Una mirada a Pachuca del siglo XVII a través de la dote matrimonial.

 

Pachuca.- Carmen Lorenzo Monterrubio dedicó 10 años de trabajo a su proyecto de investigación para la tesis de doctorado en historia, alrededor del tema: la dote matrimonial en Pachuca en el siglo XVII, y como bien dice el doctor Gustavo Curiel, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, descubrió un “cofre de maravillas” al revisar 97 cartas de dote que resguarda el Archivo Histórico del Poder Judicial del Estado de Hidalgo.

La lista de objetos que la familia de la novia entregaba al futuro esposo, revelan datos importantes como el significado del matrimonio, el lugar que ocupaba la mujer en la estructura social, el nivel socioeconómico de Pachuca, las actividades económicas que prevalecían, el comercio que se practicaba e incluso el valor del arte suntuario de la época virreinal.

Una parte de la información descubierta por la arqueóloga, historiadora y profesora investigadora del Instituto de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), es el contenido del libro Arte suntuario en los ajuares domésticos. La dote matrimonial en Pachuca, siglo XVII, publicado por esta casa
de estudios en 2015.

La publicación es una grata oportunidad para conocer aspectos vitales de Pachuca de 1600, ¿cuánta población había?, ¿cómo vivían?, ¿cómo era la actividad minera?, ¿cuál era la organización social? Datos increíbles que arrojaron esas cartas de dote matrimonial revisadas por Carmen Lorenzo y que sin duda, aún dan mucho material para nuevas líneas de investigación que permitirían completar este fino rompecabezas, llamado historia del estado de Hidalgo, con sus claroscuros y los seres humanos
que lo construyeron.

El siglo XVII novohispano fue de ajustes económicos y reacomodos sociales, en él se configuraron los elementos que definieron a los siglos posteriores y al México moderno. De acuerdo con la investigación Carmen Lorenzo Monterrubio, doctora en historia e investigadora del Instituto de Artes de la UAEH, durante el periodo prehispánico, la región de Pachuca no contaba con un asentamiento definido, sino más bien era un territorio de paso donde circulaban personas y productos del altiplano central a la costa del golfo básicamente.

Las cartas de dote
o recibo de dote, son documentos que entregaba el marido a la familia
de su esposa o futura esposa al recibir los bienes prometidos,
una vez concertado el matrimonio; vistas como inventarios de bienes, son documentos elaborados por un escribano público, quien estipulaba la aportación de la mujer al matrimonio y el costo de cada bien

A partir de los primeros denuncios de minas en 1552, la región comenzó a poblarse y enseguida el paisaje se llenó de haciendas mineras, casas, tiendas, iglesias y capillas. La población se diversificó racial y culturalmente. Dos centros de población se originaron inicialmente, Tlahuelilpa, que era un asentamiento de españoles, y Pachuca, pueblo de indios.

A principios del siglo XVII, Tlahuelilpa se transformó en el Real y Minas de Pachuca, perteneciente a la Corona, institución que se adjudicaba las propiedades de minas descubiertas en los territorios colonizados. En 1610 el gobierno local ya contaba con un alcalde mayor y un juez repartidor de minas.
La sociedad estaba conformada por españoles, criollos, mestizos, indígenas, negros y mulatos. Los esclavos negros comenzaron a llegar para ser incorporados al trabajo de las minas.

La dote daba lugar
a dos tipos de documentos: en primer lugar, la carta de promesa de dote, que podía sustituirse por un acuerdo verbal; y segundo, la carta de dote donde se hacía constar ante notario los bienes que la novia llevaría al matrimonio. En las escrituras de promesa de dote, los suegros del marido especificaban las cantidades y los bienes que iban a darle, así como los tiempos de entrega

A raíz de la conformación de esta capital como centro minero, se creó toda una infraestructura que permitió el crecimiento de otros sectores, como el ganadero, y especialmente el comercial. Una diversidad de objetos provenientes de lugares lejanos llegaron a través del comercio ultramarino, que fueron intercambiados por la plata extraída
de las minas.

Esos y otros datos fueron rescatados por Carmen Lorenzo en su investigación alrededor de las cartas de dote matrimonial. La historiadora explica que en la antigüedad el único matrimonio válido era el eclesiástico, pero a partir del Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563, comenzó a dirimirse una pugna entre Iglesia y Estado, entonces el matrimonio no solo se consideró como sacramento, sino también como contrato. Se declaró que el matrimonio debía hacerse con libre elección de los contrayentes, pero con el consentimiento de los padres, prohibiendo las uniones clandestinas. Entonces, la transmisión de las fortunas y las herencias tuvieron un mayor control porque los padres elegían a las y los futuros esposos para que el patrimonio familiar no se perdiera.
En la sociedad novohispana el matrimonio ofrecía a la mujer apoyo, protección y guía, a cambio de una obediencia casi total. La mujer aspiraba a ser madre y esposa, a contar con un buen hogar y a ser protegida, ya que la soltería o el celibato se consideraban como situaciones en desventaja, lamentables y de desdicha.

