Pronto destacó la nueva alumna por su capacidad asombrosa de aprender. En poco tiempo la niña adelantó a sus compañeras, mucho mayores que ella y con más años de estudio. Era una auténticamente esponja con una memoria prodigiosa.
Nada se le daba mal y en todas las materias destacaba su brillantez natural. Sus amigas, que la querían, veían los prodigios con alegría y llenas de orgullo. Su pequeña D’Artagnan estaba llena de magia, “tocada por los dioses”, era la frase que solían utilizar.
Así transcurrieron los dos primeros años de la nueva vida, en la residencia de las clarisas, de Piedad: sin sobresaltos y con una alegría interior difícil de explicar. Fue entonces, cuando vino su padre a buscarla.
Las monjas prepararon apresuradamente un baúl con ropas de viaje y se despidieron de ella con alivio. Sus compañeras, sin embargo, lloraban con auténtica pena, mientras que a la madre superiora se le salía el corazón por la boca, tanto sufría por la partida de su niña amada.
Fue camino a casa cuando le dieron la triste noticia de que sus abuelos muerieron en un naufragio y que los habían encontrado abrazados entre las olas, con un amor cierto en los ojos.
Iban al entierro, a ella la llevaban por expreso deseo del abuelo, quien había dejado escrito en su testamento que la heredera universal debía estar presente en el momento en que fuera sepultado.
Las lágrimas de la niña humedecían la tierra y llegaban hasta el corazón muerto del abuelo, que florecía como una rosa en carne viva. Las lágrimas se juntaron con la lluvia, que lloraba a su vez.
La alejaron a la fuerza del abuelo, la alejaron para siempre de quien tanto la había amado. Apenas sí pudo despedirse de él y de la abuela un poquito. Todo quedó distanciado en un momento, como si nunca hubiese existido.
La fiebre la consumía, la hacía ver visiones extrañas que presentadas en formas fantasmagóricas deformadas. Le hablaban en latín y ella les contestaba en la misma lengua; le hablaban en griego y ella las expulsaba de su pensamiento en el mismo idioma de Platón.
“Sombras nada más”, nada más eran sombras del pasado que se asomaban a sus ojos afiebrados. Personajes diluidos en la mirada turbia de la pequeña D’Artaganan, quien sin saberlo moría de tristeza.
La salvó la sombra de su abuelo, quién espantó a las otras y se fundió en un abrazo con la pequeña niña. Ella sintió como la rosa en carne viva, que era el corazón del abuelo, se fundía con su propio corazón.
Despertó de la agonía después de tres semanas. Desahuciada de la vida empezó a vivir con dos corazones en el pecho. Más hermosa que nunca volvió con las monjas. Su tercer corazón, sor Teresa, la estaba esperando con los brazos abiertos.

Continuará…

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