Fannie Emery Othón*

“¿O cuál es de más culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga o el que paga por pecar?”
Sor Juana Inés de la Cruz, Redondillas
Reconocida principalmente por la ligereza de su moral y la brevedad de su falda, una meretriz es, hoy en día y desde de la época cristiana, aquella mujer dedicada a conceder sudores y temblores —popularmente sospechados nocturnos, aunque en realidad ella no encuentre inconveniente en desempeñarse a plena luz— a cambio de algunos ejemplares de ese favorecedor papel del que están hechos los billetes.
Y es que quizá usted no lo sepa, querido lector, pero el término meretriz proviene del latín meretrix, que significa “la que se gana la vida por sí misma”, etimología que alude más estrictamente a la mujer que se casa con un hombre por interés económico o social, aun cuando nunca se ha usado con esta implicación.
Al parecer, en la época del Imperio Romano, meretriz se utilizaba para designar a aquella soltera —sin vocación de prostituta, o sea, sin pretensión de cobrar— que ejercía este oficio de manera temporal o ingresaba en los templos ya fuera para aprender las delicias de la lascivia y brindárselas a su marido en ciernes o por puritito placer y liviandad moral, sin que hubiese una obligada retribución financiera. Así pues, las meretrices eran en realidad amateurs de la diversión carnal y de los arrebatos de la entrepierna, lo que daría pie más adelante al surgimiento de numerosos prostíbulos que ofertaban los favores de mujeres “no profesionales” y aportaría elementos para la tergiversación del término.
Así pues, con la llegada del cristianismo y su nueva moral sexual, meretriz se convirtió en sinónimo de prostituta, uso que le seguimos dando hasta nuestros días, si bien en esta época, de dobles morales y conductas “políticamente correctas», algunos suelen llamarlas, de manera eufemística —para barnizar lo irritable que su ocupación les resulta—, sexoservidoras o «trabajadoras sexuales”. Aunque quizá esos mismos, igual que todos los demás, en corto y entre nos, las llamen de otro modo.
*Fannie Emery Othón tiene años dedicando parte de su vida a las cuestiones editoriales y ansía convertirse, algún día, en una meretriz de la palabra, una disoluta de la prosa poética. Quizá por eso, y porque sabe que está lejos de alcanzarlo, sigue disfrutando y envidiando tanto a quienes dedican su vida entera a la letra y a la palabra.

Está en chino

Las mil y una formas en las que nos expresamos los humanos y las increíblemente numerosas maneras de ver la realidad están en este libro con el que podrá aprenderse todos los latinajos en la tina y miles de maneras de decir “te quiero”, además de tener a la mano un pequeño diccionario para sobrevivir en Yucatán y sus primeras lecciones de lunfardo para entender la letra de los tangos. También podrá burlarse de los encabezados de periódicos y reír con los letreros de los camiones, como ese que dice: “materialista, pero no dialéctico”.
Decirle pompis a las nalgas, salvar las palabras “matapasiones”, tener lapsus brutus, caer con las palabras desostasars o ser víctimas de la errata será algo poco probable después de leer este volumen que además le resuelve dudas como el saber cómo se les llama a los originarios de los lugares más recónditos de México y del planeta y por qué los libros se llaman como se llaman, además de hablar de dedonarios, palíndromos onomásticos y muchas otras formas de hablar, rezongar e insultar.

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