En la entrega anterior comentamos que este mes conmemoramos los 119 años del inicio de la Revolución mexicana; además, mencionamos una de las ediciones de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) de la autoría de Javier Hernández Mogica, el cual aborda las causas agrarias que se generaron en distintas regiones de la entidad hidalguense en la segunda, tercera y cuarta década del siglo pasado.

En la pasada entrega citamos acontecimientos surgidos antes de la Revolución, como fue la presencia de latifundios a finales del siglo XIX y de las consecuencias que sufrieron los pueblos indígenas por el despojo de sus tierras.

De la crónica del historiador Javier Hernández Mogica, autor de la obra Organización campesina y lucha agraria en el estado de Hidalgo 1917-1940, recuperamos parte de ella, de la cual damos cuenta.

Al término de la Revolución, las organizaciones sociales y partidistas, así como algunos liderazgos locales, actuaron de manera intermitente para promover o retardar las movilizaciones campesinas. Entre ellos participaron personajes que tuvieron algún cargo militar durante la Revolución. Sin embargo, en Hidalgo la mayor acción en favor de los campesinos la efectuó la Liga de Comunidades Agrarias, que se formó el 15 de diciembre de 1922.

Al frente de la Liga se colocó el general Serapio López, conocido como el General Frijoles, quien había encabezado la lucha por la tierra de los pueblos de Atotonilco el Grande contra la hacienda El Zoquital. A su muerte en 1924 le sucedería en el cargo Benito H Calva, originario de Santa María Amajac. A ellos les tocó encabezar la fase revolucionaria del movimiento agrario en Hidalgo, por el apoyo que recibieron del Partido Nacional Agrarista y por la presencia del procurador de pueblos Justino Bermúdez, quien exigió se devolvieran las tierras que las haciendas habían quitado a los pueblos y pidió la desaparición de la comisión local agraria.

Sin embargo, en 1927 surgió un liderazgo campesino representativo más afín a los intereses gubernamentales, con Arcadio Cornejo al frente de la organización. Este sería designado candidato a senador y apoyaría a José G Parres como candidato a gobernador, un partidario del general Álvaro Obregón, a quien no se le reconoció el triunfo.

A partir de 1928, el nuevo secretario general de la Liga campesina fue Juan Cruz Oropeza, originario de Ajacuba, quien además ocupó varios cargos de elección popular y acorde con los intereses del gobierno en turno y del jefe máximo de la Revolución en Hidalgo, el coronel Matías Rodríguez Melgarejo, de Tetepango.

Después de 1927, el campesinado hidalguense sufrió un reflujo no organizativo, sino en los métodos y procedimientos de presión por su acceso a la tierra. La mayoría de las acciones fueron dirigidas por la Liga de Comunidades Agrarias y, aunque sus líderes mantuvieron un discurso agrarista y manifestaron preocupación por reivindicar al proletariado, se subordinaron a los lineamientos que les marcó el hombre fuerte de la entidad. A cambio, el gobierno estatal les otorgó cuotas de poder; varios de ellos fueron diputados y formaron parte del gobierno. Entre ellos se menciona a Arcadio Cornejo, Juan Cruz Oropeza, Emilio Hernández y Estanislao Ángeles, entre otros.

Cuando Matías Rodríguez asumió la gubernatura, los líderes campesinos regionales y locales vieron una oportunidad para avanzar en sus demandas, en virtud de que Rodríguez había mostrado una actitud revolucionaria en la región de Tula al encabezar algunos pueblos en su lucha por la tierra. Sin embargo, su actuación en el Poder Ejecutivo no se reflejó en un mayor reparto agrario en la entidad.

Hubo un periodo de estancamiento de las dotaciones ejidales entre 1925 y 1932, debido a que fue en ese tiempo cuando los hacendados lograron evitar los repartos agrarios al conseguir que los juzgados les reconocieran los fraccionamientos de sus propiedades y los repartieron entre familiares. Legalmente eran propiedades de menor extensión; pero en la práctica, estas continuaron funcionando como una sola unidad económica a cargo de un solo propietario.

Hacia 1933 fue constante la demanda de los campesinos de desarme de las defensas rurales, porque fueron utilizadas para arremeter contra sus representantes agrarios. También se observa que los periodos de mayor movilización, tanto de los campesinos como de otros grupos sociales, ocurría en los periodos electorales; con ello, quedó claro que los campesinos identificaron que ese momento coyuntural era clave para avanzar en sus demandas.

