La causa de su ostracismo fue la disputa ideológica que mantuvo con Pablo. Siempre que pensaba en aquella época salía aquel viejo dolor que lo marcó más allá de cualquier duda razonable, con el fuego de la pasión del joven ingenuo que fue.
Aquella noche el pasado pasó por su pensamiento, de nuevo como una neblina tan fina como el papel de fumar de aquellos tiempos, “pero, ¿por qué?”, se preguntaba. La respuesta le salía a borbotones fragmentados.
Todo su ser temblaba en la diáspora del recuerdo que sentía fluir en su interior, que se componía de instantes difuminados que rellenaba con imágenes rotas y pegadas al azar. Buscaba, entonces, un asidero que lo fijara. Inútil, naufragaba en el cansancio.
Pablo era una figura de angustia; una némesis configuradora de aquel joven que creyó ser hacía mil años y que se perdió en un repliegue de tiempo no precisado. ¡Su amigo había muerto tan extraña e innecesariamente!, cogiéndole la mano.
“Pausa, debía ser suficiente”, se decía en aquel instante. La mano de M en la suya, el presente. Ya no creía en lo que entonces fue su mundo. Le parecía mentira que toda su vida de aquellos días se limitara a aquella ideología.
No era distinto en el caso de su amigo. Su enemistad duró hasta la muerte: el espantapájaros que volvió a amistarlos en el minuto exacto en que él dejo de existir para convertirse en la luz que titilaba en el fondo de las lágrimas de K.
Dolor, sí, pero dolor que purificaba. “M”, dijo en voz alta. Su mujer le contestó con una mirada clara que le desnudaba el alma por entero. No hubo palabras en aquella ocasión, solo entendimiento.
De nuevo Pablo: “Todos tenemos el derecho a manifestar, de forma activa y sin coacción alguna, nuestro pensamiento social. Todos tenemos el derecho de actuar conforme a nuestra conciencia y luchar para que nuestras ideas de sociedad se conviertan en realidad…
“¿Adónde hubiese conducido aquel ideal?”, pensaba. Su amigo naufragaba en el verbo hecho acción difundida. Su palabra lo llevaba demasiado lejos. Nunca pudo hacerle entender los peligros de aquella lejanía. Se pelearon a muerte.
Demasiados recuerdos en ese insomnio de paseos continuos al frigorífico en busca del consuelo del helado con sabor a vainilla y chocolate. M lo abrazó desde la espalada. Las cuatro de la mañana en la sala de urgencias. “Pablo, ¿qué hiciste?” La mano en la mano. Silencio.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.