Alejandra Guerrero*

–¿Tratas de exhibirme? ¡Parece que solo estás buscando la aprobación de todas las antifeministas, esas que echan para atrás el movimiento! ¡Ahora te estás aliando con ellas!– Me dijo Rebeca, mi amiga, sumamente enfadada cuando compartí, como casi siempre lo hago en mi muro de Facebook, una reflexión. Esa era acerca de lo injusta que fui antes con otras mujeres que decidieron ser madres y sobre cómo algunas personas son incapaces de tolerar nuestra libertad y decisiones, abandonándonos por ello.

Borré la publicación. No era mi intención exhibirla porque aún la quería y no le había contado a nadie acerca de su enojo, justamente para no hacerla quedar mal. Pero sí quería mostrar el sometimiento a prueba constante por parte de “las aliadas” para ver qué tan feminista es una mujer que dice serlo.

Durante esa última conversación con Rebeca, me limité a contener cada una de sus palabras sin ponerme a la defensiva, ya que evidentemente éramos personas hablando idiomas distintos. No estaba dispuesta a perder mi centro y, sobre todo, aunque sabía que podía si así lo deseaba, no iba a lastimarla, aunque algunas de sus palabras me produjeran enojo o me exasperaran.

Me di cuenta de que la idealicé demasiado. Rebeca era una estudiante de doctorado, culta, generosa, una excelente docente, viajera, siempre con el mejor argumento en mano para hacer retroceder a cualquiera; era mi modelo y mi mejor amiga desde hacía tres años. Quizá por ello todos sus malos augurios, al enterarse de que estaba embarazada, tuvieron en mí un efecto avasallador.

Lo que comencé a cuestionarme fue cómo seguí su camino casi a ciegas, creyendo que era el bueno, cuando, resultado de ese camino, siempre la vi deprimida y rígida. O sea, su vida exterior distaba mucho de lo que ocurría en su interior. Yo seguramente terminaría convirtiéndome en una mala copia suya, pues a pesar de que el feminismo me había enseñado cosas maravillosas, también había generado en mí la desconfianza como primer frente al conocer a nuevas personas, una pesada autoexigencia para ser una mujer coherente, liberada y, más tarde, la falsa creencia de superioridad frente a muchas otras personas por ser incapaces de ver y actuar a partir del feminismo.

Como ese desencuentro con Rebeca me había roto el corazón, acudí a Judith, mi antigua terapeuta, una mujer de largo cabello ondulado con unos hermosos ojos verdes, voluptuosa, muy sensual y juguetona, la antítesis de Rebeca en cuanto a pensamiento y forma de vivir. Ella se enfadó ante la reacción de Rebeca y me dijo algo que hasta ahora tengo muy presente: “Todas las decisiones y maneras de vivir tienen sus implicaciones, buenas y malas; ninguna es mejor que otra”. Y pensé en las personas a mi alrededor, principalmente en mis amigas, todas diversas, algunas con descendencia, otras sin ella; algunas con pareja estable, otras con amantes ocasionales, solteras, amas de casa, oficinistas, viajeras, saludables, con malos hábitos, guerreras, espirituales, etcétera; ninguna, absolutamente ninguna tenía una vida perfecta pero tampoco una vida para ser desaprobada. Así, entre las vivencias y decisiones acertadas e incorrectas, en su imperfección, todas tenían una vida única y se las arreglaban para construirse la felicidad. ¿Por qué entonces yo no podría hacerlo?

Me fui quitando la idea de que había renunciado a la forma de vida que Rebeca me proponía y que supuestamente era mejor que la que yo acababa de elegir. La clave, comenzaba a entender, era guardar la armonía entre mis contradicciones y tener una alegría a prueba de balas.

Judith, que solo había visto dos veces a Rebeca, decidió eliminarla de sus contactos; yo no lo supe hasta que esta última me reclamó afirmando que la estaba exhibiendo. Supe por otra de sus amigas que Rebeca decía que yo afirmaba ante otras mujeres que había querido obligarme a abortar. Me di cuenta en primer lugar del gran temor que tenía a que se supiera su reacción y, por otro lado, de su necesidad de conseguir atención y cobijo de otras personas, aunque fuera valiéndose de inventar que yo la estaba calumniando. Así justificaba su depresión, desconfianza y segregación.

A partir de ahí, el silencio absoluto se interpuso entre Rebeca y yo. Quizá si yo era su pilar en esa racha tan dolorosa por la que pasaba (un divorcio, estar en otro país, tener nula certeza de las condiciones en las que viviría al volver, etcétera) su enojo era comprensible al enterarse de que mi vida cambiaría tanto. Por otro lado, al llamarme una persona falta de ética por decidir continuar mi embarazo en condiciones que a ella le parecían inapropiadas, todo entre nosotras se quebró para mí. No estaba dispuesta a tener que justificar ante ella mis decisiones dando argumentos que le parecieran suficientes y válidos como si me encontrara en un coloquio.

Judith, que vivía en otro estado, buscó la manera de acompañarme. Muchas veces me ayudó a centrarme, sin juicios. Me enseñó algunas meditaciones y me recordó que ese era un tiempo para disfrutar. Sin ella, la gestación y el puerperio habrían sido mucho más difíciles.

*Estudió lengua y literatura en la UNAM y es activista por los derechos de las mujeres. Su texto “Parir-me” forma parte de la compilación de relatos autobiográficos Líneas de vida, editada en 2019 por Elementum.

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