En el contexto electoral de la elección de 1934 a presidente de la República se reactivaron algunas agrupaciones sociales para impulsar la candidatura del general Lázaro Cárdenas, como la de los agrarios de la Confederación Campesina Mexicana, que surgió en 1933 y retomó las demandas de ese sector. En ese mismo año se formó el Partido Socialista Hidalguense, que encabezó el licenciado Javier Rojo Gómez y que impulsaría las acciones en favor de los trabajadores del campo, quienes aprovecharon la coyuntura política de las elecciones. El huichapense fortaleció sus nexos con la federación y reforzó sus bases de poder local en medio de las pugnas de los grupos de poder regional.

La reagrupación y organización social fue amplia en torno a las candidaturas a presidente de la República en Hidalgo. En ese marco, la filiación cardenista de Rojo Gómez y de los diputados Arcadio Cornejo, general J Nochebuena, J Antonio Cadena, Francisco Austria y otros, reactivó el agrarismo local, de tal suerte que a finales de agosto de 1934 pudo efectuarse el primer Congreso Obrero y Campesino del Estado de Hidalgo, en Tula.

En ese marco, se destacó la presencia de diversas organizaciones campesinas, algunas de ellas se aglutinaron en torno a la Federación Campesina y Obrera de Hidalgo, que impulsó la unificación del proletariado. La política agraria del gobierno cardenista fue más sensible a las demandas de los trabajadores del campo. No obstante, en la evaluación del primer semestre de 1934, que hizo el gobierno de Abelardo L Rodríguez en materia agraria, recomendó a los gobernadores activar “la tramitación de la documentación necesaria para resolver los que estuvieran pendientes de resolución; aumentar el número de topógrafos y realizar los trabajos aun a costa del sacrificio de alguna o algunas partidas presupuestales, cuyo destino no sea de tanta urgencia”.

Varias organizaciones fortalecieron las demandas campesinas en la entidad, entre las cuales se menciona a la Federación de Obreros y Campesinos Ala Izquierda, la Liga de Defensa del Obrero y Campesino Hidalguense, la Federación Campesina de Hidalgo y la Confederación Proletaria Hidalguense. Sin embargo, la ausencia de un líder agrario en el plano estatal orilló a los campesinos a actuar bajo el amparo de los cacicazgos regionales, algunos de los cuales se mantuvieron durante varias décadas.

Siendo gobernador del estado, el licenciado Rojo Gómez fue congruente con el discurso agrarista al aumentar el presupuesto de la comisión agraria mixta, firmar un mayor número de resoluciones ejidales y reconocer en un informe enviado a Cárdenas que “todas las propiedades que quedan y que pudieran servir para acordar favorablemente las solicitudes de dotación han sido fraccionadas para eludir el cumplimiento de las leyes agrarias”; al afectar las propiedades de la Huasteca, aumentar las casas del agrarista en la entidad y promover la participación de los jefes de zona en las comunidades.

Pero la aplicación de la política agraria se enfrentó a varias dificultades, tales como la alta densidad poblacional de algunos municipios, la mala calidad de las tierras y la indecisión para afectar algunas propiedades. Al reconstruir las estadísticas de reparto ejidal a partir de las resoluciones presidenciales del periodo 1917-1940, se observaron altibajos en la entrega de resoluciones ejidales y en la cantidad de hectáreas repartidas. Al término del periodo, en Hidalgo la cifra oficial registraba 584 dotaciones y 170 ampliaciones ejidales que beneficiaron a 54 mil 234 y 6 mil 100 campesinos con las ampliaciones.

El movimiento agrario promovido desde el gobierno federal cardenista y el local rojo-gomista debilitó temporalmente a los grupos de poder en las regiones; pero al mismo tiempo, dio pie al surgimiento de una nueva élite, la cual poco después incautó el discurso agrarista y aprovechó la nueva circunstancia para relegar a sus enemigos y avanzar en sus propósitos personales. Si para otras entidades del país la acción agrarista del gobierno posrevolucionario tiene una base institucional, debe reconocerse que para el estado de Hidalgo la organización y la presión de los trabajadores del campo y el surgimiento de liderazgos locales y regionales, así como la tradición de lucha de los pueblos, explican la creación de los ejidos en un marco complejo en el que intervienen personajes, instituciones y acontecimientos nacionales.

Si bien es cierto que el libro Organización campesina y lucha agraria en el estado de Hidalgo 1917-1940 representa parte de la historia de acciones campesinas anteriores y posteriores a la Revolución mexicana en la entidad hidalguense, vale la pena ahora reflexionar ¿que tanto ha avanzado la lucha agraria en beneficio de la población?; sin duda, las respuestas permanecen sin solución, sobre todo cuando notamos que la pobreza se refleja en aquellos pueblos que lucharon por una devolución de las tierras despojadas, por una reforma agraria integral, una sociedad más justa y un porvenir promisorio… Esperamos sus comentarios en la dirección electrónica: [email protected]

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