El dictador Kim Il Sung gobernó Corea del Norte desde 1948 hasta su muerte en 1994. Lo hizo con el respaldo de un partido único, el comunista; cancelando toda libertad, reprimiendo cualquier expresión de pluralidad o democracia. Es la historia de la barbarie, de la degradación brutal del espíritu de libertad de una sociedad; la historia del terror y la masacre, donde pisotear el derecho a la vida era un acto frecuente.

Disentir en ese régimen era y continúa siendo hoy, un sacrificio que termina en el paredón. Il Sung gobernó casi tantos años como Fidel Castro, ambos caudillos gobernaban de la mano de un ejército que les servía de correa de transmisión y una masa que los acompañaba en la aventura mediante asambleas locales de ratificación de la voluntad del dictador. La posibilidad de disentir estaba no solo cancelada sino penada.

Sin embargo, para legitimar ese tipo de regímenes, se hacían acompañar de “los periodistas progresistas, hombres de ideas avanzadas y combatientes que aman la justicia y la verdad y fustigan la injusticia y todos los males de la sociedad… los periodistas progresistas del mundo entero deben propagar ampliamente entre las grandes masas populares la clara verdad de que hay que combatir resueltamente hasta el final a los imperialistas… los periodistas progresistas deben educar a las masas en un espíritu de odio infinito al imperialismo”.

El papel de los periodistas quedó expresado en la figura del “camarada Kim Zong Te, premio internacional del periodismo, indomable combatiente revolucionario surgido del seno del pueblo coreano y fervoroso publicista”. (Kim Il sung; Obras escogidas)

El dictador demagogo necesita de una multitud olvidadiza, indulgente, negligente, desanimada, incapaz de llevar una política verdadera, que exige la reflexión a largo plazo, frente a ellos, el dictador ofrece una infinita posibilidad de ficciones, donde el triunfalismo, la irresponsabilidad, el inmediatismo, la manipulación y el engaño se convierten en política. Un antídoto necesario, pero, desde luego, no suficiente es contar con una prensa crítica que enfrente al poder, lo cuestione, derrumbe sus símbolos, hacer que sus palabras sean una caja de Pandora, que una vez pronunciadas obliguen a la discusión, a la confrontación de ideas, a la diversidad de opiniones. Lograr que quienes triunfan en las elecciones, sean prisioneros de sus palabras y de las expectativas que han engendrado, que respondan con un programa claro, que garantice el sentido crítico y plural que debe reinar en la democracia; exigir que las voces y las acciones de los gobernantes abonen en el propósito de enfrentar la cara oscura del poder: el autoritarismo.
Nicolae Ceaușescu, Kim Jong Un, Fidel y Raúl Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Vladimir Putin y varios dictadores más son (o lo fueron en su tiempo) la imagen en el espejo del viejo dictador coreano. Hoy el carácter inquietante del populismo procede del poder que la muchedumbre puede conceder a sus cabecillas: el poder legítimo y a la vez legal.

En los setenta los molinos de viento se llamaban imperialismo, hoy, el enemigo a vencer es el neoliberalismo. Desde luego, ese reduccionismo simplificador no explica la complejidad de los engranajes económico-sociales. Este enfoque maniqueo puede servir para caricaturizar, para descalificar pero no para analizar y/o explicar la complejidad económica, la globalización, el cambio tecnológico. Frente a este escenario, hoy es necesario activar las alarmas para advertir la sombra que amenaza la libertad. Para Timothy Snyder, el enemigo que puede derrotar la democracia es la tiranía. Hannah Arendt nos advirtió que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo. De ahí la necesidad de fortalecer el sentido crítico, la pluralidad, defender el espacio donde todo es cuestionable, donde nada puede imponerse como sagrado. Este foro debe ser una batalla, una garantía donde la palabra sea la voz de la razón. Los medios, los críticos deben continuar fieles a su proyecto de autonomía, distanciarse del poder, de sus dogmas, dialogar, discutir. La democracia representativa, por definición, debe incluir la formación de la opinión pública por medio de la libertad de expresión.

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