Sir Alex Ferguson contaba que, cuando el panorama de un partido se veía en escala de grises, durante el descanso daba instrucciones precisas y realistas a sus pupilos. Si se va perdiendo un partido por goleada, ni pensar en remontar: enfocarse en no recibir más goles y, si se tiene suerte, buscar el tanto de la honra. Una vez allí, se buscaría un segundo gol, y luego un tercero. Una cosa a la vez.

En el universo del deporte, el vestidor es uno de los lugares más enigmáticos que existen. Es ahí donde se ganan o se pierden los partidos. La guarida impenetrable en donde entrenador y jugadores entran en sintonía con las exigencias de su entorno. Se encomiendan al Dios de su preferencia, juntan manos y dejan que la sinergia recorra cada centímetro de sus cuerpos. “¡Uno, dos, tres! ¡¡Pachuca, Pachuca, ra-ra-ra!!”

Todo lo anterior para describir cuestiones que simplemente no ocurrieron en el que sería el último partido de Pako Ayestarán al frente del Club Pachuca. En el que quizá haya sido el peor partido de los Tuzos al mando del entrenador español, se decidió que dar el golpe de autoridad en el Coloso de Santa Úrsula era una misión suicida. Y así lo entendió el ahora extécnico: se lanzó desde un precipicio en uno de los actos de mayor cobardía deportiva visto en la institución blanquiazul en los últimos años.

El que fuera asistente de Rafael Benítez fue víctima de su temperamento timorato e implacable obstinación. La humillación de los Tuzos ante Monterrey en la primera jornada no fue un aviso: fue un ultimátum. Pese a una goleada circunstancial a Querétaro en el Huracán –producto de la volatilidad característica de la Liga Mx–, el discurso táctico ante América exhibió varios de los vicios de la era Ayestarán: no alinear jugadores que no solicitó, realizar rotaciones arbitrarias y jugar a no perder. El 11 inicial frente a las Águilas fue su carta de renuncia.

Ante la encrucijada poco usual en Pachuca de despedir entrenadores a media temporada –o a un cuarto de esta–, la directiva se decantó por Martín Palermo para enderezar el rumbo. Tratándose de una escuadra que se reforzó hasta los colmillos, el argentino deberá enmendar los errores puntuales de su antecesor. La afición pachuqueña no soportará una quinta proyección de la misma película. La liguilla no es opcional.

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