Jazmín Amaro

Dice el refrán que “el perro es el mejor amigo del hombre”. Esto es particularmente cierto con los perros guía que sirven de “ojos” para las personas ciegas. Su historia se remonta a la primera Guerra Mundial, en donde miles de soldados quedaron con impedimentos visuales o ciegos a causa de heridas en combate.
Un día el doctor Gerhard Stalling caminaba en compañía de su perro y uno de sus pacientes; en algún momento de la caminata lo llamaron para atender un asunto y cuando regresó se dio cuenta de que el hombre y el perro habían continuado el camino sin su ayuda. A raíz de esa experiencia abrió la primera escuela de entrenamiento para perros guía en 1916, en Oldenburg, Alemania.
La primera raza que se entrenó para servir como guía fue el pastor alemán. Sin embargo, al iniciar la segunda Guerra Mundial esos animales fueron utilizados en diversos programas del ejército, por lo que se recurrió a otras razas para convertirse en perros guía: los golden retriever y los labrador, mismos que aún se entrenan para esa tarea.
El entrenamiento de esos perros comienza a las siete semanas de nacidos. A esa edad se hacen pruebas para examinar sus reacciones ante sonidos y experiencias nuevas, entornos extraños, personas desconocidas, etcétera. A partir de la semana 12, el perro ya debe vivir con una familia que se encargará de enseñarle normas básicas de comportamiento y a socializar. Ellos también le ayudan a acostumbrarse a los entornos con mucho bullicio, a salir a la calle y a viajar en el transporte público.
Durante esa fase, que dura cuatro meses, el perro aprende a caminar con correa, sentarse por comando –una orden específica– y recoger juguetes. Sus cuidadores observan sus reacciones ante vehículos en movimiento, cambios de piso, obstáculos colgantes, obstáculos en el camino, entre otras situaciones.
Cuando el perro tiene 12 meses de edad es llevado a la escuela de entrenamiento donde le enseñan reglas de convivencia y obediencia, a caminar con arnés, evitar obstáculos, ir en línea recta por la banqueta, cruzar calles y evacuar en lugares adecuados. Esa etapa requiere de mucha paciencia, pues el instinto natural de los canes a veces los impulsa en sentido contrario, hacia la caza y la protección.
Para hacer más efectiva la labor del perro, se le enseñan órdenes específicas, por ejemplo de dirección: derecha, atrás, izquierda, avanza. Una vez que el animal aprende todas las indicaciones, se le enseña lo que se conoce como “desobedecer inteligentemente”. Por ejemplo, si la persona le ordena que avance, pero hay un gran obstáculo en la banqueta, el perro se detendrá para indicárselo a la persona. Posteriormente observará que no venga ningún vehículo, bajará de la banqueta, rodeará el obstáculo y subirá de nuevo para continuar su camino.
Así, esos animales cumplen una función que va mucho más allá de la compañía o la protección: sus habilidades naturales sumadas a un riguroso entrenamiento les permiten ayudar a las personas con deficiencias visuales a llevar una vida más independiente.

Datos inútiles para leer en el baño

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