La difícil semántica del crimen

El uso de las palabras “crimen organizado” sigue siendo confuso para los cuerpos de seguridad y para la propia academia que lo estudia. Esa distinción semántica produce variedad de metodologías para aprehenderlo epistémicamente y, desde luego, para orientar acciones precisas para su contención y erradicación en el plano operativo. En consecuencia, es tarea para los juristas avanzar en definiciones lo suficientemente robustas para coadyuvar en la prevención, combate y erradicación de este flagelo.

Varios criminólogos y criminalistas sugieren que su significado se confunde con la definición de otros crímenes porque comparten varias características, por ejemplo, en esta actividad ilegal también hay un grado de organización y cierto orden como en los demás delitos.

Entonces, el orden establecido por sus miembros no puede ser el eje para definirlo, así como tampoco el tipo de delito cometido, por lo que en esta entrega editorial se sugieren algunos elementos para comprender al crimen y se enuncia la incorporación de elementos para su definición y que permita medir su impacto económico y social.

En esta ruta interpretativa se agrega la evolución en el tiempo del modo de operar de los delincuentes, derivado del tipo de renta criminal a la que acceden, el contubernio con otros actores y los fenómenos político-sociales involucrados. Por ello, a los grupos delictivos se les puede identificar, en lo específico, a partir de las redes y las subredes ilegales e institucionales que establecen, por lo que su complejidad estriba en la multiplicidad de actividades que desarrollan y la legitimidad que logran construir en el tiempo.

Aproximación conceptual del crimen

La mayoría de las redes criminales comparten características que nos sugieren elementos más o menos homogéneos que permiten aproximarnos a la comprensión y contención de las mismas desde una perspectiva integral:

1.El grado de complejidad de los actores y los conocimientos (destrezas) adquiridos para poder delinquir hace más complicado combatirlos. Esta variable parece una de las características más importantes de las organizaciones criminales, por la multiplicidad de orígenes (legales e ilegales o mixtos) de sus miembros y la presteza para subsistir en el tiempo. Este elemento tiene que ver con la corrupción y grado de captura de las instituciones, porque pueden ofrecer servicios diferenciados para ampliar su renta criminal y mantener ingresos para dar continuidad a sus actividades. Sin lugar a dudas, esta característica es la que más dificultad representa para combatir al crimen, porque el cobijo legal y de respaldo social dificulta contener a un enemigo difuso y cambiante en todo momento.

2.La forma en que se estructuran y coordinan sus actividades a partir del respeto impuesto o consensuado define la identidad del grupo criminal. Muchos grupos construyen ambientes de terror y exhibicionismo irrestricto para disciplinar al oponente y enviar mensajes a las autoridades y la ciudadanía, para manifestar su oposición a medidas que pudieran restringir sus actividades, por lo que la amenaza velada o abierta también es sello distintivo de las organizaciones criminales. Frente a ello, podemos distinguir organizaciones que priorizan el uso del miedo como código de legitimidad con otras organizaciones, destacando escenas de terror para demostrar su hegemonía y liderazgo. Pero también se pueden distinguir acciones de construcción de legitimidad social para ganar terreno en la percepción de las poblaciones donde operan.

3. Los códigos compartidos por los miembros del grupo criminal, como el lenguaje, vestimenta y la forma de delinquir, son otro elemento que permiten aproximarnos a una definición de estos grupos. Los miembros de las organizaciones comparten comportamientos para distinguirse de otras familias criminales, por lo que alguien que quiera comprender algún delito deberá de conocer a detalle los sellos distintivos que caracterizan a estos grupos, con el fin de contar con elementos para explicar la actividad ilegal, identificar quién la cometió y sancionar conforme a derecho.

El crimen organizado se ha vuelto parte de la vida cotidiana en la geografía nacional. La incapacidad gubernamental para contenerlo ha ocasionado hartazgos ciudadanos que han aprovechado los delincuentes para permear a la sociedad y en muchos casos legitimar su actividad. Avanzar en una definición integral del crimen no es asunto menor, puesto que orienta la creación de leyes para sancionar y evitar estas conductas ilegales, pero además nos permite hacer cálculos de los costos que ya representan para la riqueza nacional. Sobre el particular, varios estudios señalan que el delito y la corrupción han comprometido hasta el 24 por ciento del Producto Interno Bruto en México (PIB).

Corrupción y crimen organizado es un binomio que el nuevo gobierno entrante no podrá obviar si realmente quiere depurar las instituciones y reestructurar el tejido social en varias regiones del país, que anteriormente podían ser espacios para el esparcimiento. Parece ser que ahora es el tiempo del miedo a ser víctima del delito, o que la sociedad en hartazgo te confunda con delincuente y quiera saldar cuentas de los históricos abusos. Es el tiempo de la barbarie, pero también es el tiempo de la esperanza para reconstruir el México que, tristemente, parece irse de nuestras manos.

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