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Ella nunca dijo su nombre, solo me pedía “A dry martini, please” tres veces cada noche, no me miraba, su atención estaba en las líneas absurdas que dibujaba en los portavasos. No le hablaba, tenemos prohibido importunar a nuestros clientes.
Las copas de colores que servimos daban la impresión de celebrar cada noche una gran fiesta.
Esa puerta forrada de espejos se abría y cerraba a cada momento. Las personas sentadas en pequeños sillones mantenían la sonrisa artificial y la pose perfecta al mirar de reojo a quien atravesaba el umbral.
El martini costaba 30 dólares, la vista desde el piso 21 lo valía pero, después del suceso, los clientes no tuvieron ganas de volver.
Se podía hablar sin necesidad de gritar, la música estaba a un volumen moderado.
Fue un mes extraño, en ocasiones, el calor llegó a los 40 grados, esa noche la lluvia nos sorprendió.
No pidió espacio en la barra, solicitó una mesa en la terraza. Le dije que llovía, ella contestó no tanto y caminó al exterior. Me miró con sus ojos brillantes, dijo: “Tráigame una cerveza oscura en lugar del martini”.
La vi salir del baño, en sus zapatos de tacón noté manchas dejadas por los charcos, supuse que llegó caminando, lucía como actriz, ese día tenía los ojos especialmente verdes, incluso la nariz se le veía alargada.
En ese momento la lluvia ya no era sino una especie de brisa refrescante.
Además de las rayas incomprensibles de siempre, anotó esta vez algunas palabras en el portavasos de cartón. “Dress” decía de un lado, “black” del otro.
Encendió un cigarrillo que dejó a medias, se acercó a la orilla y saltó.
El chef de Panorama preparaba platos árabes los jueves.
Fue sábado.

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