Musarañas y otros menesteres

Todavía hace algunos años no tenía idea en qué área enfocar mi carrera, la realidad es que solo estudié ciencias de la comunicación porque de niña y no tan niña quería ser actriz de teatro, y después de mi fugaz presencia por el bello Instituto de Artes, realicé mi examen por tercera ocasión “para eso del periodismo”, me aceptaron y es ahí donde todo comenzó…

Como ya conté antes, mi primer empleo fue aquí en esta redacción de Libre por convicción Independiente de Hidalgo, en 2015, y como correctora de estilo; por alguna de esas noches al término de la edición conocí a Diego Castillo Quintero, a quien agradezco por incitarme a escribir “sobre lo que fuera” y presentar mi texto a mi jefe, Jorge Romero, quien leyó y publicó mi primer artículo sobre la violencia a las mujeres, seis meses después del consejo de Diego, el 15 de mayo de 2016.

Necesitaba escribir, ahora la incógnita era, ¿sobre qué? Soy muy mala para la poesía, sé muy poco sobre artes, y casi nada sobre mí como para plasmarlo, corregir la nota periodística es mi trabajo mas no redactarla; siempre pensé que es bueno saber sobre política, economía, y más política, pero también me interesa saber qué ocurre a mi alrededor, en mi realidad como ciudadana.

Por esta razón y después de muchas dudas e incertidumbres surge hoy este espacio, su espacio “En el camino andamos”, un lugar para contar historias, anécdotas, injusticias, alegrías, tristezas y todo lo que se le pueda ocurrir en su rol de ciudadana, ciudadano, padre, estudiante, madre, hijo, trabajadora y lo que me falte.

¿Quién soy? Una aprendiz del periodismo escrito, y fonotecaria matutina de Radio UAEH, me gusta el cine mexicano de denuncia social (por cierto, para empezar las recomendaciones vea la película La Zona, del director Rodrigo Plá), el rock urbano, pero también la cursilería de los boleros (escuche “Verdad amarga” en la voz de Elvira Ríos) la fotografía en blanco y negro, entre otras cosas; si quiere imaginarme, ya me lo dijo Rosario Castellanos “soy más o menos fea, eso depende de la mano que aplica el maquillaje”…

“En el camino andamos” tiene el único objetivo de dar voz a nuestra ciudad, su municipio, localidad o desde cualquier lugar donde nos lea, a través de la historia de sus habitantes, lo y la (por eso del lenguaje inclusivo) invito a participar en el correo [email protected], donde será un privilegio dar vida mediante este espacio a su anécdota, historia o denuncia ciudadana.

Caso Guadalupe

En la Bella Airosa una costurera gana en promedio 800 pesos semanales por laborar de ocho de la mañana a seis de la tarde, con una hora libre para comer y dolor de espalda de lunes a viernes; es ahí, en el corazón de las maquiladoras donde se encuentra la vida obrera femenina, mujeres que laboran cinco, 10, 15 y muchos años siguiendo una misma rutina, como robots programados.

Guadalupe sabe lo que eso significa, de 46 años, 20 los pasó sentada frente a una máquina de coser, moviendo el pie derecho en el pedal y agitando su brazo izquierdo para mover la rueda de mano, obligándose a tomar dos litros de agua diario para no afectar sus riñones a consecuencia de pasar nueve o 10 horas sentada. En abril de 2015, su jefa decidió que no quería volver a verla por las mañanas y fue despedida, sin recibir un “gracias” por su constancia, experiencia y los años que dedicó a recorrer maquiladoras, porque así es la vida obrera real, sin sentimentalismos.

Después de una demanda y mucho estrés, Guadalupe ganó, si a eso se le puede llamar ganar, y le pagaron el dinero suficiente para apenas poder comprarse una máquina de coser y trabajar desde su casa; desde entonces ha hecho bolsas, mochilas, playeras y uniformes, todo con una sola máquina seminueva.

Una mañana sintió que sus problemas económicos ahora sí mejorarían después de 20 años, cuando fue contratada para elaborar 200 uniformes de secundaria, las piezas eran sencillas y se las pagarían a 20 pesos cada una, sí, 20 pesos es una fortuna cuando nunca se pagan a más de 10; en cuanto entregara los uniformes, tendría 4 mil pesos libres de descuentos injustos.

