Organización campesina y lucha agraria en el estado de Hidalgo 1917-1940

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agraria

Dentro de las ediciones que forman parte del fondo reservado de la máxima casa de estudios de la entidad encontramos la obra de la autoría de Javier Hernández Mogica

(Primera parte)

Este noviembre celebraremos 119 años del inicio de la Revolución mexicana, época propicia para recordar, a través de los libros, hechos que transcendieron y marcaron la historia de México. Dentro de las ediciones que forman parte del fondo reservado de la máxima casa de estudios de la entidad encontramos el libro Organización campesina y lucha agraria en el estado de Hidalgo 1917-1940 del maestro Javier Hernández Mogica, así que nos dimos a la tarea de localizar a ese investigador para escuchar de viva voz lo que piensa sobre su texto, que fue publicado bajo el sello de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) hace 18 años, sin embargo, su contenido sigue vigente hasta nuestros días.

Con motivo del seminario de historia celebrado en septiembre en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSHu) de la Autónoma de Hidalgo, tuve la oportunidad de saludar a Javier Hernández Mogica y platicar acerca de dicha obra.

La charla inició con la participación de los grupos sociales en la conformación del mosaico social de la entidad hidalguense, que ha sido diversa a través del tiempo. Cada uno de los actores sociales ha participado en procesos de interacción y actuación que le han dado rostro a nuestra sociedad actual, y de ello da cuenta Hernández Mogica en el libro de su autoría Organización campesina y lucha agraria en el estado de Hidalgo 1917-1940. Esta presentación la dividimos en dos partes: la primera titulada “Antes de la Revolución” y la segunda, “Los campesinos en periodo revolucionario”. En esta entrega escribiremos la primera de ellas.

Hernández Mogica presenta un panorama general de la acción agraria gubernamental de los años posrevolucionarios; para ello se divide a la entidad en cinco regiones: Huasteca, Sierra, Los Llanos, el Valle de Tulancingo y el Valle del Mezquital. Esta forma de organizar la información permite un mayor acercamiento al conocimiento de los procesos sociales y las particularidades que se vivieron en cada una de las regiones de la entidad hidalguense.

El periodo 1917-1940 reviste gran importancia para el país porque durante ese tiempo se llevó a cabo el proceso de construcción y consolidación del Estado mexicano. La actuación de los campesinos se dio en un contexto social complejo, diverso, y las relaciones con personajes, autoridades, asociaciones y grupos de poder local y nacional son referentes obligados que hacen complicada la explicación de su accionar inmerso en un proceso social. De ahí surge la necesidad de ampliar la mirada hacia esos actores individuales y sociales, y hacia otros factores que intervienen y determinan la evolución las movilizaciones.

Antes de la Revolución

Los trabajadores del campo del siglo XIX fueron apoyados por líderes agrarios auténticos, así como por bandoleros, quienes aprovecharon el descontento que existía en las comunidades campesinas para avanzar en la conquista de sus demandas. Pero, ¿qué era lo que demandaban?, ¿cuáles eran las razones de su movilidad? Algunas de las causas que motivaron las violentas reacciones de los campesinos fueron: protestas por el pago de capitación (impuestos por persona), por la exención de los pueblos a participar en la guardia nacional, rechazo a la contribución, oposición al pago de las alcabalas, al impuesto predial y otros, o de los derechos de los municipios, como los destinados al fomento educativo y culto religioso. En ciertos casos, las protestas lograron algunos avances, pero fueron insuficientes para garantizar la estabilidad social, la seguridad y el espacio de las comunidades.

En Hidalgo surgieron brotes rebeldes registrados en el distrito de Ixmiquilpan, en Tecozautla y Tula en 1861. Otros más ocurrieron en enero y marzo de 1878 en los distritos de Actopan y Pachuca. Con el surgimiento del estado en 1869 se intensificaron los grupos de alzados, los cuales establecieron alianzas que les permitieron sobrevivir.

En las acciones participaron contingentes campesinos en los diferentes niveles de mando. Particularmente, Sotero Lozano fue uno de los bandidos que constituyó una amenaza para la estabilidad política del gobierno hidalguense, de tal suerte que fue necesario que el gobierno federal declarase el estado de sitio de la entidad y se sustituyesen temporalmente a las autoridades. Lozano fue perseguido por las fuerzas militares del gobierno de Juan C Doria y Antonino Tagle.

