Una palabra más y todos hubiesen estado conformes en que aquello debía llevarse a cabo sin mayor dilación. Pero esa palabra nunca se dijo porque quién debía decirla se calló en el momento preciso en que debía pronunciarla.

Todos se quedaron decepcionados de que el líder, pese a su gran discurso, nunca hubiese hecho mención de lo que más les importaba, y aunque todos tenían claro lo que se hubiese tenido que decir nadie se atrevió a hablar.

Aquel silencio, prolongación de otros tantos, tuvo las consecuencias más inesperadas e inverosímiles. Todas ellas negativas, por lo que los historiadores calificaron a aquel día como nefasto para la nación.

Los allí reunidos, desde luego no sabían lo importante que era lo que estaba sucediendo y mucho menos conocían lo que traería el futuro por su falta de atrevimiento a la hora de expresar en voz alta lo que todos pensaban, y que al no ser dicho por su líder quedo en el aire, como tantas otras cosas.

No es que aquello fuera muy importante en el momento exacto en que estaba sucediendo, pero si lo fue, y en suma medida, en los años posteriores. En ellos fue preciso definir lo que los padres fundadores de la patria quisieron que fuera la nación, y lo que callaron como forma de decir lo que no querían que fuera.

Los libros de historia y la jurisprudencia estaban llenas de interpretaciones que intentaban adivinar el sentir de aquellos hombres reunidos en torno a las grandes palabras que serían el signo de su tiempo y de los posteriores.

Incluso los escolares menos capacitados comprendían que en aquella sesión histórica que fundaba una nación había un olvido, una palabra silenciada que nadie se había atrevido a decir, aunque todos esperaban que el mejor de ellos dijera para el presente y la posteridad.

Había, por tanto, un hueco entre las palabras que no era posible rellenar por ningún conjunto de ellas. Eso hacía que lo fundamental del texto promulgado, como constitutivo de la patria, quedara profundamente incompleto.

El vacío era tan grande que se hacía notar, nomás se llegaba al punto preciso en que la palabra no aparecía por ninguna parte: ni en el lugar que le correspondía ni en ningún otro.

Ahora, en el presente en que los estudiosos intentaban dar una respuesta consistente en pegar la palabra dichosa en cualquier lugar de la Constitución del país, era imposible que esta cupiera. Si más no, porque las otras habían envejecido en demasía y ella era un bebé berrinchudo que los aristocráticos vocablos, venidos de otros tiempos, ni siquiera consideraban de los suyos.

Lo que no se dijo era mejor guardarlo en silencio. Nunca existió, por tanto porque debería hacerse algo para que existiera. Algunos decían, que lo que no fue no fue y que lo mejor que podía hacerse era que no fuera nunca.

No se podía volver atrás en el tiempo, resucitar a aquel hombre que quedaría en la historia por un olvido transcendental que lo marcaría para siempre, sin que sus grandes logros y méritos pudieran impedir que pasara a la posteridad como quien tuvo en la boca la palabra que hubiese cambiado el devenir negativo de todo un pueblo.

¿Cuál era aquella palabra? Todos la sabían, aunque nadie la decía. Nunca fue dicha en voz alta y ni siquiera murmurada. Era demasiado importante para que se perdiera en el aire.

En una mañana sin alba y noche sin aurora alguien la dijo. El eco la repitió en el cielo y en los fondos marinos. Después se hizo el silencio y el olvido. Ambos se reflejaron hasta el infinito en la boca callada.

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