Paseos de la Plata, para quien no lo conoce, es un enorme fraccionamiento de casas de interés social al sur de Pachuca y sus habitantes, en su mayoría creyentes de que viven en un parque residencial, segregan a cualquiera que no vaya con esa percepción del lugar.

No es nuevo para nadie que han tenido problemas legales hasta con las empresas contratadas para brindar seguridad, desde hacer mafia con las cuotas hasta favorecer negocios del delegado. Y a eso le sumamos que hace unos cuantos años se negaron a que el transporte público entrara al fraccionamiento bajo el argumento de que eso traería inseguridad, dejando así a quienes no cuentan con automóvil a la deriva dentro de un espacio que desde la entrada no parece tener fin, pero claro, muchos ahí parecen creer que pertenecen a la high.

Lo más atroz es que todas esas actitudes normalizadas y aceptadas por una gran mayoría de vecinos ahora pone en riesgo la vida de los perros, que al estar en situación de calle son propensos a cualquier tipo de abuso bajo señalamientos básicos como que contaminan, dan mala imagen o son agresivos. Am, ¿perdón?, ¿quién los hizo dueños del mundo?, ¿ya olvidaron que no cuidan ni siquiera los residuos que generan, y que además todas sus propuestas para deshacerse de los perros son extremadamente violentas? La forma en la que se ven a sí mismos es como si fuesen los redentores que velan por el bien y “las buenas costumbres”, ¿dónde hemos escuchado esto? ¡Exacto! En muchos discursos de odio que buscaban meter en un solo paquete lo que alguien entiende por “bueno” sin respetar la diversidad.

Y todo esto tiene evidencia, basta ver el grupo de vecinos que tienen en Facebook para despotricar sobre todo y todos. Denuncian cafeterías, denuncian a otros vecinos –sobre todo aquellos que sean centroamericanos, a esos los odian más y los culpan de todos los robos de la zona–, acuerdan métodos para deshacerse de los perros en situación de calle, pero a la vez buscan “novias” para sus perros de raza con la promesa de irse a mitades en la venta de cachorros, y a últimas fechas, también usan el grupo para compartir datos de protectores animales o de las personas que alimentan a los animales, quienes han sido sometidos a todo tipo de acoso y hasta amenazas de muerte.

Lamentablemente esa normalización de la violencia se ha llevado la vida de varios perros, entre ellos los afectados por el envenenamiento masivo que ocurrió la mañana del 18 de mayo, a quienes protectores animales intentaron salvar. ¿Acaso no se dan cuenta del riesgo latente en el que viven bajo el juicio de violencia “justificada”? Hoy fueron los perros, mañana cualquiera que no les caiga bien, quien no siga sus normas o quien se “salga del huacal”.

En Hidalgo el maltrato animal está tipificado, pero al no considerarse un delito de alto impacto, durante la contingencia el abuso de poder se llevará la vida de quien les plazca, para que dos o tres vecinos duerman tranquilos mientras piensan que provocar una muerte dolorosa es hacer el bien.

Y no solo hablemos de los vecinos, sino la complicidad que tiene el municipio de Pachuca en esto, que siempre cumple la parte de su reglamento de bienestar animal que más le gusta, pero deja para luego las tareas que no quieren hacer, pues han sido capaces de entrar a recolectar perros para su sacrificio casi inmediato, pero no se paran ante ninguna denuncia de maltrato animal.

Pachuca presume mucho su reglamento, pero se los dijimos antes de su publicación oficial y se los repetimos ahora: ¡Eso no es un reglamento de bienestar animal! El concepto de bienestar animal les quedó muy grande. Ese reglamento no es más que un documento que refuerza una visión antropocentrista que no respeta los derechos animales, sino que justifica la superioridad humana.

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