El libro de la semana

EVARISTO LUVIÁN TORRES
Consejero editorial

Don Raúl Guerrero Guerrero platicaba en una ocasión cómo había elegido la antropología como vocación y oficio. Narraba que en noviembre del último año de sus estudios de medicina lo invitaron a ver la noche de muertos en Janitzio y, a su regreso a la Ciudad de México, ya había decidido que no quería dedicarse a esa profesión ni tampoco a la de concertista de piano, cuyos estudios había desarrollado paralelamente. No obstante, los estudios de ambas carreras lo acompañaron toda la vida para cumplir con mejores herramientas su vocación de antropólogo. Realizó sus nuevos estudios con gente tan destacada como los doctores Alfonso Caso y Manuel Gamio, que guiaban la formación de antropólogos, arqueólogos e historiadores en el trabajo de campo y en las lecturas.
Le interesó el folclor musical y literario, y se dedicó a estudiar y rescatar tradiciones y música de los pueblos indígenas y otras expresiones populares urbanas, como los concheros. Fue pionero en estos trabajos y sus aportaciones fueron reconocidas ampliamente en el país y en el extranjero.
Entre las líneas de investigación que desarrolló, destaca su dedicación a las expresiones culturales de los pueblos hidalguenses. Dejó sendos trabajos sobre los hñahñus del Valle del Mezquital, los nahuas de la Huasteca hidalguense y sobre los otomíes (hñahñus) y tepehuas de la Sierra Oriental de esta entidad, este último tema se aborda en el libro que hoy nos ocupa.
El profesor Guerrero publicó este libro en 1986 con motivo del 25 aniversario de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH). Por sus aportaciones al conocimiento de la región se promovió una coedición facsimilar 30 años después, con la participación de la Universidad Intercultural del Estado de Hidalgo y la UAEH.
El libro se ocupa de muchos y variados aspectos de la vida entre las comunidades de los otomíes y tepehuas de la región, específicamente en tres municipios: Tenango, San Bartolo Tutotepec y Huehuetla.
Guerrero recorrió pueblos y comunidades, convivió con la gente y observó sus costumbres, supo de los sucesos cotidianos y, junto con los habitantes de la región, disfrutó de sus fiestas. Las tradiciones fueron escuchadas y con ellas relatos, creencias mágicas y tradiciones literarias. Desde luego, el folclor musical tiene un lugar especial y el profesor Guerrero escudriña y transcribe la letra y las melodías de canciones, entre las cuales registra una versión local de “El querreque”, ese huapango tan apreciado en la cultura huasteca.
De las varias festividades, otorga especial atención al carnaval de San Bartolo Tutotepec, en cuya cabecera municipal se reúnen grupos de varias comunidades y bailan con clara expresión de humor. Gente mayor y niños participan en los bailes bufos con disfraces, sobre todo de charros, y máscaras que aluden a diversos personajes de la historia y de las historietas. En el barrio de San Miguel se vive una interesante ceremonia en la iglesia para el cambio de mayordomos, que continúa, al terminar la misa, cuando en la plaza encienden pebeteros con aromáticas resinas y culmina con una sabrosa comida colectiva.
Otra ceremonia importante es la de los días de los fieles difuntos, en la cual las familias se vuelcan afanosamente en una serie de actividades para honrar a sus muertos. Altares domésticos adornados con flores, entre las que predomina el cempasúchil, son servidos con ricos platillos de la época destinados a los difuntos. Y el 2 de noviembre las familias asisten a los panteones para convivir con sus muertos. Se limpian las tumbas y se adornan con festones de flores; posteriormente se sacan las viandas de las canastas y la gente disfruta de los platillos preparados para compartir con los difuntos y los vivos.
El temazcal es otro asunto que atrae la atención del antropólogo. Describe el proceso del baño de vapor que supervive desde la prehispanidad y enriquece la información con datos sobre el valor ritual del temazcal y su uso actual.
Las danzas en la región tienen una esencia religiosa por demás notable. El juego-danza El Volador se práctica aún en algunos barrios, especialmente pertenecientes a San Bartolo. Juego acrobático y danza ritual, El Volador en la región encierra una serie de actividades singulares de carácter religioso y mágico para bendecir la ceremonia. En una parte Guerrero interpreta que “el juego El Volador, clavado el palo en la tierra, representa la unión sexual del Sol y la Tierra, y la sangre de los animales sacrificados en el agujero donde se coloca el palo es un holocausto fertilizante para propiciar los dones que la tierra otorga al hombre cuando éste la trabaja, preparándola, sembrando, cultivándola, en espera de obtener buena cosecha para su alimentación. Es seguro que aquellas ideas mágicas siguen prevaleciendo y están en vigor, encaminadas a un objetivo de índole económica”.
La lectura de Otomíes y tepehuas de la Sierra
Oriental del estado de Hidalgo, además de amena por su lenguaje sencillo y un estilo coloquial, nos adentra en las ricas expresiones culturales de los pueblos de aquella región.

 

 

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