Entre los pecados más dolorosos de que tenga conocimiento el público aficionado al cómic, la historieta y otros, se encuentra Charlie Brown. La gigantesca diferencia entre Charlie Brown y sus tiras cómicas, incluso los debates filosóficos que a veces ocurrían en la mente de Snoopy, podían ser demenciales, de una originalidad sin precedentes. La animación nunca hizo justicia a la calidad de las primeras tiras ni el tono libérrimo, fuera de serie, propio del Peanuts impreso.

No obstante, la celebridad corrió por cuenta de la versión animada, como si las tiras cómicas hubiesen sido material de referencia, cuando en la práctica el universo entero de los personajes procedía de ahí, con más inconsistencias que un humor “blanco”. El niño que en un piano de juguete había descubierto la posibilidad de interpretar a Beethoven, la niña obsesiva compulsiva que controlaba todo y su hermano, aferrado permanentemente a su objeto transicional.

El niño depresivo, quien desde una actitud patológica veía su mundo en blanco y negro, sin el matiz más elemental. Pese a ello, su mascota, un perro callejero quien recibió albergue, en su casita de madera montó un bar con mesa de billar, un Van Gogh original, y durante ciertas temporadas escribía en su máquina Underwood los bocetos de novelas que mandaba a sus editores.

Peanuts estaba plagada de mala leche y hacía de lado cualquier asomo de buena esperanza dirigida hacia niños y adolescentes. Es más, hacía un llamado de atención sin precedentes que brincaba cualquier asomo de Piaget, Vigotsky o autor procedente de pedagogía y paidopsicología: el niño ya es el adulto que algún día tendrá forma y características definitivas, tan solo hay que fijarse en su personalidad infantil.

Desde siempre, Schulz tuvo el toque de acercarse a los niños como si ya fueran seres pensantes con características y manías propias, sin asomo de pertenencia ni cercanía con adultos. En lugar de casi todas las caricaturas en que mostraban niños a punto de cometer una travesura, o necesidad del apoyo de adultos, en la mirada de Schulz siempre fueron seres semiindependientes que coincidían en el mismo techo de los padres, sin tener bien claro por qué.

Hoy hablan de los aciertos de esa primera etapa de Schulz, aunque su producción tardía ya estaba plagada de lugares comunes e inconsistencias que no le hacían justicia a la leyenda que alguna vez fue. Pero cuando han de formarse por asociación, siempre tienen que reunirse en la mejor circunstancia.

En el apogeo de su carrera, Schulz recibió el interés de dos productores de televisión, Lee Mendelson y Bill Meléndez, quienes decidieron hacer un documental acerca del prolífico creador, en su momento tan creativo y popular como Quino con Mafalda, pero ya con el material conformado acudieron a un jazzista que solía ser marginado de los circuitos de jazz por las libertades con que improvisaba, además de tomarse licencias que nadie se daba. Vince Guaraldi.

El documental fue realizado pero no cuajó del todo; no obstante, Meléndez tenía encima el espectro de la profesión por la que sería conocido el resto de su vida: la animación. Entonces, en conjunto con Mendelson y Guaraldi, decidieron producir el primer especial de Navidad animado de Peanuts, que sirvió para catapultar a Schulz con sus personajes y el resto se volvió parte de la historia de la televisión animada.

Después, en las manos de Meléndez quedó la primera adaptación animada del Grinch, así como El armario, la bruja y el león, de las Crónicas de Narnia, pero su éxito siempre fue Charlie Brown. La huella digital auditiva de Charlie Brown fue Vince Guaraldi, cuyo trío materialmente saltó del jazz marginal a formas de creación por completo nuevas y que todavía hoy rompieron la barrera del pop para instalarse como una variante de jazz, siempre en el fondo de las animaciones.

Gracias a la decisión de Meléndez y Mendelson de brincarse los estilos de animación que eran la norma de ese entonces, hoy existe la permanente invitación a recurrir a interpretaciones que la norma y la costumbre no han soñado siquiera.

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