Guadalupe entregó su trabajo, y al siguiente día esperó su pago, y al siguiente y al siguiente también, porque una vez entregado “no había dinero”. Al cabo de una semana y muchas llamadas telefónicas para presionar, tuvo entre sus manos un cheque con la cantidad exacta de 4 mil pesos, se dirigió al banco, sola, porque eran las dos de la tarde, cuando el Sol quema y porque en Pachuca nadie roba en los bancos, eso sucede en la Ciudad de México, aquí no.

La mujer con aspecto de señora le arrebata el dinero y camina rápida pero disimuladamente, la otra la sigue y Guadalupe se queda parada en medio de la calle solitaria, temerosa, incrédula a lo que le acaba de suceder, con impotencia y frustración, decide caminar para alcanzarlas, pero desaparecieron

Aproximadamente a las 2:30 de la tarde está formada en la fila del banco, mientras imagina las formas en las que gastará su dinero, sabe que en casa sus padres, de 76 y 70 años la esperan a comer y ella quiere llegar con la sorpresa. La cajera le informa que necesita una identificación para poder cobrar su cheque, pero como no la lleva le aconseja “pedir el favor” a alguien de la fila.

Guadalupe aún confía en las personas, más en esta ciudad que es de todos, y pide ayuda a una mujer con aspecto de señora, porque las señoras no roban en los bancos, Guadalupe es ingenua. La señora no acepta pero el “joven” de a un lado sí, acuden a la caja, cobran el cheque con la credencial del buen samaritano y ella se va feliz y agradecida con su dinero.
Apenas unos metros afuera del banco, la mujer con aspecto de señora tropieza con ella, se agacha y levanta del piso un envoltorio, que dice, es un fajo de billetes, le propone a Guadalupe repartirse la fortuna, Guadalupe duda, pero sus deseos de tener más dinero ganan. Se la lleva del brazo a la vuelta del banco, en una calle solitaria, pero eso no importa porque va con una señora y las señoras no roban ni en los bancos, ni en ningún lado.

Se detienen y llega una tercera que dice buscar un fajo de billetes que perdió, todo está decidido, van a robarle el dinero a Guadalupe, pero ella aún no lo sabe. Escucha atenta la plática entre las dos señoras, y no se da cuenta que la acorralaron entre un carro y la pared, una le pide a la otra sacar su dinero porque el que ella perdió viene de una perfumería y su dinero huele a fragancias, le pide a Guadalupe que la deje oler el dinero que acaba de cobrar, sí, porque todavía se puede confiar en las señoras. Error.

La mujer con aspecto de señora le arrebata el dinero y camina rápida pero disimuladamente, la otra la sigue y Guadalupe se queda parada en medio de la calle solitaria, temerosa, incrédula a lo que le acaba de suceder, con impotencia y frustración, decide caminar para alcanzarlas, pero desaparecieron.

Recuerda al “joven” que se ofreció a ayudarla, todo era un plan. Y entonces lo sabe: acaba de ser víctima de un asalto sin violencia, a las 2:30 de la tarde, cometido por dos señoras que podrían parecerse a sus hermanas, a sus amigas o a cualquier mujer digna de brindarle su confianza, afuera de un banco en Pachuca, la ciudad de todos…

Se va a su casa, tratando de contener su rabia y dejando salir su llanto, el esfuerzo de su trabajo no sería recompensado con su sueldo, la noche sin dormir para entregar los uniformes a tiempo no valió la pena, una y otra vez recuerda lo sucedido, decide no denunciar, ¿para qué?

Guadalupe supo que ya no solo a los ricos les roban, que en la actualidad, en nuestro México bárbaro, hombres, mujeres y niños debemos cuidarnos al subir a un taxi, al caminar por una calle sin importar la hora, de esconder bien nuestro dinero cuando viajamos en un autobús, de controlar nuestras emociones si alguna camioneta “extraña” se acerca o si un policía te mira; los “malos” ya no son jóvenes desaliñados, pueden ser cualquiera, hasta mujeres con aspecto de señora, porque así es este asunto del miedo y la inseguridad, por eso Guadalupe nos recuerda que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

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