Alejandro Páez Varela incursionó en 2017 en la literatura y hoy presentamos su cuarta novela, denominada Oriundo Laredo, obra donde ya no aborda la violencia periodística que lo caracteriza. Tratando de alejarse de la violencia de Ciudad Juárez, llega al sur de Estados Unidos, es ese espacio al que él llama “el país de en medio”, ese intersticio fronterizo de ciudades entre México y Estados Unidos que reclama pertenecer a una nación y no logra ser ninguna al generar una identidad llena de desigualdades étnicas, pobreza y discriminación.
“No supo Oriundo Laredo, que así sucedió.” No supo Oriundo Laredo que este libro que habla de él, está escrito en cuatro partes: las tres primeras en un juego de playback literario que nos va contextualizando en 13 narraciones a ese muchacho mexicoamericano que tiene por nombre Oriundo Laredo. Nos habla de su padre Octavio Laredo, texano, y su madre Teresa, mexicana; de María, de su abuelo Andrés y su bisabuelo Aurelio. Y la cuarta parte habla de las peripecias en Estados Unidos de Oriundo Laredo junto a su amigo Gamboa en Las Vegas y de su regreso a El Millón, Chihuahua, poblado del que salió el 11 de enero de 1970, después de la muerte de su padre.
Texto narrado en segunda persona nos lleva de Ciudad Juárez a El Paso, Nuevo México, Texas, Albuquerque, La Española, Las Cruces, La Mesilla, San Ysidro, Oklahoma… “Oriundo recorrió unas mil o dos mil veces en su vida, con toda paciencia y sin barullo, de Palomas a Ojinaga y de Canutillo a Presidio. De este a oeste y viceversa, por toda la frontera. Y la anduvo sin sonar la duela, como la sombra de un caballo perdido, como una nube solitaria en la entraña del extenso manto”.
En esa andar Oriundo Laredo nos habla suavecito, al oído… de la amistad, de los amores, de los fantasmas, de los sueños con su madre que nunca conoció, de la muerte. Pero también del origen de los nombres de los tantos pueblos que visitó buscando trabajo, del ethos laboral, de las buenas y malas personas que encontró a su paso, de la herbolaria, de la medicina natural, de la bonanza y desolación de los pueblos entrelazados con hechos históricos de la primera y segunda Guerra Mundial, de Pancho Villa, Victoriano Huerta, de la Caravana de la muerte, la Revolución de los tomateros o los calzones de Pascual Orozco.
Uno puede acompañar a Oriundo Laredo en un andar gastronómico, que va desde la crítica del fastfood: “–Pinchis gringos, cómo tragan Fritos, costillas de res y Coca-Cola… es lo que más compran los hijos de la tiznada. Bolsas y bolsas de Fritos.” Pero también nos permite saborear en detalle la barbacoa texana, del BBQ, las enchiladas con chile colorado, la machaca, el pollo frito de Nueva Orleans, los burritos, la cocina sureña con toques estrambóticos de la comida cajún con combinaciones francesa, española y mexicana y hasta de los frijoles en lata. Y nos revela uno de sus pecados ocultos, su gusto por los sándwiches de crema de cacahuate con pepinillos.
Oriundo Laredo representa a los miles de los mexicoamericanos que viven y han vivido por décadas en un ambiente de humillaciones, explotación y desigualdad en Estados Unidos. Una novela crítica del sistema norteamericano, que reivindica a ese sector olvidado de la población.

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