaria, en la que integró rasgos de poesía y, aún con una dote amplia de buenas intenciones, no hay traducción que contenga siquiera una porción valiosa de la musicalidad original de Wolfe en otra lengua.
En Of time and the river, Wolfe consiguió hacer no solo una especie de trazo acerca de lo que representa la existencia para un sujeto hambriento, a la mitad de sus veintitantos años y carente de todo recurso para dejar de ver su vida en calidad de otra cosa que una pequeña forma de odisea, en la que cuanto experimenta se recrea en formas elaboradísimas, que aunque algunas desgarradoras, con una belleza fuera de serie.
Cuán importante fue su estilo que cuando Kerouac se asomó a la producción de su obra, no pudo menos excepto imitar parte de sus aportaciones a la lengua y reflejarlas en su obra. Incluso, en la repentina oscuridad metafórica de Ray Bradbury al referir hechos y circunstancias, no solo atípicas, sino la esencia de sus narraciones y en donde se encuentra la clave de sus cuentos cortos, se deja ver parte de esa misma característica exclusiva de Wolfe, cuando vierte la sensación de que el mundo no es posible asimilarlo en su totalidad y que la lengua apenas puede reflejar parte de ella.
Pero gracias a la fama apabullante de Kerouac, más de una vez se ha omitido a Wolfe en su parcial capacidad para haber formado una sólida escuela de escritores, de no ser que falleció a una temprana edad y con ello desapareció una obra de la que solo quedaron algunos cuantos ejemplares, pese a la compulsión del escritor para producir, además, en volúmenes copiosísimos.
Así, cuando en su momento el joven Tom Waits decidió ensayar lo que desde su punto de vista podía ser algo similar al espíritu del beatnik, aunque su primera alternativa fue Kerouac, en realidad sus relatos vertidos en canciones, parecían más una forma de deambular entre incertidumbres e inconsistencias que nada tenían de bohemias, sí se podían aproximar a una forma nada suave de reflexionar en torno a un ambiente que lo hermanaba con el tratamiento de Wolfe, no en el límite de la experiencia cotidiana, pero sí bastante atípica, gracias a la inconfundible voz aguardentosa de Waits.
De allí en adelante, Waits se volvería una de las figuras más célebres y trascendentes de una primera escena underground, que con el tiempo se convirtió en la mismísima forma de visualizar a los sobrevivientes del Beatnik sin afán de ser transcendental, pero que por su intensidad y toque ambiguo, llegó a alcanzar una estatura que nadie le destinaba ni reservaba cuando recién comenzó.
Por una parte, ese toque de free jazz y acid jazz en el que desde siempre pareció encontrarse Waits, apuntaba hacia una seria dosis de nihilismo contra toda costumbre conocida, de tal suerte que su erudición musical, así como su capacidad para convertirla en una forma de interpretación personal, ligada por completo con lo teatral, convirtieron sin que fuese del conocimiento público, en una figura decisiva para la música de una época, ya que en su momento, las películas más musicales de Francis Ford Coppola, adquirieron su forma final, gracias a Tom Waits: Outsiders, La ley de la calle, The Cotton Club… hasta convertirse él mismo en un actor célebre para Jim Jarmusch.

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