El mercado mundial sigue siendo la punta de lanza que el capitalismo emplea para fortalecer su sistema de dominio económico, productivo y cultural. La satisfacción de deseos y necesidades de una masa de consumidores, generacionalmente entregados, parecen cumplir la añoranza capitalista de volcar todo en el planeta al espectro completo de la geografía del capital.
Los especialistas del comercio exterior no pueden excluir en su hacer y en su pensar la consideración de que todo acto mercantil está plagado de relaciones de poder y se desarrolla en espacios territoriales físicos o virtuales de carácter complejo. Entonces, comerciar no es solo un acto de buena voluntad, sino que está en juego la disputa empresarial de consumidores cautivos, rutas logísticas y condiciones jurídicas que brinden a los estados mayores ventajas y ganancias para las corporaciones.
En este proceso, las transnacionales son la punta de lanza que el mercado mundial emplea para fortalecer su sistema de dominio, donde cada vez es más complicado para los pequeños productores competir con los grandes capitales. De hecho, se repite el famoso intercambio desigual entre valores que Marx señaló al explicar la génesis y desarrollo del capitalismo, caracterizado por un desplazamiento de los excedentes producidos en las economías pobres que camina hacia las grandes potencias: recursos estratégicos y mano de obra barata, principalmente.
Aunado a esto, la integración de bloques económicos en el planeta es parte del orden político y económico que han organizado las corporaciones en asocio con los países hegemónicos para seguir manteniendo este sistema de dominio. Si hacemos una revisión puntual de los bloques comerciales existentes en el mundo, podremos darnos cuenta que al interior de los mismos existen países hegemónicos o subhegemónicos que pugnan por mantener las asimetrías entre los países.

Los límites del
mercado capitalista

El gran límite del capital sigue siendo la existencia de territorialidades complejas, donde convergen sentidos, simbolismos y visiones del mundo que impiden que de manera automática exista pleitesía al mercado y se subordine la voluntad de quienes las habitan. Para muestra un botón: en 2001 el entonces presidente de la República Mexicana, Vicente Fox, anunció que la sede del nuevo aeropuerto internacional de México se localizaría en la zona de Texcoco. Los estrategas de este megaproyecto contaban con un excelente plan de inversión y la ruta de comercio internacional bien definida, pero olvidaron que los campesinos de la zona tenían un arraigo identitario profundo hacia la tierra que ha impedido hasta la fecha echar andar este proyecto.
A contracorriente de la visión mercantilista de los espacios, consideramos que la apropiación de la naturaleza no es solamente un tema de ganancias económicas. Es claro que no podemos sustraernos del modo de producción vigente, ni a las lógicas establecidas en la actividad comercial, pero es importante conocer el papel que juegan nuestras economías que nos permita transitar de una dependencia hegemónica hacia una interdependencia compleja.
Por otra parte, el experto en comercio exterior no solo debe de fortalecer sus habilidades en el plano procedimental de la actividad (aduanas, logística y sistema jurídico), sino también en la generación de pensamiento estratégico que le permita proponer acciones para diversificar el mercado, diseñar nuevos esquemas mercantiles más justos y más equitativos para nuestros pueblos.

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