Es muy raro, rarísimo, encontrar a un bicho que presuma tener interés en la literatura y con la misma pasión reniegue de la música. Prácticamente van de la mano. Lo cierto es que hay especialistas y autores que no hablan de música porque les cohíbe admitir no tienen la más remota idea de nada o porque escuchan música considerada de barrio, demasiado popular, o de plano es un tema que les avergüenza tanto y se les hace tan íntimo, que prefieren guardar silencio.

Paradójicamente, Borges, quien se diría llevó el castellano afuera del ruedo ibérico hasta las alturas más grandes que nadie haya logrado, fue el único en investigar la “cultura gaucha”, un mito del nativo argentino tan engordado que se creyó real, así como las aventuras del Martín Fierro, convertidas casi en la versión primitiva del Mío Cid, combinado con el Príncipe valiente e Indiana Jones, que solo un Borges con pasión, esmero y cuidado característicos del escritor quedó no solo esbozado, sino iluminado.

Pues bien, con esa pasión y entusiasmo, una vez en sus momentos de inspiración, Borges dedicó su creación a la escritura de letras para la milonga, género musical anterior al tango cultivado a fines del siglo XIX, que lejos de constituir una expresión de elegancia, era un género considerado salvaje, vulgar hasta la infamia.

Para las seis cuerdas presenta y retiene al Borges poeta, ultra erudito como siempre, además con una conciencia musical fuera de serie, porque la letra que escribe es para un género semiolvidado que cuando él vuelve a hacer público, todavía en vida, había poquísimos cantautores e intérpretes con el conocimiento para entender la milonga y además ejecutarla con sus rasgos originales.

La anécdota cuenta que cuando Astor Piazzola compuso sus versiones para “Milonga de Jacinto Chiclana”, “Milonga de don Nicanor Paredes”, “El títere”, la reacción de Borges fue de enojo porque no tenía la más remota idea de lo que había puesto en la música; Piazzola ejecutó versiones preciosistas de un género popular, por completo desconectadas de lo que el escritor quería recuperar, un espíritu citadino salvaje, colorido, pero que quería transitar del siglo XIX al XX con esas ingenuidades que se convertirían en los refinamientos del tango.

El propio tango que en la actualidad se considera la música más argentina jamás concebida, en su momento fue rechazada porque privilegiaba una cultura machista, “cinturita”, de proxenetas delicados a quienes las mujeres les rendían pleitesía, además de reivindicar las culturas de las revanchas portuarias, así como la representación de estereotipos muy marcados y contrarios a las buenas costumbres.

Una vez cayeron los detractores, no pasó mucho tiempo antes de que se viera al tango como el género musical con que se podía identificar a la cultura argentina. Pero el esfuerzo de Piazzola no pasó desapercibido. Cuando Borges publicó Para las seis cuerdas, lejos de limitarse a ser un librito sin más interés que un desliz del escritor, fue como si hubiese arrojado un reto al mundo musical, mismo que solo libraron Aníbal Troilo y Edmundo Rivero.

Identificados como los cantautores que sirvieron en cuerpo y alma al mundo del tango, también fueron de los poquísimos en abrir el microcosmos del olvido y cuando tenían fama y aprecio público en el hueco de la mano, exploraron la milonga, así como las variantes que representaron el grueso de la cultura de ese entonces.

Así, en una suerte de confluencia afortunada, existen versiones de las milongas escritas por Borges, interpretadas por Edmundo Rivero, cuyo acierto depende de dos cosas para que el escritor se decidiera por ellas: la identidad musical, que deja ver cómo aflorará el tango, así como la interpretación de la letra, que Borges exigía una ejecución perfecta de música y enunciación. Quien leyera su trabajo tenía que saber de música y con méritos. Piazzola no aprobó.

Pero cuando parecería que tanto el legado de Borges se limita solo a la literatura y el dueto Rivero/Troilo forma parte de la nostalgia, en 2014 se lanzó Milongas borgeanas, una producción bastante lograda de la obra de Borges adaptada a uno de sus géneros predilectos, con la participación de artistas consagrados.

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