El libro de la semana

El tema de la comida étnica es el eje central del libro El pasaporte, la maleta y la barbacoa. La experiencia urbana a través de los saberes y los sabores transnacionales Pachuca-Chicago, de la doctora en antropología Karina Pizarro Hernández, profesora investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSHu) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH). La autora se dio a la tarea de realizar investigaciones documentales para definir el objeto de estudio y precisar la metodología por emplear.
La primera parte del material explica qué es la antropología transnacional y cómo se ocupa de diversos tópicos de la cultura de los pueblos. Aborda categorías tales como Estado y nación, la comunidad transnacional y la etnicidad, los espacios social y laboral, lo cultural, los ámbitos de lo rural y lo urbano, todo ello en relación con la migración. También plantea la relación entre comida y cultura, y cómo deriva de ese vínculo el “mercado de la nostalgia”.
La segunda parte enfatiza el trabajo de campo que la autora realizó, sobre todo en Pachuca y Chicago, y que complementó en otras ciudades mexicanas y estadunidenses.
Pachuca es la ciudad de origen de los migrantes. La doctora Pizarro define las características de la ciudad: un espacio industrial a partir de la minería, con gran captación de inmigrantes extranjeros y la configuración de una cultura en torno a esas características que perfilan una vertiente de profunda identidad en la comida. Desde luego aclara que la ciudad de Pachuca es, por su conformación de inmigrantes, una ciudad transnacional.
En el otro punto, el del destino, está Chicago, la Ciudad de los Vientos, una de las ciudades más distantes de la frontera mexicana con Estados Unidos. Durante mucho tiempo en aquella urbe se buscaba que los trabajadores hidalguenses, especialmente los pachuqueños, llegaran a laborar en fábricas y talleres, pues valoraban su experiencia como obreros y capacitación laboral. El éxodo a aquella ciudad fue tal, de hidalguenses y mexicanos de otras latitudes que aspiraban a alcanzar el “sueño americano”, que pronto en Chicago fueron conformándose espacios habitacionales con características de barrios, mercados, restaurantes, modas y costumbres muy apegados a la norma y el gusto mexicanos.
Esas condiciones fructificaron los negocios de comida mexicana, sobre todo emprendidos por las primeras generaciones de migrantes, que en la maleta se llevaron los sabores y sazones de su tierra de origen. La demanda y el consumo propiciaron un mercado que alcanzó a abastecer una amplia variedad de productos mexicanos, tanto industrializados como naturales, para preparar alimentos de variadas naturalezas: ropa, calzado, figuras religiosas y objetos decorativos, entre otros, todos ellos referidos al gusto y la tradición de esta tierra.
Algo que destaca la investigadora es el fortalecimiento de la tradición de cocinar conforme lo dicta la tradición. Ejemplifica esto el caso de la señora Hilda, que elabora tamales a mano y no con batidora, como aún se hace en México.
La doctora Pizarro anota en su libro una importante conclusión: “a través de las prácticas culturales transnacionales, Chicago poco a poco se ha ido apropiando de ciertos platillos regionales mexicanos hasta hacerlos propios. Ha hecho suya la barbacoa, los tamales, los refrescos Jarritos, las tortillas, las chalupas. La Ciudad de los Vientos y la Bella Airosa están vinculadas a través de un sistema de conexiones que contribuyen a la globalización por medio de las prácticas gastronómicas transnacionales”.
La lectura del libro El pasaporte, la maleta y la barbacoa. La experiencia urbana a través de los saberes y los sabores transnacionales Pachuca-Chicago es por demás importante para entender el fenómeno de la migración mexicana a Estados Unidos y la presencia de la comida étnica como un eje de fortaleza e identidad.
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