La plática mantenida con sor Teresa tuvo un impacto muy positivo en el ánimo de Piedad. La pregunta que le había hecho sobre el amor, y que acabó vinculando con la alegría de amar que procedía de él, fue un bálsamo milagroso que curó las profundas heridas de su alma.
La recuperación anímica de la niña tuvo también un efecto positivo en la comunidad, la cual recuperó su antiguo esplendor. Podría decirse que la luz irradió de nuevo gracias a que la joven consiguió apartar sus propias sombras.
Las siguientes semanas fueron alegres. Nadie se acordaba ya de la tristeza que anidaba en los corazones hacía tan poco tiempo, y que atribuían más a un mal sueño que a una realidad de opresión nítidamente vivida.
Volvió el interés de Piedad por el estudio y con él el de la docente por enseñarle todo lo que las ciencias y las artes podían ofrecer a espíritus de luz como el de Piedad, quien nunca se cansaba de aprender cosas nuevas.
“¿Qué es para ti conocer?”, preguntó la maestra. A través de la ventana se podían ver los campos y el lejano bosque nevados. La joven, como era su costumbre, miró hacia afuera antes de contestar. La tierra blanca contrastaba con el cielo gris.
“¿Ve hermana, toda esa nieve que nos rodea?, ¿puede escuchar los susurros de esta tierra emblanquecida por Dios?” “La veo y los escucho”, contestó sor Teresa. “Pues bien, conocer para mí es…” hizo una pausa a fin de depurar su pensamiento de toda impureza. Al fin continuó: “Conocer es amar el amor de Dios en todas sus creaciones”, dijo firmemente.
La monja la miró sorprendida. No sabía muy bien que quería decir su pupila, así que le hizo una pregunta directa. “Y eso, ¿qué significa?” No sé muy bien que puede significar…, solo intentaba expresar un sentimiento, y como sabe no hay cosa más difícil que acomodarlos a la razón. Los sentimientos son una fe…, sí, eso sería, conocer es tener fe en la creación de Dios”.
Al fin había podido expresar su pensamiento más claramente. Se sintió dichosa de haberlo conseguido. La dicha de sor Teresa no fue menor al escucharla en esos términos que ella amaba, y que estaban adheridos a sus más profundas creencias. Eran, en fin, palabras simples y profundas que definían a la perfección que era el conocimiento para ella misma.
El reloj marcaba las 11 horas, la hora en que las niñas salían al patio. La nieve dejaría de ser nieve para convertirse en bolas, en muñecos, en juegos y en felicidad. El instante era perfecto, la alegría había vuelto, como si nunca se hubiese ido.
Pero un mal presentimiento punzó el corazón de la madre superiora, quien intentó disiparlo con un manotazo en el aire. En la lejanía, entre las nubes que azotaban las ramas del lejano bosque, asomaba la imagen de un hombre vestido de negro que arrojaba rosas rojas en la negra tumba que enterraría la felicidad de la monja.
Afuera, los gritos alegres de las tres mosqueteras y la pequeña D’Artagnan disiparon las angustias de un segundo antes. Sor Teresa se puso a rezar con fe. Nada malo podía pasar si Dios era amor y las mujeres y los hombres estaban hechos a su imagen y semejanza. Quedaba esperanza, se aferró a ella con fervor.

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