Cómo quiere que lo recuerden?, preguntó Denise Maerker al presidente Enrique Peña Nieto, cuya respuesta se diluyó en la elemental referencia del servicio a la patria.

Y, respecto a las versiones que lo asumen replegado en sus funciones, vaya que ha dejado el escenario a Andrés Manuel López Obrador; aun antes de que este fuera declarado presidente electo, Peña Nieto negó esa situación y sostuvo que sigue en cumplimiento de sus obligaciones junto con su equipo.

No podía ser diferente la respuesta a una pregunta que Denise le hizo en esa entrevista en el Canal de las Estrellas. En fin.

Lo cierto es que el aún presidente de la República está evidentemente disminuido, opacado por la agenda, voluntarista y salpicada de puntadas simplistas de Andrés Manuel López Obrador, cuya imagen es la del salvador del país, poseedor de la verdad y hacedor de milagros, que se ha tomado muy en serio ese papel y sus declaraciones, a cuenta gotas, es como la homilía cotidiana frente a la muchedumbre en la que la variada asistencia de reporteros y sedicentes periodistas, aplaude y aplaude.

¿Dónde el carismático y popular hijo predilecto de Atlacomulco en estos días en que se avituallan las exequias de su administración frente al gobierno federal?

El lugar común lo instalaría, empero y con toda certidumbre, como el solitario de Los Pinos, antes referido como el de Palacio Nacional.

Enrique Peña Nieto, como sus antecesores, ocupó eventualmente la oficina en el viejo edificio del Zócalo capitalino, para las elementales ceremonias diplomáticas y dar el grito de Independencia o encabezar esos actos de dizque esencia republicana, como ocurrirá el próximo lunes 3 de septiembre cuando rinda, frente a un reducido número de invitados especiales, su sexto y último Informe de Gobierno.

Y he aquí la ausencia de esa política de comunicación de suyo elemental en el ejercicio del poder público para informar, transmitir, poner al día a los ciudadanos de la tarea gubernamental, no esa mecánica de promover la imagen presidencial y de los integrantes del gabinete.

Porque, qué diablos nos importa que el secretario de, por ejemplo, Energía asista a una reunión en Europa, cuando los consumidores de energía eléctrica no entienden por qué el incremento en las tarifas; o que tardíamente se explique, si es que eso es explicar, la razón por la que las gasolinas galopan en carestía y los que mi amigo Paco Rodríguez llama textoservidores apoyan y descalifican a quienes demandan fin a los gasolinazos.

¿Cómo quiere Enrique Peña Nieto que lo recuerden los mexicanos? No será como un buen gobernante. Él y sus compañeros de partido, como la hoy lideresa del tricolor Claudia Ruiz Massieu, asumirán esa expiación de culpas y, acto de contrición en vivo y a todo color, dirán que López Obrador les robó las ideas.

Pero no. El equipo de Morena, con esa larga campaña de López Obrador, aprovechó simplemente los espacios abandonados por los altos funcionarios priistas, por esos personajes que, aparentemente apesadumbrados y evidentemente disminuidos, llegan al Congreso de la Unión en busca de la senda perdida, esa que hace 18 años perdieron cuando Ernesto Zedillo los abandonó, como hoy el equipo de Enrique Peña Nieto hizo lo necesario por ofender a los ciudadanos que en las ventanillas de atención al público se mofaron de la necesidad ajena y operaron en la corrupción y la impunidad.

¿Cómo quiere Enrique Peña Nieto que lo recuerden los mexicanos? Definitivamente no será como el presidente que cumplió su palabra de no incorporar a sus amigos al gobierno, porque no solo prohijó esa práctica nepotista y de tráfico de influencias, no, evitó aplicar la ley contra esos bandidos que desde los gobiernos estatales amasaron fortunas insultantes y cometieron atropellos desde el poder.

¿Dónde anda Ángel Heladio Aguirre Rivero, el exgobernador de Guerrero que hizo mutis cuando la desaparición de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa? Enrique Peña Nieto admitió que este, y cómo no, asunto responsabilidad del crimen organizado, marcó a su gobierno junto con aquel asunto de la Casa Blanca, y evitó referir que su amigo personal, Ángel Heladio, era el gobernador de ese trágico estado de la República, cuando estalló el escándalo en el que, fíjese usted, de alguna forma involucraba al mismo Andrés Manuel López Obrador.

Sus comunicadores de cabecera, esos que se convirtieron en el máximo Catón sexenal, Torquemadas de la comunicación, optaron por privilegiar una vieja relación con los prohombres de la prensa mexicana y repartieron la tajada del león, antes de emprender una política de comunicación, ausencia que alcanzó al equipo de prensa del candidato José Antonio Meade, como grupo ñoño y soñador del Edén.

¿Cómo es que el partido del presidente se desgajó y tuvo una nueva diáspora que lo ha dejado a la intemperie y no hay nadie, nadie, que lo defienda, que alce la voz?

Todos, todos, señoras y señores, todos esos amigos y personajes de las primeras planas de los diarios, de las páginas de las revistas del corazón que los han retratado en las vacaciones en yate, en playas de ensueño, en aviones privados, como magnates y gente del jet set, más no funcionarios públicos, han abandonado a Enrique Peña Nieto.

Lamentable la imagen presidencial en declive y que un personaje voluntarista y con la mirada puesta en el pasado, le arrebata poco a poco y lo deja en la intemperie del que suele llamarse el villano favorito. ¿Cómo quiere usted que se recuerde a Enrique Peña Nieto? Tiene usted razón. Digo.

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