Venustiano Carranza, el hombre tras la Constitución de 1917 es una excelente aportación que sirve para conocer más de cerca, si se permite el término, de quien también es llamado Barón de Cuatro Ciénegas, fue de los revolucionarios más destacados en los primeros 20 años del siglo pasado.

El autor del libro, Marco Antonio Mendoza Bustamante, licenciado en derecho por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), y quien cursó maestría en comunicación política y gobernanza en The George Washington University, advierte que no es una biografía en sí.

Aunque con habilidad construye la vida, y hasta el pasaje final: muerte, de quien tanto gratamente lo impresionó, dentro de los capítulos tan convulsos de la lucha por terminar el largo tiempo en el poder de Porfirio Díaz, pero que llegó a más, tras el sacrificio de Francisco I Madero, la traición de Victoriano Huerta, y el esplendor y ocaso de dos referentes también de ese movimiento armado: Francisco Villa y Emiliano Zapata.

Resalta el autor el parteaguas histórico de la Constitución de 1917, que abanderó Carranza, quien de acuerdo con su acta de nacimiento vio la luz primera el 29 de diciembre de 1859, aunque hubiera discrepancias, sobre una fecha exacta.

Originario de Cuatro Ciénegas, conocido como La Puerta del Desierto, en Coahuila, al quedar integrado como asentamiento humano, en 1800 fue decretada oficialmente su fundación.

En un principio fueron 15 familias, entre ellas la de María de Jesús de la Garza y el coronel Jesús Carranza Neira, juarista leal y convencido; Venustiano fue el séptimo de 14 hijos.

Enfatiza Mendoza Bustamante, que en un discurso resaltó que toda persona debe tener a la patria por encima de todos los cariños y todos los amores.

Apunta también: Legitimar y legalizar la Revolución maderista a favor del antireeleccionismo fue desde una primera etapa del largo caminar que le esperaba, una preocupación que inspiró y alentó sus decisiones y sus acciones. Fue el único hombre capaz de poner fin a la guerra interna para construir la paz por medio de un marco legal de avanzada.

Como primer jefe del Ejército Constitucionalista, solía usar una filipina de color marrón o verde oliva que recordaba la vestimenta castrense, pero se negó a portar insignias militares y nunca buscó escalar hacia los altos rangos a los que tenía derecho.

La Soberana Convención de Aguascalientes le ofreció el grado de general de división, que él no utilizó. Parecía tener claro su destino: ser presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

Isidro Fabela lo describe perfectamente:
“Era un hombre corpulento y vigoroso, de labios delgados y cabellera blanca, mirada serena y rostro ecuánime. De semblante inexpresivo y receptivo, aunque enérgico si era necesario, su voz era suave y en tono menor sin modulaciones.”
Su vida pública, tanto en Coahuila, de donde fue gobernador y, ya adelante

en ámbitos nacionales, se cruza con nombres y hombres, pugnas intestinas, insurrecciones que son parte del ayer del país.

La Revolución Mexicana, escribe Marco Antonio Mendoza, que dio inicio en 1910, es una de las tres grandes revoluciones del siglo 20, las otras son la rusa de 1917 y la china de 1927. Junto con la francesa de 1789, han sido de las más estudiadas y debatidas.

La convocatoria para elegir a los diputados del Congreso Constituyente, con sede en Querétaro, ocurrió el 21 de septiembre de 1916; un mes después se celebraron las elecciones, y el 20 de noviembre se encontraban los legisladores electos.

Durante la sesión inaugural del Congreso, que trabajó 48 días, el primero de diciembre de 1916 acudió el ya presidente Venustiano Carranza.

La nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos entró en vigor el primero de mayo de 1917, con su publicación en el Diario Oficial de la Federación.

El 7 de mayo de 1920, asediado por sus enemigos, acudió a la estación Colonia del Ferrocarril donde se encontraba el tren que lo llevaría a Veracruz, en donde buscaría refugio temporal.

Tras inconvenientes para tomar la mejor ruta, fueron por la Sierra de Puebla y ahí estaba Tlaxcalantongo, una pobre aldea, el último lugar donde seguramente ese hombre de Estado de valor excepcional imaginó encontrar su humano destino.

La noche del 20 se encontraban Carranza y sus acompañantes en Tlaxcalantongo, tras días de extenuantes jornadas por parajes agrestes.

Llovía y lo último que escuchó Carranza, arteramente traicionado, fueron disparos de arma de fuego. La leyenda cuenta que sus últimas palabras, dirigidas a uno de sus colaboradores, fueron enigmáticas. “Veo verde, licenciado, veo verde”, tras de lo que exhaló su último aliento.

Mendoza Bustamante, estudioso, fino escritor, logra en su obra que el interés sobre Carranza no se pierda de principio a fin, fin por cierto no menos trágico al de tantos hombres, cientos, miles, de la Revolución.

De Editorial Panorama Historia, la primera edición es de 2017.

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