El ajuar doméstico
era el conjunto de muebles y enseres de uso diario al interior de las viviendas. En las 97 cartas de dote estudiadas por la historiadora, observó una gran variedad de bienes y productos, y dentro del arte suntuario encontró, por ejemplo, vestidos confeccionados con hilos de oro y plata y encajes importados, joyas, muebles finos, cubiertos de plata, entre otros

Aunque era mal visto, la sociedad toleraba que una mujer tuviera relaciones premaritales, ya que por la promesa de matrimonio era común que ella perdiera su virginidad. Por esta situación fueron bastante comunes los “embarazos secretos”. En esos casos, el hombre podía formalizar la relación para compensar a la mujer por sus favores, protegerla de la pobreza o prostitución, restituir su honor y legitimar a sus hijos, pero nadie podía obligarlo a casarse sin su consentimiento.

En esos casos, la dote permitía restituir el honor de la mujer en caso de haber tenido relaciones sexuales antes del matrimonio, ya que permitiría encontrar un marido sin mencionar que era el “precio” por la virginidad perdida, es decir, pagaban al marido a través de la dote para que se casara.

Especialmente entre la nobleza,
elaboraban un documento llamado “capitulaciones matrimoniales” antes de la carta de dote, en que se estipulaban más cláusulas para su entrega y las consecuencias económicas de la boda, por la riqueza y la abundancia de los bienes que estaban en juego. Ese procedimiento hacía público las aportaciones y legalizaba los bienes, más no el matrimonio, ya que era asunto de la Iglesia

Para saber

La dote matrimonial fue una tradición muy antigua de la humanidad, afirma la doctora Carmen Lorenzo Monterrubio en su libro Arte suntuario en los ajuares domésticos.
La dote matrimonial en Pachuca, siglo XVII

Esa costumbre tuvo quizá un origen hebreo y se transmitió al derecho romano, extendiéndose a la Europa medieval y después a la América española

Existían dos clases de dotes: la profecticia, que procedía del padre o de otro ascendiente, y la adventicia, cuando procedía de alguien que no era de la línea paterna, entonces se consideraba como herencia y donación. La dote se constituía por la herencia que los padres daban a las hijas

Una vez que Antonio de Mendoza se estableció como el primer virrey de la Nueva España en 1535, se legalizaron los traspasos de encomiendas como dotes matrimoniales. Más adelante, tuvo arraigo en los estratos altos de la sociedad y en la nobleza indígena

El matrimonio en la sociedad novohispana era visto como un medio, quizás el mejor, para asegurar el porvenir de la mujer. Sin embargo, cuando los padres tenían varias hijas, otorgaban dote solo a una o dos, y el resto las consagraban a la vida conventual, aunque ahí también debían entregar una dote

Esa práctica española se introdujo también en los matrimonios indígenas, sobre todo durante el siglo XVI, cuando eran comunes los enlaces entre indias cacicas y españoles

En algunas familias de los grupos más pobres de la sociedad también existió esta costumbre, aunque la dote de una joven casadera se restringía a petates, mantas y utensilios de madera, es decir, objetos modestos

 

 

Científica invitada

[ Ana María del Carmen Lorenzo Monterrubio ]

Nació en la Ciudad de México. Estudió arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia; maestría y doctorado en historia, en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Cuenta con perfil deseable del Programa para el desarrollo profesional docente (Prodep) desde 2014 y es nivel 1 del Sistema Nacional de Investigadores.

Es profesora investigadora en el Instituto de Artes de la Autónoma de Hidalgo desde 2012, y ha participado en tres grupos académicos, la Red de Investigación en Arte e Historia Religiosa Novohispana, en Arte y Sociedad, así como Arte y Patrimonio Cultural.
Obtuvo el segundo lugar en el Premio Alfonso Caso por mejor tesis de arqueología en 1988, por el Instituto Nacional de Antropología e Historia; y el primer lugar en el Premio del Foro Nacional sobre Felipe Ángeles. Además es miembro fundadora vitalicia de la Academia Hidalguense de la Historia.

Cuenta con una amplia experiencia en el campo profesional relacionado con su perfil como arqueóloga e historiadora. Y dentro de la gestión académica, elaboró los estudios de pertinencia y factibilidad para la creación de la maestría en patrimonio cultural de México, que próximamente lanzará la Autónoma de Hidalgo.

Ana María del Carmen Lorenzo Monterrubio
Es autora de nueve libros y 17 capítulos de libro; más de 50 artículos de divulgación en periódicos, revistas y boletines; también es autora de cuadernos históricos, catálogos y folletos de historia; revisora y dictaminadora de artículos científicos y
miembro de tres distintos consejos editoriales en el país.

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