En la colección de libros raros de la biblioteca de derecho de la Universidad de Harvard descansa un extraño tomo titulado Practicarum quaestionum circa leges regias hispaniae, un tratado sobre leyes españolas. En la última página, una inscripción apenas visible dice: “la cubierta de este libro es un recuerdo de mi querido amigo, Jonas Wright, quien fue desollado vivo por la tribu Wavuma, el 4 de agosto de 1632. El rey Btesa me entregó el libro, el cual era una de las posesiones más importantes de Jonas, junto con una buena porción de su piel, para forrarlo. Descanse en paz.”
Aunque a cualquiera podría parecerle sórdido tener en las manos un libro encuadernado con piel humana —sobre todo si se tratara de un ser querido—, esta práctica, llamada bibliopegia antropodérmica fue común entre los siglos XVII y XIX, principalmente en Inglaterra y Francia. A veces, como en el caso de Wright, se realizaba por razones sentimentales, pero también como un signo de victoria sobre el enemigo —por ejemplo, durante la Revolución francesa se usaban las pieles de los nobles guillotinados para encuadernar ejemplares de la Constitución—, y muchos libros antiguos de anatomía estaban encuadernados precisamente con la piel del cadáver.
Por otro lado, en el Reino Unido se usaba la piel de los criminales ejecutados para encuadernar libros en los que se narraban sus fechorías, y también era común que algunos tomos sobre procesos judiciales estuvieran encuadernados con la piel del acusado. Tal es el caso del libro en que se narra el crimen de William Corder, quien mató a su amante en 1827; hoy, su piel y su historia las resguarda el museo Bury
St. Edmunds, Inglaterra.
También había casos en los que el último deseo de los fallecidos era forrar con su piel las tapas de un libro determinado, y se sabe de algunos otros, resultado del fanatismo, como el de André Leroy quien, en 1831, se coló en un tanatorio para arrancarle la piel al escritor francés Jacques Delille y encuadernar con ella sus ejemplares. Muchos creen que los nazis llegaron a utilizar piel humana con estos fines —aunque todo parece indicar que es solo un mito—, y es bien conocido el caso de El Necronomicón, de H P Lovecraft, que se suponía estaba encuadernado con piel humana; sin embargo, dicho libro no es más que una ficción.
Lo que no es una ficción es que cientos de esos libros están repartidos en bibliotecas, museos y colecciones alrededor del mundo; pero en muchos casos esta cualidad se desconoce, porque se necesita una prueba de ADN para distinguir la piel humana de la de origen animal… Así que quién sabe. Quizá en una de esas, hasta usted tenga alguno de ellos entre sus curiosidades.

Vida y milagros de…

En este libro desfilarán, sin miramientos, las semblanzas de las colonias tradicionales de la Ciudad de México y el sabroso bosquejo de la misma metrópoli, que, como París o Nueva York, ¡nunca duerme! También nos adentraremos en la vida de mujeres memorables, para enterarnos hasta de lo que soñaba nuestra querida Sor Juana y de cómo la hábil Madame de Pompadour le puso “sabor al caldo” a la corte de Luis XV, entre muchas otras hazañas femeninas. En el ámbito literario, se citan maestros del horror, del misterio, de la fantasía y, claro, de la elegancia. ¿Por qué bebía Edgar Allan Poe? ¿Cuál era la debilidad del genio que inventó a Sherlock Holmes? ¿Qué encontró Lewis Carroll cuando se miró al espejo? ¿Cuáles fueron las últimas palabras de Oscar Wilde? Asimismo, incluimos los pormenores de la horrorosa cruda, de un elefante blanco que se convirtió en estufa, del Halloween, de la última noche de Freud en Viena y de las famosas citas de Einstein.
Vidas graciosas, trágicas, inspiradoras; proezas, objetos, palabras mágicas y festividades se entrelazan en este volumen que aunque no pretende santificar a nadie, demuestra que no hace falta ser un santo para realizar milagros.

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