VÍCTOR VALERA
Pachuca

Bullicioso y escondido de las miradas indiscretas, peligroso, provocativo, el Taquito Feliz avanza cada noche y madrugada de Pachuca hacia ese estado de ánimo en que la lujuria acicateada por el alcohol da paso a las historias y confidencias.
El sonido lejano de una cumbia, quizá un corrido, banda o el Príncipe de la canción José José, sale del cuarto que está ubicado en un segundo piso, a un costado del bulevar Colosio.
Un guardia observa al futuro cliente, buenas noches, pásele, bienvenido. Escaleras. Luz amarilla y la melodía que antes era una insinuación de palabras y sentimientos, gana forma y fuerza y escupe en la cara del visitante un olor a baño público, sudor y caricias por una cuba o una cerveza.
La pequeña pista de baile entre mesas y una rocola. Una mujer con vestido rojo, largas piernas y cabello negro y largo baila con un hombre gordo que la abraza. Después las manos debajo de la cintura donde permanecen el resto de la canción. Besos. Palabras que son susurros. Risas.
Otras mujeres, pantalones de mezclilla ajustados, tacones, maquilladas, observan al recién llegado y se alisan el cabello con una mirada que es una insinuación o una invitación a iniciar la plática.
La barra del bar está al fondo: vasos y botellas que una persona despacha según las ordenes de la mesera. Y a un costado los baños.
Fui varias veces, atraído por su fama de malacopas y parrandas. La vida nocturna de la capital, para aquel sector de la sociedad marcada por las vicisitudes de albañiles, cargadores de la central de abasto y estudiantes pobres de escuelas públicas, el Taquito Feliz ha sido y será el punto de encuentro para bailar la “Huaracha sabrosona”.
Aunque también está el Jirafas o el Burbujas, donde la cerveza es barata y es posible conseguir compañía por unos cuantos pesos. Pero esta es la historia del Taquito Feliz y de ella.

Taquito Feliz
Ella no tiene nombre y nunca dijo si acostumbra trabajar cada noche en ese bar o en otro lugar, si tenía familia.
Su cuerpo llenito gana altura con unas zapatillas negras, una minifalda de cuero deja al descubierto sus muslos gordos apretados por unas medias que parecen una red para atrapar a los clientes entre sus piernas.
El escote deja ver gran parte de su pecho abundante y sus labios rojos, pestañas enchinadas y párpados pintados, labios rojo fuerte, mejillas cubiertas de maquillaje son la presentación de su trabajo nocturno.
Ahora está sentada con unos hombres entrados en años que parecen trabajadores de gobierno, la abrazan, recorren su cuerpo, ella se sienta en sus piernas, ríe, exige otra cerveza para continuar el diálogo de ¿a qué te dedicas?, ¿cuántos años tienes?, ¿qué te divierte en la vida?

Taquito Feliz
Después platica con sus compañeras que siguen a la espera de más clientes, va a otra mesa, negocia, luego de varios minutos no consigue lo que quiere y pasa a otra y otra más hasta que se cansa.
Los viernes un pequeño grupo musical cobra 30 pesos por canción y toca hasta ya entrada la madrugada del día siguiente.
Escuchaba la letra de los Ángeles Azules, solo, más aburrido que excitado, porque no traía dinero para invitar a alguna de las chicas que soportaban el sueño de la madrugada, algunas dormían con la cabeza apoyada en la pared, sentadas frente a mí.
Entonces fui al angosto baño con lavabo y espejo. Vi mi reflejo, olía a orines. Cerré la puerta de plástico con un pequeño pasador y cuando estaba por terminar, el estrépito de unos golpes contra la puerta me asustaron.
Apenas pude subirme los pantalones cuando la puerta se abrió y la vi a ella, que me miraba con una rabia que no era de este mundo. Traté de sonreír, decir alguna frase, pero no dije nada.
Ya mencioné que el baño era estrecho y al salir quedé frente a ella que seguía mirándome desde una ira y una violencia que me eran ajenas. Su enorme pecho frente a mi cara. Su aliento a ¿cerveza? o ¿cigarro?
Nunca supe su nombre, si tenía familia, si estaba enojada con la vida que le había tocado. Recuerdo que me asusté y salí corriendo. “Vámonos a la chingada”, pensé. Tomé un taxi, afortunadamente aún tenía un billete de 50 pesos, y ya no he regresado al Taquito Feliz.

Taquito Feliz

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Víctor Valera
Egresado de la UAEH, reportero en Hidalgo desde 2007. Cuando inició a reportear en diarios locales, cubrió organizaciones campesinas y protestas sociales. Actualmente cubre la fuente política y Congreso local. [email protected]