K encontró en la papelera, seguramente las había tirado por descuido, algunas hojas que explicaban por qué a Piedad sus compañeras la llamaban D’Artagnan, y lo que era más importante: daban cuenta del primer día y los posteriores de la pequeña en la escuela de las monjas. El descubrimiento le fue grato, al tiempo que le planteó el problema de la temporalidad discontinua en su cuento. Decidió incorporarla.
“La tarde pasó rápidamente para Piedad, con todos los preparativos que había que hacer para acomodar al nuevo huésped, quien viajaba con demasiado ajuar para una niña tan pequeña. Eso hizo pensar a alguna hermana que podía sacar provecho. Pero la superiora se mostró vigilante y extremadamente cuidadosa de que no le faltara a la niña nada de lo que había traído.
“Tal se diría, empezaron a murmurar algunas monjas, que quien había llegado era la mismísima hija de Sor Teresa. Y cuando lo decían se santiguaban como pidiendo perdón, aunque no sintieran pecado alguno. Era por costumbre más que por conciencia de su maledicencia que hacían el signo de la cruz en su frente, rostro y cuerpo.
“Gracias a la intervención de la madre superiora no se quedó nada por el camino y la niña no perdió alguna cosa que pasados los días, los meses y los años se convertiría en la diferencia entre vivir decentemente, aunque de forma sencilla y anticuada, y pasar por una miserable pordiosera.
“Pese a todo el cansancio del viaje y la infelicidad que estrujaba su corazón desde que se había ido el abuelo, Piedad se sentía casi alegre y empezaba a ver el mundo de una forma más optimista; desde luego más que en los días previos, en los que había estado encerrada, sin saber por qué, en su cuarto.
“Parte de la dicha que sentía provenía de aquel cruce de miradas con la mujer que las había recibido en aquel despacho tan asombrosamente lleno de libros y cosas santas. No le había pasado tampoco desapercibido que los dedos de la monja tenían manchas de tinta.
“A las cinco en punto de la tarde estaba en el refectorio con las otras alumnas del internado para iniciar el rezo que precedía a la cena: una sopa de cebolla y unas verduras cocidas con algo de carne que le supieron a gloria, después de tanto ayuno como había hecho.
“Las presentaciones de sus compañeras no serían hasta el día siguiente, en la media hora de recreo que tenían a medio día. Ese era el único momento en que les permitían hablar y tener un poco de esparcimiento.
“En total eran cuatro con ella. Sus compañeras se llamaban: Raquel, Rebeca y Rocío. Le sorprendió que todos esos nombres empezarán por R, pero más se asombró cuando supo que todas ellas eran hermanas y que tenían dos hermanos que se llamaban Ricardo y Rubén. Otra cosa sorprendente era que las vocales iniciales coincidían en orden descendente con el orden de
nacimiento.
“Las otras niñas le cayeron bien desde el principio, y a ellas también les cayó muy bien su nueva compañera, a la que decidieron llamar: “nuestra pequeña D’Artagnan”. Ellas, por supuesto eran: Athos, Porthos y Aramis. Además, a Ricardito lo llamaban el Conde de Montecristo y a su Rubencito siempre lo referían como el caballero Héctor de Sainte-Hermine.
“Piedad no conocía ninguno de aquellos extraños nombres, pero pronto se acostumbró a ellos y formaron parte de un sentimiento de pertenencia, sentimiento que le calentaba el corazón cada vez que los escuchaba de los labios de sus nuevas amigas.

Continuará

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