En algún punto de la música new age, el género culminó convertido en una dosis intravenosa de miel Karo, melosa a rabiar, endulzada a grados inenarrables e insufrible. Pero su cuna de origen era noble, generosa; el concepto, la idea de una producción musical enfocada en recuperar la noción hippie e inocente de una tierra vulnerable pero fértil, silenciosa pero organizada, en una forma de equilibrio universal, se pretendió como un concepto amplio desde el que se abordaron proyectos que no atendían abstracciones racionales, sino objetivos “orgánicos”.

La idea era muy interesante, pero difícil de aterrizar; Peter Gabriel, por ejemplo, cuando se separó de Genesis tardó más de cinco años en consolidar una idea musical de relieve que concluyó en la serie de producciones Realworld, cuyo propósito consistió en integrar la música de diferentes etnias en una “fusión” estilística. Pocos fueron los genios abocados a la creación de algo realmente importante, pero las nociones “concepto” y “atmósfera” se convirtieron en la fiebre del oro de la música que pasó de un espíritu anima mundi, por otro tribal.

Keith Emerson, por ejemplo, con esa definición por delante, fue uno de los artífices para Suspiria de Darío Argento. Pero cuando Mike Oldfield, cuyo mitológico Tubular bells marcó una era, el todavía jovencito con apenas 22 años tuvo a bien la composición de Ommadawn, que todavía hoy se considera la obra maestra de Oldfield.

Años antes de World Music, cuando Gran Bretaña tenía encima los atentados terroristas de IRA, Oldfield dio relieve a la cultura celta mediante Ommadawn, además de infundirle un marcado acento africano; de Londres para afuera, nadie sabía ni jota de la cultura celto/gaélica, hasta que mediante su disco el músico la presentó al mundo.

El álbum por sí solo era extraordinariamente raro. Cuando se lanzó el LP a la venta, cada cara del disco tenía una sola pieza y la producción era por demás atípica. Grabado por completo en estudio, Oldfield tocó 20 instrumentos diferentes y conforme progresó la ejecución de una pista, con el apoyo de audífonos se marcó a sí mismo la entrada del otro instrumento con el que ejecutaba la siguiente grabación. El tiempo total del álbum fue de 33 minutos 18 segundos; la primera pista con una duración de 19 minutos, mientras la segunda de 13.

En una época cuando las canciones oscilaban entre los tres y siete minutos máximo, excepto “In-a-gadda-da-vida” (En el jardín del Edén, 1968) de Iron Butterfly, o “Ummaguma” (1969) de Pink Floyd, cuyos cortes entre pistas no son explícitos, Ommadawn (1975) fijó varios estándares: la música contemporánea, sin ser de carácter académico, se podía fijar parámetros altísimos como los de una ejecución sinfónica que gracias al apoyo de los recursos tecnológicos prescindía de un ejército de intérpretes a cambio de la versatilidad de uno solo. Sin necesidad de abordar una idea desde la letra de una canción, la música se presentaba antes como concepto que mera diversión. Asimismo, los tiempos, tan artificiales que la propia notación musical de Guido D’Arezzo podía ser suprimida siempre y cuando el producto estuviese justificado.

De ahí en adelante, incluso Frankie Goes to Hollywood intentó una versión bastante elaborada de ese ejercicio con Welcome to the Pleasuredome. Lo cierto es que productos de su época surgieron en medio del auge por una visión ambientalista que una vez comenzó en la década de 1960, aunque con modificaciones, se ha mantenido y el primer objetivo de la música es narrar un estado natural de la vida sin la presencia del hombre.
Quizás el único autor en adquirir esa conciencia de prístina inocencia, de absoluta carencia de todo en medio de las más apremiantes necesidades, fue el bastante singular JH Rosny, cuya Guerra por el fuego describe el amanecer de la humanidad en medio de una precariedad propia de un apocalipsis, excepto porque el relato se desarrolla en una época cuando el hombre apenas cuenta con los rudimentos de escasas herramientas y un protolenguaje que va de la mano con el desarrollo de sus usuarios.

Si existe alguna aventura que valga la pena ser musicalizada con ese espíritu fundacional de Oldfield, Iron Butterfly, Pink Floyd o Frankie… tendría que ser el clásico de Rosny.

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