Un punto neurálgico; calle que destina seis cuadras de su cuerpo al tránsito exclusivo del peatón que se pasea diariamente para alimentar su sueño, o consumarlo en el corredor de vitrinas que incitan al consumo.

La peatonal Junín cuenta con una superficie de adoquín a cuadros pequeños en mosaico colocados decorativamente en colores que oscilan entre el gris y blanco; rojo quemado y marrón. A manera de camellón reposan algunas palmeras enanas al centro sobre pequeñas jardineras y bancas largas de madera maciza.

En las esquinas, en los rincones, en el medio, o en cualquier espacio idóneo, se alista el comercio ambulante que ofrece “chipacitas” (bolitas de harina con queso), “churros”, “panchos” (hot-dog simple, más largo, sin rajas de chile, ni jitomate, solo los aderezos y papas fritas finas encima); estrenos cinematográficos en versión pirata, joyería en fantasía, herbolaria, artesanía hippie y protectores de vinil generalmente usados por los argentinos para colocar su DNI (Documento Nacional de Identidad).

Sería interesante (por no decir ocioso) contabilizar la cantidad de pisadas al día, que los citadinos propinan a diario en la peatonal. En hora pico; la mañana y la tarde-noche, el mencionado corredor se mantiene a su máxima capacidad. En ese horario, poco sirven los semáforos que en cada esquina regulan el paso alternado en sus intersecciones.

Hace unos días, con Lea acordamos dar una vuelta por Junín. Lea gusta de mirar las vidrieras (vitrinas), como buena chica tiquismiquis que da un vistazo a los productos de la temporada otoño-invierno 2011 (temporada contraria a nuestro hemisferio norte). Con ella pude conocer los adentros de las miniplazas comerciales en Junín y sus alrededores: “La casa de las camperas” (chamarras), una veterinaria donde los cachorros (caniche, dice Lea) french poodle se movían con enternecedora gracia como haciéndose publicidad propia.

En una tienda de artículos de la cultura China se encuentra resguardando la entrada al popular Pomberito, extraño, porque ese personaje no tiene nada que ver con los orientales. Es un duendecillo de leyenda local guaraní que se comparte en la región del Paraguay, Brasil y nordeste Argentino. Puede ser amigo o enemigo del ser humano según su conducta; cuando se ha hecho una especie de contrato con él, pidiéndole algún favor, habrá que ofrendarle tabaco, miel o caña; si por alguna razón el interesado se olvida de esa ofrenda diaria, el Pomberito se encargará de hacerle maldades por el incumplimiento. Según cuentan, no ha sido para algunos una simple leyenda. Los diarios locales han publicado casos inexplicables donde se le ha visto, incluyendo testimoniales de víctimas.

Detrás del Pomberito hay una escalera con cortinas misteriosas que conducen a una sex shop, con el aviso de solicitar compañía para ingresar.

Tomamos un helado en la esquina con Catamarca. Ella eligió un granulado muy sabroso y yo un decepcionante barquillo que contenía aire. Una espuma empalagosa caliente y desagradable. Me dejé llevar por la pantalla. No obstante, la plática fue linda. Lea viboreó a un chico amanerado que atendía también en la heladería ¡yo juraba que era una señora…!En una esquina llamó nuestra atención la pintoresca escena de una chica chipacera (vendedora de chipacitas) perfectamente aclimatada con una laptop posicionada en una base de su puesto móvil, cómodamente chateando y checando el Facebook (feisbuc).

Continuamos hasta el final, en la última cuadra hacia la calle Salta, un grupo animado de jóvenes fanáticos, y por lo visto extasiados por el baile y la verbena, hacían proselitismo en favor de la reelección de Cristina Fernández al frete del gobierno nacional para 2011. Gritaban por el peronismo y ensalzaban heroicamente la figura del fallecido Nestor Kirchner.

Toda una experiencia, andar por la peatonal Junín. Cabría mencionar que esa singularidad no es exclusiva de Corrientes. No sé si en todas, pero por lo menos en la ciudades argentinas que he tenido el placer de visitar poseen una estructura similar en cuanto a la configuración de su centro urbano:

Aceras construidas con adoquín a cuadros de formas varias y colores afines; una peatonal comercial; calles que llevan el nombre de las provincias y próceres de la historia Argentina escritos en placas frecuentemente azul marino con letras blancas y similar tipografía; ni hablar de las metrópolis que gozan de un río homenajeado con una costanera o malecón. Además, en las ciudades capitales no ha faltado la casa de gobierno provincial que en uniformidad con la Casa Rosada, en Buenos Aires, se erigen en la misma tonalidad.

@AlejandroGasa
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