Caminar con ligereza y dejar que las calles nos vayan guiando por esas zonas que están al girar la esquina. Un paseo sin un objetivo concreto, simplemente por el gusto de estar y de ver.

Cuando pensamos en estos temas, inevitablemente nos viene a la cabeza Walter Benjamin. El flanêur, palabra que en francés significa paseante, procede del verbo normando flâner que, a su vez, viene del escandinavo flana que se refiere a la acción de correr de allá para acá sin dirección determinada. En francés se relaciona más con una forma de pasar el tiempo, lentamente y sin rumbo, en la ciudad mientras se piensa y se imagina. El paseante de Benjamin transitaba por París del siglo XIX, un hombre –burgués– aburrido que se perdía en las multitudes de las calles para pensar. El filósofo retrató a este paseante y a su vez se convirtió en el gran paseante que recorrió las aceras estrechas, entre el tráfico molesto y las actividades comerciales de los pasajes techados que congregaban a la gente.

Los pasajes de ese París del siglo XIX se traducen en nuestros días en los centros comerciales, espacios techados que congregan gente, donde las horas transcurren entre escaparates.

En 1936 el periodista Jules Janin declaró la muerte del flâneur, y no porque los paseantes dejaran de caminar, sino porque la ciudad se estaba convirtiendo en el modelo norteamericano que hacía del tiempo dinero, la ciudad se tornaba más un obstáculo para poder estar haciendo dinero, caminarla era impensable, porque siempre se estaba llegando tarde a lo importante. No solo eso, comenzaron estas condiciones complicadas en donde los vehículos tenían la preferencia de paso. El paseante comenzó a estorbar a esa velocidad, peor aún, era ese ser que no puede moverse con la velocidad del progreso, o es ese ser pobre que no puede acceder al progreso, a la riqueza del coche, ni siquiera al transporte público. El paseante es un estorbo, un recuerdo del pasado, una figura literaria romántica, un término que si lo pronunciamos en francés, te hace lucir inteligente. Nada más.

En Pachuca mantenemos los mismos problemas: las aceras estrechas y el tráfico cruel. Ser un paseante en esta ciudad es complicado, los coches circulan con más rapidez, se siguen construyendo vías rápidas, más y más rápidas, puentes más y más grandes, distribuidores viales monumentales, para recordarnos que la figura del paseante solo puede existir en los centros comerciales o en los pequeños pueblos cercanos que tienen la consigna de ser turísticos. Se invierte más en obras para coches que en banquetas, muchas zonas, excluyen de plano al paseante, ni siquiera existe la posibilidad de una banqueta. Se amplían las calles para que los coches circulen y se puedan estacionar, no para que el peatón pueda andar con tranquilidad.

Al momento de negar la posibilidad de un paseo, se está negando también la posibilidad de construir y reconstruir una ciudad en tanto a su paisaje, si el paseante recorre la ciudad, puede recorrer también sus pensamientos. Caminar y perderse en una ciudad es entregar el espacio público como una posibilidad de ser social. El paseante que se pierde en una ciudad es un ser libre y crítico, escapa al control del consumo impuesto en los centros comerciales, es el ser que resiste, la persona capaz de mostrar que hay otras formas de mostrarse ante la velocidad del time is money, el paseante debe de incomodarse con todo lo que nos imponen como única posibilidad: la compra, el encierro, el artificio comercial. El paseante ensaya sobre sí mismo cuando camina, y ensayar es pensar y asumirse distinto, es un ser crítico que busca romper espacios establecidos y cómodos. No podemos permitirnos que la ciudad se pierda y que las vías rápidas solo nos conduzcan a más centros comerciales, a escaparates, a celulares modernos, al cine en 3D, a la moda barata que se rompe antes de la siguiente temporada, a la comida rápida…

¿Qué tanto se extraña a la ciudad durante la pandemia? Con el Covid, se pone de manifiesto también esto: el espacio abierto es más seguro, la calle, el aire. Caminar también es salud.

Caminar la ciudad debe ser la herramienta contra la violencia y el miedo, es una forma de exigir las condiciones de seguridad, una sociedad que solo ofrece seguridad en el centro comercial, ha fallado. La ciudad, a cualquier hora, debe de ser nuestro espacio público, no un sitio hostil al que debemos cerrarle la puerta.

Si permitimos que Pachuca solo pueda recorrerse cómodamente en coche, hemos perdido mucho más de lo que creemos haber ganado al poder llegar cinco minutos antes al trabajo.

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