Raen Sánchez Torres y Mario Cruz

Si le pedimos manzanas al nogal, el problema está en nosotros por haber plantado nogales. En un mundo ideal un buen gobernante debe contar con la actitud para proyectarse convincente y confiado en las capacidades de su nación para salir adelante frente a cualquier tipo de crisis, mostrando siempre responsabilidad y conocimiento en la toma de decisiones para abonar en la unidad y fortalecer su sentido de pertenencia.

Sin embargo, frecuentemente hay desequilibrios en la vida pública debido a que muchos políticos y gobernantes terminan exhibiendo sus carencias individuales y sus
excesos que se manifiestan en las ridículas formas de gobernar y concebir a la función pública, que nada tienen que ver con la defensa de los valores institucionales del Estado. Tristemente en México todavía no utilizamos las políticas públicas como primer frente de contención, sino que nuestros gobernantes se conducen por corazonadas y ocurrencias.

Por el contrario, en países europeos como Alemania su población actúa como un equipo y pone el conocimiento por encima de la fe y el fanatismo. De igual forma, vemos en Canadá un país norteamericano orgulloso de las riquezas que le da la pluralidad de su población y consecuentemente lo refleja en las formas de gobernar y hacer vida pública basadas en la razón, la tolerancia y la confianza en el ser humano sin importar sus colores, género o religión.

En consecuencia, ante crisis como las que hemos podido apreciar recientemente vemos jefes de Estado como Ángela Merkel de Alemania o Justin Trudeau de Canadá que guían a sus naciones con decisiones de estado, asumiendo la alta responsabilidad que sus conciudadanos les han otorgado, llamando y actuando por la unidad de sus pueblos y del mundo, siempre con las más altas consideraciones de la ciencia aplicada con una perspectiva humanista.

Bajo esta perspectiva, resulta natural y necesaria la comparación y el contraste con la forma de decidir del gobierno en México desde hace décadas, donde es manifiesto el fanatismo, el revanchismo político, la falta de sentido de comunidad, la negligencia y el clasismo que ha generado gobernantes omisos, mezquinos, fanáticos, ególatras y sectarios.

Por eso no nos debe sorprender que entre las distintas opciones de estrategias para abordar una situación de riesgo encontremos líderes que optan por las que menos costos económicos puedan generar sin cambiar el problema de fondo. De igual forma, no debe extrañarnos que en lugar de generar empatía se trate a la sociedad como a menores de edad, que en lugar de utilizar la razón se nos invite a usar escapularios o amuletos como único mecanismo de defensa, en vez de obligar a todas las instituciones del Estado a aglutinar esfuerzos en la contención de una pandemia que ya amenaza la seguridad nacional.

Nosotros como sociedad hemos construido esta realidad durante años y nos va a costar mucho cambiar la vida pública nacional. Tenemos que empezar, como ya hemos iniciado, siendo conscientes de nuestras capacidades, debilidades y de nuestra propia naturaleza. Ello nos permitirá realizar muchas acciones como las que algunas empresas, instituciones, gobiernos estatales y municipales han empezado a tomar ante el vacío de una conducción del gobierno federal que no trasmite un mensaje claro de cómo afrontar esta pandemia que afectará el crecimiento económico y replanteará los esquemas de salud en el país.

No culpemos al nogal por dar nueces, ni al manzano por dar manzanas. Nos toca reconstruir nuestra forma de participar en la vida pública desde lo individual; nos toca premiar y castigar con el voto, nos toca informarnos y actuar por el bienestar social, no como una necedad demagógica, sino como una acción por el bien común.

Salvaremos esta emergencia nacional tal vez con grandes costos, pero a pesar de ello es nuestra oportunidad de cambio, de reconstruir nuestra corresponsabilidad individual frente a nuestras comunidades, siendo más justos con nosotros y entre nosotros. Que el conocimiento científico nos permita eliminar nuestros fanatismos, aprendiendo a contener nuestros impulsos y expulsando la ignorancia en nuestra forma de abordad el día a día.

Solo así podremos hacer que cuando la siguiente pandemia nos encuentre, nuestros líderes, que son reflejo de la sociedad, se parezcan más a Trudeau o Merkel que a los tradicionales merolicos de tianguis que venden amuletos para combatir desde la diabetes, el cáncer, el mal de ojo y el empacho.

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