Periodistas que estaban en el lugar oportuno en el momento adecuado ha habido muchos. Periodistas que estuvieran presentes en los acontecimientos más importantes del siglo XX –la Revolución rusa de 1917 y la Revolución Mexicana de 1910– hubo pocos. Y de esos pocos, menos aún que fueran norteamericanos. Ser norteamericano no es asunto baladí; solo en Estados Unidos –y en Gran Bretaña– los periodistas disponen de altavoces de alcance mundial. El único informador que a todos esos requisitos sumaba, además, una pluma brillante para describir momentos épicos se llamaba John Reed.

Para convertirse en el testigo más fiable de la Revolución rusa, John Reed solo tenía un problema grave: era revolucionario. Eso que hoy descalificaría a cualquier informador, entonces se convirtió en una grandísima ventaja: ningún otro periodista, y menos norteamericano, pudo desenvolverse sin trabas en el círculo más cercano a Francisco Villa, Lenin y Trotsky, los artífices de aquel vuelco dramático en la historia de la humanidad denominado revolución.

Donde se convirtió en revolucionario fue en México, cubriendo en 1913 la intervención de Estados Unidos, un pretexto para derrocar al gobierno usurpador de Victoriano Huerta en clara intervención. Cayó fascinado por la personalidad de Pancho Villa. Su estancia en nuestro país dio pie a su muy interesante libro México insurgente. Su carrera hacia la revolución continuó con numerosos reportajes comprometidos. El más notable fue el realizado en Colorado en 1914, pocos días después de la conocida masacre de Ludlow. La Guardia Nacional y los mercenarios de la Fuel & Iron Company –propiedad de Rockefeller– cargaron contra los más de mil obreros en huelga, sus mujeres y sus hijos, con el resultado de dos docenas de muertos. Resulta fácilmente comprensible que ante acontecimientos como esos, el joven soñara con cambiar las cosas y fijara su mirada en lo que estaba ocurriendo en Rusia, donde ya se veía venir el paraíso en la Tierra.

Así que fue a Europa, donde se libraba una gran guerra, la primera Guerra Mundial. Una guerra imperialista, capitalista. Aburrido de Europa occidental, las noticias de la masacre de Gallipoli le llevaron a Constantinopla. La guerra en el este no tenía nada que ver con lo que había visto en el oeste. Su conclusión fue que aquella era una confrontación de mercaderes:

“La guerra real –escribió–, de la cual esta súbita explosión de muerte y destrucción es solo un incidente, empezó hace mucho tiempo. Ha ido creciendo durante décadas, pero sus batallas han sido tan poco publicitadas que apenas si se han notado.”

Sabía que era solo el avance de la verdadera gran guerra que libraría la humanidad entera: la Revolución, y no cualquiera, sino una Revolución socialista. De Turquía pasó a Grecia y de allí a Serbia, Bulgaria, Rumanía, Besarabia (la futura Moldavia) y Rusia. Aquellos países le apasionaron, porque en ellos se estaba cocinando la revolución. Así lo contó en The war in eastern Europe (1916), libro incontrable en castellano. Entre sus viajes, intercalaba estancias en Estados Unidos y visitas a su madre en Portland. En uno de esos recesos, conocería a Louise Bryant, una joven provinciana a la que moldearía a su imagen y semejanza. Juntos se instalaron en Manhattan y practicaron un estilo de vida bohemio y revolucionario para la época.

Muy enamorados y, por supuesto, convencidos de la causa revolucionaria se trasladaron a Rusia y presenciaron la toma por parte de las masas del palacio de invierno, sede del débil gobierno de Kerenski, y el cual marco el inicio de la gran Revolución de Octubre. Se hicieron muy amigos de los nuevos gobernantes, conocieron a Trotsky y a Lenin y, como observadores, participaron en Petrogrado en el segundo Congreso de los Soviets; representaban al comunismo norteamericano. Su implicación fue mucho más allá de la mera observación y llegó a tal punto que Reed participó junto a los guardias rojos, fusil en mano, en la defensa del Ministerio de Exteriores cuando sufrió un duro ataque de los contrarrevolucionarios embebidos por el capitalismo y la destrucción de un cambio que iba marcando tendencias.

Todo ello quedó reflejado en el libro Diez días que sacudieron el mundo, donde las muy destacadas dotes periodísticas de Reed hicieron olvidar por momentos su carácter militante. Así se pueden leer pasajes tan bellos como ese sobre la influencia de los periódicos en la revolución:

“Rusia entera aprendía a leer: leía asuntos de política, de economía, de historia, porque el pueblo tenía necesidad de saber. En cada ciudad, casi en cada aldea, en el frente, cada fracción política tenía su periódico y, a veces, muchos. Millares de organizaciones distribuían centenares de miles de folletos, inundando los ejércitos, las aldeas, las fábricas, las calles.”

Se podrá estar de acuerdo o no con John Reed. Nos parecerá partidista y poco objetivo, pero si se quiere comprender lo que pasó en Rusia y en el mundo hace 101 años, es necesario leerlo con los menos prejuicios posibles. John Reed murió en un hospital de Moscú, mientras su mujer le apretaba la mano. El tifus y la falta de medicinas le arrebataron la vida en el mes de octubre de 1920, tres años después de aquellos estremecedores días. La Unión Soviética le tributó un funeral digno de un héroe. Su cuerpo está enterrado en los muros del Kremlin en donde solo pueden estar aquellos que lucharon por la grandeza de un ideal, uno ¡naturalmente socialista!

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