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Mario Cruz Cruz, Profesor Investigador ICEA-UAEH
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Raen Sánchez Torres, Asesor legislativo
Email: [email protected]

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La designación de José Antonio Meade como abanderado priista aparentemente ha movido las preferencias electorales, lo cierto es que mientras no se definan todos los contendientes, las encuestas medirán euforias mediáticas y no preferencias reales, tal y como veremos en los próximos meses con la definición de los candidatos  restantes.

Los verdaderos impactos en las preferencias estarán cuando el electorado vea la congruencia entre los participantes, los errores que cometan, la capacidad de movilización que puedan desplegar, la impunidad o sanción ante prácticas de compra de voluntades, las conciencias que puedan alcanzar, los miedos coyunturales y/o el uso extremo de la violencia que permita la sociedad y, desde luego, de la concurrencia de la votación.

Mientras tanto, la ciudadanía debe repensar qué rumbo desea para el país frente a lo que ofrecen las tres fuerzas partidistas dominantes: a) la continuidad de las políticas y el ejercicio de gobierno que hemos visto en los últimos cinco años, b) aceptar la existencia de los inmensos problemas que agobian al país y replantear el ejercicio del poder, consensando perspectivas de izquierdas y derechas o c) presentar una propuesta con modelos económicos de 1970, orientada a la radicalización de modelos políticos similares a los de Venezuela y Bolivia.

Por lo pronto, la designación del candidato oficialista inquieta a todo buen observador al contrastar sutilezas que tienen en sus rituales de selección. Durante los años de la hegemonía priista el presidente definía a su sustituto, según algunas versiones, tras consensar con los expresidentes. Ahora, parece ser que pesó más el capricho de solo una voluntad. Antes las ceremonias de “legitimidad” exigían destapar al ungido con el disciplinado sector obrero, aglutinado en la CTM y encarnado por el eterno Don Fidel Velásquez Sánchez, mientras que en esta ocasión el que develó al “elegido” fue el favorito del presidente; su alfil tecnócrata, que tras ver frustrada su propia candidatura por planear la visita de Trump a México y proyectar presupuestos despilfarradores con el poder y minúsculos en la base social del país, optó por impulsar, ante los ojos de los representantes de otros países, otra candidatura priista.

En ese mismo tenor, los antiguos cánones tricolores planteaban que el elegido fuera el militante “más brillante” y que hubiese hecho algo extraordinario en su trayectoria burocrática o política. Así, en 1964 llegó a la Presidencia de la República el artífice de la estabilidad política del periodo de López Mateos; en 1976, fue aquél que propuso la fórmula para destrabar la “atonía económica” del echeverrismo; en 1982, postularon al que dio la cara y vendió una solución al desastre económico de 1982, y en 1988, candidatearon a aquel que para la facción dominante de la élite dio estabilidad a la economía a pesar de la crisis social de 1985 y financiera de 1987.

En contraste con esos usos y costumbres, en esta ocasión -como bien señaló el excanciller Jorge Castañeda-, el tricolor eligió a alguien cuyos mejores atributos fueron no ser priista y que, aunque reconoció públicamente la corrupción en las secretarías que dirigió, nunca actuó en consecuencia para sancionarlas, tal y como sucedió a su llegada a Desarrollo Social o en los momentos en que los “Duartes” hacían su agosto.

Otro elemento para el análisis es el papel que jugaron algunos medios de comunicación que, en actitud francamente esquizofrénica, cambiaron de la noche a la mañana los titulares en sus periódicos y noticieros, donde antes criticaban la irresponsabilidad hacendaria y la pasividad en la conducción de nuestras relaciones exteriores, por mostrar ahora la brillante conducción de finanzas públicas, visión de estadista y el éxito rotundo en el combate a la pobreza del recién seleccionado candidato: un Chapulín Colorado, tecnócrata y neoliberal que habría llegado a salvar a México.

Ojalá que los votantes de 2018 muestren más cordura que los medios de comunicación de 2017 y reconozcan los claroscuros de todos aquellos que aspiran a gobernar este país.

Esperemos que las ponderaciones éticas de los candidatos se muestren en el voto y castiguen o premien a quien la ciudadana decida y no a quienes la esquizofrenia mediática venda mejor. Si avanzamos en eso, aunque no logremos los avances ansiados en áreas económicas, sociales y de seguridad pública, habremos logrado mucho como generación.

El 2018 debe ser de la ciudadanía, pues en ella radica la mejora verdadera de nuestro país y no en las luminarias de una noche.

 

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