Peña Nieto: la trágica herencia

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ravelo

A pocos meses de que concluya la pesadilla sexenal de Enrique Peña Nieto, resulta catastrófico imaginar la herencia que dejará a su sucesor. Ni la mente más afiebrada de un novelista de ficción podría imaginar, a golpe de fantasía, el infierno que recibirían como país Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya o José Antonio Meade.
Una galopante corrupción prohijada desde Los Pinos por su inquilino; una delincuencia organizada desatada por doquier, imparable por autoridad alguna que se proponga como objetivo detenerla; una violencia cada vez más exacerbada que carcome todo. El escenario mexicano se torna todavía más negro si a todo lo anterior le sumamos otros infiernos: el desempleo, la crisis económica, sin salida en este sexenio de pena.
Peña Nieto pasará a la historia como uno de los peores mandatarios mexicanos. Se suma a la lista negra y despreciable de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari. Tan mal están las cosas que dentro y fuera de México hay quienes piensan que Vicente Fox y Felipe Calderón fueron mejores como presidentes. Terrible imaginarlo.
El de Enrique Peña es un gobierno que no permite ver un futuro promisorio. Cuando se eleva la mirada tratando de divisar un pedazo de mejor porvenir para México, la visión se nubla a pocos metros de distancia. Una espesa neblina, cargada de malos presagios, se adelanta y cubre el camino con nubarrones de duda y hasta de miedo. El camino es muy accidentado.
Este es un gobierno que no permite abrigar ni un trozo de esperanza. Es el sexenio perdido, el sexenio de la corrupción y del crimen organizado que todo lo ha tocado en el país. Municipios completos son gobernados por la mafia y hasta ahora nada se ha podido hacer para evitarlo, por el contrario, el narco gana cada vez más adeptos.
Ningún gobernador cumple con su tarea de frenar la violencia y tampoco nadie se los exige. Parece que existe una gran complicidad de no hacer nada por evitar más tragedias y sumarle más cargas a la trágica herencia del gobierno.
Los mandatarios utilizan el presupuesto a su antojo, como si fuera dinero propio, lo gastan en las campañas de familiares, hijos o hijastros, como lo demuestran los casos de Veracruz y Morelos, donde los gobernadores Miguel Ángel Yunes Linares y Graco Ramírez –dos especies terribles del poder– impusieron a sus hijos como candidatos a sucederlos en el gobierno.
En el caso de Veracruz, el hijo del gobernador, se asegura, lleva la ventaja sobre sus contrincantes del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del Movimiento Regeneración Nacional (Morena). No ocurre lo mismo en Morelos, donde Rodrigo Gayosso, candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), no se levanta del último lugar. El gobierno de Graco Ramírez es un fuerte lastre que lo hunde. En esa entidad Cuauhtémoc Blanco camina seguro y es muy probable que si gana las elecciones, Graco pueda ir a la cárcel. Sería un gran logro para la sociedad si eso ocurre.
Hace algunos días, el candidato de Morena a la presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador, dijo, convencido: “Cómo no va haber violencia en el país, si llevamos 30 años sin crecimiento”. Y tiene razón.
El último sexenio que más o menos impulsó al país fue el de 1988-1994, encabezado por Carlos Salinas de Gortari, no obstante que también se convirtió en una pesadilla para México. En ese periodo gubernamental ocurrieron los más atroces magnicidios: el del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, atribuido al narcotráfico; el de Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del PRI, atribuido a un asesino solitario, Mario Aburto, aunque el narcotráfico, se asegura, jugó un rol clave; y el crimen de José Francisco Ruiz Massieu fue un ajuste de cuentas entre familiares. Los Salinas no salieron libres de sospechas de los dos últimos crímenes que sacudieron al país y hasta la fecha cargan con ese estigma.
Fue con Carlos Salinas que Chiapas vio surgir la guerrilla combatiente, encabezada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, lo cual puso en duda lo que Salinas pregonaba: que México avanzaba hacia el primer mundo, cuando en realidad retrocedía y se hundía en un abismo de corrupción y miseria. México en realidad estaba maquillado con mentiras y pronto se descorrió el velo.
Algo así ocurre ahora. Peña Nieto ha insistido en que las llamadas reformas estructurales darán fruto en el futuro inmediato, pero en realidad pocos, muy pocos, ven con optimismo ese futuro prometedor que observa el presidente. De ahí que no se le crea. Su palabra suena hueca, falsa.
El flagelo de la violencia cubre de negro el horizonte y mucha gente, que sostiene la esperanza con alfileres, lo que desea fervientemente es que el gobierno de Peña termine y se abra paso a otra experiencia sexenal que pinte nuevos caminos para el crecimiento.
Todos los indicadores apuntan a que el próximo presidente será Andrés Manuel López Obrador. Nadie parece tener ya la posibilidad y mucho menos la capacidad de alcanzarlo. Son casi 15 puntos de ventaja sobre el segundo lugar, Ricardo Anaya, quien representa los intereses del panismo más recalcitrante. Nadie quiere ya en el poder a los Diego Fernández de Cevallos, el pernicioso y dañino hombre del PAN, por citar solo a uno de los más despreciables.
En México se necesita que soplen otros vientos. La gente requiere trabajo, el país necesita inversiones. Y para que el territorio se pacifique, la sociedad requiere ingresos, acceso a una vida digna y no que se le quite hasta lo que no tiene.
El país también necesita paz, los tiempos del equilibrio social, del impulso industrial, del empleo productivo, de la inversión confiable que detona progreso. Cuando México tenía estabilidad, sus niveles de violencia e inseguridad no llegaban a desestabilizar tanto como ahora ocurre. Hasta da la impresión de que en México no hay gobierno.
Es por ello que la gente se ha volcado por el cambio y ese cambio, se asegura, lo representa López Obrador, porque es quien mejor ha entendido las necesidades del país y las ha sabido transmitir, generando confianza en la gente. Como en 1988, la sociedad vuelve a creer en un cambio.
En 1988, ese cambio tan urgente –de ahí que López Obrador sostenga que desde hace 30 años no hay crecimiento en México y es claro por qué– fue arrebatado al pueblo por un fraude electoral orquestado por Carlos Salinas. Pero también hay que decir que a Cuauhtémoc Cárdenas y a Porfirio Muñoz Ledo, artífices de aquella esperanza social, bajaron los brazos y no supieron o no quisieron defender el voto de la gente.
A López Obrador le han arrebatado el triunfo en dos ocasiones: en 2006 y 2012, justamente en los gobiernos del PAN. Dice López Obrador que la tercera es la vencida y esa tercera oportunidad es el primero de julio próximo. La gente espera que Morena y su candidato tengan el suficiente valor y los instrumentos necesarios para defender el voto y así evitar lo que todo el mundo da como un hecho: que habrá un megafraude electoral. Nadie lo descarta, porque el PRI no sabe ganar de otra manera, pero sí se debe hacer algo por impedirlo.
De llegar a la presidencia, para López Obrador no será nada fácil cargar con la herencia de Peña. No le alcanzarán seis años para poner orden ante tanto desastre. Pero al menos sí se pondrán las bases de un cambio y se abrirán los espacios para construir un nuevo país.
Para ello, hay que volver a creer, aunque cueste.

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