En la antigua Roma se acostumbraba celebrar el Año Nuevo el primero de marzo, ya que el primero de enero no se apreciaba ningún cambio en la naturaleza y nada de ella presagiaba que estuviera por comenzar un nuevo ciclo. La fecha tradicional del primero de enero se celebró hasta que el gran Julio César, auxiliado por el matemático Sosígenes, reformó el calendario en el año 46 AC, extendiéndolo a 445 días e iniciando el año 45 el día que celebramos hoy.

El hecho de que la celebración cayera inmediatamente después de las fiestas saturnales, disgustó a muchos y Tertuliano lo condenó. La censura a la celebración se hizo oficial durante el concilio de Auxerre y el segundo de Tours, en el 567, a pesar de que Europa occidental festejara el primero de enero a partir de la reforma gregoriana, salvo Inglaterra, que no lo implementó hasta 1752 y de esa manera podría decirse que se trata más bien de una innovación moderna.

Cada primero de enero los romanos acostumbraban, desde el año 153 AC, realizar festejos, pues ese día iniciaban labores los nuevos magistrados anuales en la época del emperador Augusto; también ese día se presentaban ante él para darle sus parabienes, puesto que cumplía años el 3 de enero y había hecho tradicional, desde los primeros años que gobernó, que los políticos del momento le organizaran entonces un besamanos y le llevaran presentes que, si bien al principio fueron modestos y simbólicos, pues consistían en una jarra de miel y una moneda para que el año le resultase dulce y próspero, pronto se convirtieron en grandes sumas y suntuosos objetos, al grado de que los strenae, que así se llamaban los latinos, llegaron a prohibirse en las épocas de los emperadores Arcadio y Honorio.

Esa modificación duró hasta 1582, cuando el papa Gregorio XIII volvió a poner al día el calendario, aunque Rusia y parte de Europa oriental se negaron a adoptar la innovación hasta tiempos recientes. Julio César intentó que el tiempo se ajustase al curso del Sol, así como el periodo de cosechas con el calendario Juliano. César recuperó la tradición egipcia y dividió el año en 12 meses, fechó las estaciones y las festividades haciéndolas coincidir con el momento astronómico en que sucedían. Todo eso cambió cuando el papa Gregorio XIII sepultó la medida de tiempo que el Imperio Romano impuso en el año 46 AC.

De acuerdo al calendario Juliano, un año tenía 365 días y seis horas, el tiempo que la Tierra tardaba en dar una vuelta completa al Sol. Un fallo en el cálculo de los decimales, aunado a un desajuste de 11 minutos, provocó que con las cuentas de Julio César cada cuatro años hubiera uno bisiesto. Ese día se añadiría entre el 24 y el 25 de febrero, en aquellos años que fueran divisibles por cuatro.

Sin embargo, esa medición estaba desfasada con las estaciones y, en consecuencia, había festividades, como la Semana Santa, que cada vez se celebraban más tarde. Fue el papa Gregorio quien decidió modificar el tiempo para evitar que terminara coincidiendo con el verano en el hemisferio norte.

La Iglesia católica propuso solucionar el desfase. El primer intento ocurrió durante el primer concilio de Nicea, que fijó el momento astral en que debía celebrarse la Pascua. Años después, el proyecto se hizo realidad con la decisión del papa Gregorio XIII de cumplir con los acuerdos del concilio de Trento. El objetivo era que el equinoccio de primavera en el hemisferio norte fuera el 21 de marzo en vez del día 11, como ocurría en el siglo XVI.

El Papa encomendó la misión de crear el calendario Gregoriano a una comisión científica de la que formaba parte el cronologista italiano Luis Lilio, el jesuita Christophorus Clavius, el cosmógrafo Ignazio Danti, en la que también participó el matemático hispano Pedro Chacón. El equipo modificó la medición del tiempo y Gregorio XIII mantuvo los años bisiestos, cuyas dos últimas cifras fueran divisibles por cuatro, pero eliminó los coincidentes con cada centenario –los años múltiplos de 100– y aquellos que se pudieran dividir por 400. En total, el nuevo calendario fijaba 97 años bisiestos de 400, mientras que el de Julio César contaba 100.

Al cambiar la medición del tiempo, el 4 de octubre de 1592 se convirtió en el 5 de octubre de 1592 y 10 días desaparecieron para los países que adoptaron el calendario Gregoriano. España y Portugal aplicaron la reforma el mismo día que Roma, el 4 de octubre de 1582. Un año después, Felipe II firmó la pragmática de Aranjuez para implementarla en todos los territorios. Alemania mantuvo el Juliano hasta 1700, Inglaterra hasta 1782, mientras que Rusia no lo cambió hasta 1918 y Grecia hasta 1923. En la actualidad, algunos países ortodoxos mantienen el calendario de Julio César.

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Edad: Sin – cuenta.
Estatura: Uno sesenta y pico.
Sexo: A veces, intenso pero seguro.
Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento “Juárez sin bronce” ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.