La sociedad industrial tal y como la conocemos y la experimentamos cotidianamente, ha sido sacudida hasta sus más profundas raíces y mostrado su inviabilidad social e histórica ante la disyuntiva que ha planteado la actual pandemia: se protege a la vida o a la economía. La sociedad del encierro surgida de la pandemia en los primeros meses de este año (2020), es contraria al fundamento principal sobre el que se erigió la sociedad urbana actual: la disposición, de parte del capital, libre y sin restricciones, de la masa que forma parte del Estado asociado al libre tránsito como característica legitimada por el derecho.

La reproducción de capital se detuvo en el mundo y la ciudad se convirtió en lugar de encierro por meses y no de reproducción del capital. Qué sociedad es esa que no reproduce capital y no permite al capital disponer libremente de la mano de obra para ajustarla a los procesos de valorización del capital. Esa no es una sociedad como la que conocemos. Ese acto llevado a cabo por el Estado es un acto que nada tiene que ver con la sociedad industrial, porque el capital concibe al Estado como una herramienta a su servicio o, en su defecto, con capacidad de intervenir en la economía hasta ciertos límites. Eso de que la masa se encierra no va con el capital y no puede perdurar por mucho tiempo a menos de que se quiera poner en jaque al capital.

Si la concentración de la masa en las ciudades está asociada al uso de la misma por parte del capital en su diversidad comercial, industrial, financiera, de servicios, etcétera, tal propósito se frustró por meses. Los derechos ciudadanos que se han creado, así como una visión humanista del mundo, un cierto grado de solidaridad ante la muerte y el dolor ajeno y la legitimidad gubernamental, han servido principios a los que se ha recurrido para que se obligue al capital a parar en el mundo. No se ha dimensionado lo que ha ocurrido, pero, con contradicciones, se optó en un primer momento por proteger a la población.

Los gobiernos de la mayoría de los países, en algunos casos contra su voluntad, lograron detener la maquinaria que opera detrás de todo: la reproducción del capital. Por supuesto que hubo resistencias, y en muchos casos ante los efectos de la pandemia que rebasaba la estructura hospitalaria se generó una presión adicional para que los gobiernos actuaran. Pero al final de cuentas se paró el mundo de la economía y se favoreció proteger la vida. En este punto todavía falta ver el final de la película, por lo pronto eso se aprecian múltiples contradicciones que ya habrá momento de valorar, pero de que el mundo se paró por lo menos por tres meses en los países centrales y periféricos, ni duda cabe.

La pandemia sorprendió al capital y a los gobiernos de las naciones. La reacción del capital ha sido negociar la “nueva normalidad”. Los gobiernos han impuesto una nueva normalidad que el capital no quisiera, pero igual ha tenido que negociar por el momento y algunos sectores renuentes lo han logrado asimilar. Veremos que ocurre, porque a largo plazo implica una merma de las ganancias y eso para el capital es dinamita pura, pues como ya hemos dicho el capital para reproducirse no acepta condicionamientos, o los acepta mientras ve la manera de eliminarlos técnicamente o por medio de estrategias de poder. Por lo pronto está atado a una nueva normalidad negociada.

La nueva normalidad fue una opción ante la imposibilidad de que el capital permanezca paralizado por tiempo indefinido. El acoplamiento de los ritmos de la industria a nivel mundial ha tenido que ver en este asunto. La falta de recursos para continuar subsistiendo de algunos sectores clasificados como vulnerables, ha sido otro factor. Se ha dicho que no se puede mantener a la población en el encierro porque no todos tienen recursos suficientes para esperar a que la pandemia transcurra, dejando la responsabilidad en estos grupos y usándolos como pretexto. Es tema aparte, pero las consecuencias serán miles de muertos más que se sumarán a las previsiones originales y sacudirán las cifras esperanzadoras de los primeros cálculos.

Lo que está detrás de la nueva normalidad son los intereses de múltiples fuerzas que tratan de normalizar la pandemia y que no sea un obstáculo al capital. Normalizarla significa eliminar los aspectos que han resultado incómodos y que le han obligado a parar en el mundo. De esta manera, transitar hacia un nuevo modelo de operación y disposición de aquello que es la fuerza y vitalidad del capital, que es volver a disponer sin restricciones de la masa de la población de la que se nutre en los procesos productivos, así como de la circulación y el consumo. Eso es lo que está en el fondo de la nueva normalidad. Sin duda, también se trata de un mecanismo disciplinario.

En el mundo esta decisión fue tomada asumiendo las consecuencias del significado que podría tener a corto plazo, como un posible rebrote, pero calculando que en adelante un nuevo encierro como el ocurrido en la primera mitad del año podría resultar traumático para el capital y que, obvio decirlo, no estaría dispuesto a soportar. La nueva normalidad no consiste solamente en nuevas medidas para coexistir con la pandemia, es un experimento que trata de disciplinar a la sociedad con el fin de que ella misma actúe por su propia cuenta y asuma el autocuidado ante la imposibilidad de un nuevo o varios más encierros que llevaría al capital a la ruina.

La pandemia ha agudizado la inviabilidad de la sociedad industrial. Esto resulta evidente porque no existe vacuna y es muy probable que no tengamos vacuna hasta dentro de uno o dos años. Lo que implica que estamos expuestos a rebrotes y a regresar al encierro que nadie quiere por supuesto, pero sobre todo resulta ajeno a la lógica del capital. Bajo esta circunstancia, la nueva normalidad busca que la sociedad se acostumbre al riesgo y que se le eviten nuevos traumas al capital, a costa de su vida “si no se cuida”. La nueva normalidad es más bien una sociedad biodisciplinada ante el temor a la muerte y la incapacidad del capital para encontrar respuestas ante la crisis que vive.

Las presiones de algunos sectores, como el comercio y los servicios, es real. Se trata de sectores con una baja composición de capital que, al detenerse el proceso a baja escala, se desvalorizan ante sus competidores y perderán su lugar en el mundo del comercio o los servicios. Si no recuperan la normalidad de seguro están próximos a desaparecer. El punto es que la nueva normalidad tiene que manejarse desde los círculos del poder con ciertos cuidados, de lo contrario el incremento de las muertes como resultado de una apertura libre podría causar serios problemas en cuanto a la legitimidad gubernamental. En el fondo la dolorosa transición sin ciertos cuidados afectaría a miles de familias que dejarían un trauma social mayor.

En el caso de México las previsiones sobre la muerte por la pandemia se han disparado, pero se tomó una decisión política igual que ocurrió en otras partes del mundo: levantar el encierro antes de que ocurriera una destrucción del capital, lo que tendrá su costo.

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