Pandemia transforma visitas al cine

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OCTAVIO JAIMES

Después de casi seis meses de aislamiento y de muchos cambios en la vida cotidiana, comienza a vislumbrarse una luz de esperanza

Pachuca.- Después de casi seis meses de aislamiento y de muchos cambios drásticos en todos los hábitos y ámbitos de la vida cotidiana, comienza a vislumbrarse una luz de esperanza que ilumina el horizonte. Más bien, estamos aferrándonos a esta “nueva normalidad”, induciéndonos, paulatinamente, al deseo de retomar lo que en algún momento llamábamos “vida normal”. ¿Realmente todo volverá a ser como antes?

En ese contexto, al fin tomé la decisión de volver a las salas de proyección. En situaciones previas a la pandemia, acostumbraba visitar esos complejos aproximadamente dos o tres veces a la semana. Iba solo, con amigos, con familia, en pareja, como fuera. La idea era congregarse bajo ese cúmulo de olores, sabores, sensaciones y atmósfera que exhalaba al séptimo arte por doquier. Cualquier cinéfilo podrá darme la razón: no podemos comparar sentarse en un sillón o recostarse en la cama viendo Netflix (actividad que muchos sobreexplotamos durante el encierro) a hundirse en una butaca perdido en el recinto oscuro mientras disfrutamos unas palomitas o los ya icónicos nachos.

Como parte de los innumerables protocolos para la nueva realidad, las grandes cadenas de exhibición en México, así como la Canacine (Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica), promovieron videos donde se explica, casi paso a paso, todas las estrategias implementadas para hacernos sentir en confianza e invitarnos a retomar nuestras visitas a esos establecimientos.

Muchos han tachado de irresponsables a los que difunden esos mensajes, pues les resulta irónico que haya gente queriendo ir al cine cuando “hay otras cosas más importantes”. En efecto, las hay. Sin embargo, para nosotros, los cinéfilos, es irresistible la idea de apreciar una película en su máximo esplendor.

La reapertura

Es así como, habiendo pasado tres semanas desde que los cines en Hidalgo abrieron, me animé a redescubrir esa experiencia. El reconocimiento del terreno ha sido bastante curioso: para empezar, la oferta durante estos días ha sido muy poco atractiva, pues consiste en reestrenos, metrajes mexicanos de comedia romántica (temática desgastada hasta el cansancio) y otros títulos que no llaman para nada la atención. La fiesta de la Independencia trajo consigo el estreno de Tenet, lo nuevo de Christopher Nolan (que se promovió desde hace ya algunos meses como “la producción que hará que todos regresen a las salas”) misma que fue el pretexto idóneo para volver, pues aparte de la intriga y ciencia que envuelve a las películas del director, resultó interesante la idea de experimentar una ola de nuevas vivencias y metamorfosis para una actividad que era “normal” en instancias pasadas.

Fui el miércoles por la noche, día festivo, día de precios reducidos. Paradójicamente, lo que en situaciones “normales” hubiera resultado en un lobby atascado, con restos de cátsup, salsa y palomitas pisadas por doquier, pero en esta ocasión atestiguamos un recinto vacío, con un eco casi sepulcral. Pocos empleados, una sola caja para comprar boletos y una sola fila para comprar alimentos.

Por todos lados, letreros que invitan a los pagos electrónicos, situación que se repite en muchos negocios de todos los giros: preámbulo, quizá, de lo que en unos años catapulte la desaparición del dinero físico, al menos, en determinados sectores.

Parecía que estábamos en una escena de algún sci-fi: todos con cubrebocas, algunos con máscara. Los empleados, con careta, mascarilla y guantes. Admirable, es muy difícil trabajar en un teatro y es doblemente reconocible la actitud para hacerlo cuando es complicado respirar, ver y hasta manipular las pantallas táctiles de los puntos de venta. Aunado a eso, la dificultad para escuchar en un cubículo que separa con un acrílico al cliente y al expendedor; hasta en ese contexto, las interacciones sociales se han visto menguadas. Ya no podemos sonreír a nuestro interlocutor, ya no conocemos más allá de su mirada, que por muy poético que suene, no es del todo satisfactoria. Al menos no para lo que estábamos acostumbrados.

El ritual del boleto también se desvaneció, al adquirirse digitalmente ya no existe un “ticket” que muchas veces fungía como recuerdo de alguna producción muy esperada o de alguna fecha en especial. Ya no existe la barra libre para salsa, aderezos o vegetales para nuestros hot-dogs o nachos, pues tenemos que limitarnos a la porción que realmente vayamos a consumir, cosa que va a erradicar grandes cantidades de desperdicio.

Es curioso ver las nuevas estructuras y distribución de los asientos: máximo tres personas por grupo, ocupando solo el 30 por ciento del aforo total, desperdiciando así más de la mitad de toda el área. Para la proyección, se ha solicitado que se mantengan las puertas abiertas, uno de los elementos más difíciles de asimilar: el salón ya no es oscuro. Ya no es aislante de todos los ruidos del exterior, ya no se logra una conexión total con la película. Ojalá que sea algo que pueda solucionarse pronto.

Aunque no todo es tan catastrófico como suena: poca gente en los establecimientos no es tan mala idea. Realmente se han acabado las patadas molestas en el respaldo de los asientos, los zapatos sucios que buscan susurrarte al oído o al espectador empecinado con el celular o con el cuchicheo. Ahora eres tú, y a dos metros, alguien más.

El panorama

Todo ese panorama ha traído la idea de que probablemente ese sea el futuro para la exhibición cinematográfica. Los días del cine como lo conocíamos pueden estar llegando a su fin: las cadenas de exhibición se enfrentan a la que puede ser la más drástica de sus crisis económicas debido a que muchos espacios operan en números rojos a pesar de los exhaustivos recortes de personal y de horarios de servicio.

No se sabe, con certeza, cuándo viviremos una experiencia como las de antes, con lobbys atascados y filas interminables. Pero indudablemente, es más probable que comencemos a ver los locales más pequeños, con pocas áreas; es más cercana la idea de que los autocinemas logren acaparar mucha de la participación de mercado que anteriormente les pertenecía a los complejos convencionales y que las grandes firmas decidan exhibir cintas que garanticen un alto ingreso (por ejemplo, súper héroes), dejando a un lado producciones de arte o mexicanas de corte artístico y/o cultural.

Es cierto, todos esos cambios se han planeado para nuestra salud y la de nuestros allegados. Sin embargo, resulta amargante ser parte de esa crisálida social, pues no entendemos del todo por qué las metamorfosis implican siempre un sacrificio. Para un cinéfilo como yo, es desesperante ver cómo a pesar de las exigencias gubernamentales y de los trabajadores hay gente que hace caso omiso a todas las indicaciones, propiciando, así, que esos espacios no tengan otra opción más que limitar aún más sus estrategias para no ser clausurados.

No se escriben estas líneas para incitar a visitar o no un cine. Cada quién lo hará cuando se sienta seguro para ello. Lo que sí es cierto, es que cuando se atrevan, prepárense para visualizar un escenario desconocido: también nosotros cambiamos después de esta contingencia y quizá ya no nos sintamos cómodos en un espacio público, condenándonos a disfrutar de las cintas desde la comodidad del sillón o de nuestra cama.

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