Es cierto que esa palabra sonora es usada poco en nuestros tiempos, y cada vez menos. La alharaca suena a novela picaresca o a obra decimonónica. Nos la imaginamos dentro de una frase de época, de esa recargada y llena de arcaísmos tan arcaicos como ella –por ejemplo, matrona–.

No faltan ejemplos, desde la pícara novela Guzmán de Alfarache, concebida por el español Mateo Alemán en el siglo XVII:
“…como la honrada matrona se viese acosada en casa y ladrada en la calle de los maledicientes, no hizo alharacas, melindres, ni embelecos.”

Hasta el negro cuento de doña Emilia Pardo Bazán, Agravante (1894):
“Tal fue la sarta de denuestos y tantas las alharacas de constancia inexpugnable y honestidad invencible…”

Sin olvidarnos de la mexicana y picaresca El periquillo sarniento (1816), de José Joaquín Fernández de Lizardi:
“…con tal escándalo y alharaca que se podía haber oído el pleito y sabido el motivo a dos leguas en contorno de la casa.”

Y sí, tal como lo muestran los ejemplos, alharaca se refiere a ruidos y aspavientos. El Diccionario de la lengua castellana de 1770 la define como “palabras o voces destempladas, procedidas de varios efectos, como ira, queja, admiración, etcétera” y considera que viene del árabe harach, “enojo, furor”. Un origen algo diferente lo encontramos en el diccionario etimológico del señor Corominas, quien opina que proviene del hispanoárabe haráka, a su vez del árabe háraka, que significa “movimiento”, “emoción, agitación”.

Sea como sea, el prefijo al –igual que en algarabía– nos demuestra que es una palabra árabe, mientras que el resto implica algo que se mueve y que lo hace demasiado, de manera exagerada. Puede tratarse de mucho escándalo o de movimientos desmesurados, o de la manifestación –a decir de María Moliner– “de un sentimiento o impresión, con voces o gestos o con la actitud.”

Nuestro DEM aún no contempla la palabra, pero el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua apunta el término alaraquear –así, sin hache– como sinónimo de exagerar.

Semblanza

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