Se reconoció que uno de los principales efectos de la ley de desamortización de los bienes de 1856 se tradujo en la expansión de algunas haciendas y la disminución o destrucción de las propiedades comunales. Esa situación provocó diversos levantamientos campesinos. Una de las rebeliones más importantes del periodo y que tuvo gran influencia en el Valle del Mezquital fue la encabezada por Julio López en la región de Chalco, Estado de México. En ese contexto, los campesinos del distrito de Ixmiquilpan, a través del documento denominado “La petición de los pueblos de Ixmiquilpan”, se quejaron por el maltrato y la humillación de que eran víctimas por parte de los hacendados. Así, cuando Julio López, al mando de mil 500 hombres avanzó hacia Ixmiquilpan, esperaba el apoyo de los indígenas descontentos, “a su paso se apodera de las haciendas y su tropa se ve engrosada por campesinos desesperados”. Pero López fue derrotado en Actopan y su fusilamiento en 1868 motivó el desaliento y la dispersión del campesinado hidalguense en rebeldía.

Al siguiente año, los campesinos del sur del estado quitaron las mojoneras que dividían los pueblos de las haciendas, como las de San Javier y La Concepción, en el distrito de Pachuca, y se ganaron el calificativo de “bandoleros comunistas”.

Hernández Mogica, apasionado por los temas de la Revolución mexicana, comenta que en 1870 apareció el Plan Agrarista, encabezado por Manuel Orozco en el distrito de Pachuca. Este instaba a los pueblos a recuperar las tierras en forma violenta; en esa intención fueron respaldados por una organización denominada Pueblos Unidos, formada por 40 pueblos que se unieron en la lucha por la tierra. El levantamiento fue reprimido, pero resurgió en 1877, periodo en que invadieron las haciendas de San Javier, El Zoquital, Vaquerías, La Concepción, Tepenené, Chicavasco y Tulancalco, entre otras.

En 1871, en la región de Los Llanos de Apan y el Valle del Mezquital, al grito de: “Mueran las haciendas y vivan los pueblos”, Francisco Islas llamó a las comunidades a luchar por sus derechos. Estableció alianzas con Sotero Lozano y Fabregat, quienes mantenían la bandera de lucha agraria en esa zona del estado. Sin embargo, la mayoría de los líderes fueron perseguidos y asesinados; solo sobrevivió Francisco Islas.

Durante el porfiriato, los Cravioto gobernaron la entidad y fueron presionados por Francisco Zalacosta, autor del Plan Comunista, para que el gobierno cumpliera con el ofrecimiento de expedir una ley agraria. Para presionar a las autoridades locales, los campesinos tomaron las haciendas de San Javier, en Pachuca, y La Concepción, en Actopan, y repartieron las propiedades. Nuevamente fueron invadidas las de Chicavasco y Tulancalco.

La mayoría de los trámites legales efectuados por los campesinos contra las haciendas no fructificaron; los fallos registrados en los juzgados fueron favorables a los hacendados. Uno de los pocos documentos que rescata la situación laboral de los campesinos de la época fue registrado por el periódico El Hijo del Trabajo, el cual denunció los abusos cometidos contra los trabajadores y la indiferencia con que era tratado el problema por parte de las autoridades; así como los desalojos violentos y la represión de que eran objeto. Los levantamientos de trabajadores agrícolas continuaron en 1877; en un contexto de movilización nacional, se rebelaron los campesinos de Tula, Pachuca y Actopan, lo que fue denominado como “guerra comunista”.

Con la aplicación de la ley de 1856, el panorama nacional de fines del siglo XIX tenía como resultado la creación y el surgimiento de grandes haciendas en la entidad. Numéricamente, las haciendas y los ranchos hidalguenses aumentaron. Una característica que se repetía a nivel nacional fue que varias familias combinaron el poder político y económico, situación que facilitó la expansión de las haciendas. Sin embargo, en el campo las condiciones laborales fueron diversas, en ello influyó la capacidad de organización y movilidad de los campesinos.

