A mediados del siglo XX, la abuela pasó los ojos por esta provinciana y apacible plaza principal, arropada por su cuadrilla de pelones mirando fijamente hacia el levante, al oriente, suspiró varias veces, sabía cabalmente por lo abrevado, manado, aprendido de sus viejos, que tarde o temprano el fantasma y las sombras de la memoria de la vieja villa del mineral de Pachuca la iban a atropellar, arrollar y jalar completamente, venían a perturbar sus recuerdos de una forma tan prodigiosa como si los hubiese estado viviendo en esta real plaza, plaza Mayor o Constitución, centro del real de argento conocida por la población como “el Portal”, “el jardín”, lugar de referencia “centro de barrio” de todos.
Sus rememoraciones asemejaban madrugadas de desvelo, para ella no existía pesadilla peor que ver y saber de la destrucción del legado del real minero, de las falsedades ideadas como leyenda y liadas como historia. Exhalando aire de sus viejos pulmones, como si fuese trabajador de la mina que había desgastado sus entrañas en los túneles y socavones, repetía a Cicerone “¡o antigua morada cuánto has perdido en el cambio de dueño!” con lágrimas en los ojos en gran sentimiento apenas alcanzaba a vociferar “¡esto es en cada administración municipal, en cada administración de gobierno, en todo inútil remplazo!”.
Señalando al cerro y barranca de la Santa Apolonia, aseguró que muchas varas más arriba del plano de la traza de la plaza mayor al Oriente se asentó, a finales del siglo XVI, la población compuesta por trabajadores, labradores y mineros, indígenas, esclavos, negros, cambujos, saltapatraces y prisioneros que levantaron paupérrimas casas, cuarterías de piso de tierra, ramas, piedras, tablas, pencas de maguey, techos de quiotes y tejamanil, pocos, muy pocos de adobes fabricados ahí. Así fue como las callejas, callejones y algunas calles de la improvisada villa real minera se empezaron a poblar sin importar de momento el lugar, únicamente necesitaban un refugio para llamarle casa, tampoco interesó, por lo pronto, darle nombre a los callejones y calles, la población los fue conociendo por referencias naturales y señas; “ por el árbol del higo, del durazno, la de la piedra grande, las peñitas, rumbo al tiro, por la barranca”, se decía “el cubero Remigio vive frente a la casa de adobes con portal del don que hace los tecatcli o huaraches, o junto al cuarto de tablas del cochero Camilo”. También más al centro a la plaza se decía “el capataz Fermín vive a unas varas del portal de la Alhóndiga, el gachupin Venancio junto a la tienda de abarrotes debajo de su finca, por el solar y la caballeriza del escribano mayor del recaudador de diezmos”.
Más allá de la plaza Mayor fueron fincando cuarto o vecindad el barretero, el barrenador, el guardaminas, el cochero, junto a las cuarterías de los mismos indios, todos al final vencidos, “conquistados”, sometidos, explotados a principios de la segunda mitad del siglo XVI sin paga. Hasta que por Orden Real del Virrey se obligó a darles un jornal, ahí en ese lugar estaban los trabajadores, los vasallos, los esclavos silenciosos todos, con un pedazo de tierra de cerro de apenas unas 10 varas cuadradas en jacales de pencas ramas y tejamanil sentados en piedras, cabizbajos con la mirada triste los ojos hundidos, caídos, llenos de ojeras siempre con el corazón dispuesto, imaginando mejorar su vida en una naciente sociedad novohispana, “que luego sería la nueva mestiza nación mexicana, mestiza toda” así lo expresaba e insistía la viejecilla.
Desde el bello quiosco pabellón de las músicas en la plaza Mayor, admirando sus líneas y las de la finca del señor de la Concha al Sur, quedó pasmada al reparar en la armonía que alcanzaban con el mercado de formas de las artes decorativas de 1939 al oriente, pensando en el origen de las vendimias. En ese estado alcanzó a balbucear “fue como en la muy noble y leal ciudad de México, capital del Virreinato español”, en donde existieron los antiguos mercados de Santiago Tlatelolco, San Juan y San Hipólito, aquí no vieron cosa diferente con improvisados puestos, expendios y concentraciones de ventas como tianguis.
Recordó que durante el virreinato de la Nueva España en la villa minera de Pachuca las no más de cuatro calles que había, siempre llenas de grandes hoyos, cubiertas de basura o agua putrefacta de tierra y piedras sin conocer banquetas, en la plaza Real junto con sus calles se ocuparon de vendimias públicas con innumerables puestos de maderas techados de tejamanil tablas y los más de improvisadas mantas algunos utilizados por tocineros, donde realizaban ahí mismo su trabajo los matanceros o matarifes, lugares pues con muchos malos olores de la sangre de las carnes revuelta con las aguas llovedizas, mezcla ideal para grandes plagas de moscas, donde era común ver a las mulas y burros que siempre encontraban para almorzar los desperdicios de las verduleras; rábanos, rabos de cebolla, hojas de lechuga o col, cascaras de tunas, desechos de guatzontli, cilantro, quelites, quintoniles, verdolagas y más.
El cascabel al gato sisea, los fallos y errores han hundido a los gobiernos municipal y estatal, los yerros de esos que se van con su colección de obras y políticas en las que permea la corrupción, la opacidad e impunidad, dejan una sombra de descredito y tufo de ilegalidad. Los que persiguen el puesto de la cultura y las artes ya se supo y se escuchó junto con el tronido de los cascos y herraduras debajo de la mesa, que se echan los unos a los otros por quedar en el puesto de dirección, hacen valer hasta quién ha escrito más libros no importa que los hayan pirateado y nadie los lea, ofertados en los libros de uso con moño y envoltura. Ella diría “¡Sí compusieron rica sinfónica de destrucción y corrupción!”.

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