Se registró la presencia de un campesinado más libre en las zonas con ferrocarriles, así como en los lugares donde había opción de trabajo en las fábricas, como en Tulancingo; y un entorno más adverso para los campesinos de la Huasteca hidalguense, donde “los amos eran dueños de todo: del amor, de la vida y de las siembras”. En el municipio de Tepehuacán de Guerrero, distrito de Molango, el pueblo de Chahuatitla no solo fue despojado de sus terrenos. En 1889 desapareció como núcleo poblacional; para tal efecto, Alberto Rubio, administrador de la hacienda Cahuazas, tuvo respaldo de la fuerza armada, “despojó a los habitantes en lo absoluto, quitándoles sus tierras, plantíos de café… labores de maíz y animales de trabajo”. Fueron arrasadas las casas del pueblo, obligando a sus habitantes a emigrar. La relación que el propietario de la hacienda tenía con el gobernador en turno le permitió aparentar la compra de la finca y explotar las tierras. Con diversos matices, esta historia se repitió en los primeros años del porfiriato. La represión se agudizó y la paz porfiriana se consolidó a costa de la derrota de los campesinos.

Al finalizar el siglo XIX había tres grandes latifundios en la entidad: el de San Javier, en donde se manifestó una intensa agitación agraria. Su propietario era Miguel de Cervantes y Romero de Terreros, descendiente del conde de Regla, quien poseía una extensión de 38 mil 831 hectáreas. La de Tlahuelilpan que, junto con la de Ulapa y el rancho El Zapote, poseía 30 mil 839 hectáreas, era propiedad de los Iturbe y Scholtz, de nacionalidad española. Varios pueblos, entre ellos los de San Francisco Tlahuelilpan, Tezontepec de Aldama y Santa Ana Ahuehuepan, manifestaron que paulatinamente la hacienda se había apoderado de sus tierras. Y El Zoquital, propiedad de los Cravioto, la cual contaba con 24 mil 852 hectáreas y con la presencia rebelde encabezada por Serapio López. Además de estas grandes propiedades, en ese periodo se registraron al menos 206 haciendas en la entidad.

Los campesinos en el periodo revolucionario

Cuando sobreviene el movimiento revolucionario armado de 1910, este inició en Huejutla, en la Huasteca hidalguense, donde surgieron los liderazgos locales de hacendados y rancheros que encabezaban a los grupos armados. Al frente de ellos se colocaron los Azuara, los Cerecedo, los Mariel, quienes se vincularon con personajes veracruzanos como Cándido Aguilar, y algunos potosinos, principalmente la familia Santos. En tanto que en el sur del estado de Hidalgo se identificó que las zonas de mayor movilización armada correspondían a los pueblos que en la segunda mitad del siglo XIX habían reclamado la recuperación de sus tierras. Además, se observó la influencia que tuvieron las rebeliones nacionales encabezadas por Francisco I Madero, Francisco Villa y Emiliano Zapata en algunas regiones de la entidad.

Los afanes revolucionarios hicieron posible la aparición de algunos liderazgos locales: en Pisaflores, el general Nicolás Flores y la familia Rubio de Chapulhuacán, Estanislao Olguín en Calnali, Otilio Villegas en Jacala, Matías Rodríguez en la región de Tula, Crisóforo Rodríguez en Mixquiahuala, entre otros.

Javier Hernández Mogica concluyó en esta primera entrega dominical que durante la fase armada de la Revolución los pronunciamientos de los revolucionarios en Hidalgo se manifestaron por el restablecimiento del orden, la justicia y la paz. Solo el convencionista Roberto Martínez y Martínez se pronunció en favor de la causa agraria al manifestar: “Sin trámites de ninguna especie y solo con la simple presentación de documentos justificantes, se devolverá la propiedad a los despojados”. Así, con fundamento en el Plan de Ayala fueron favorecidos los pueblos de Tepenené, Tetepango, Mixquiahuala, San Francisco Tlahuelilpan y otros.

En la próxima entrega comentaremos lo que Hernández Mogica señaló como las acciones campesinas posrevolucionarias. Esperamos sus comentarios en la dirección electrónica: [email protected]

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