El velo blanco le cubría la cara y no dejaba ver la profunda tristeza que reflejaba su rostro. A su alrededor se había reunido toda la escuela, es decir, las monjas que habían sido parte de su vida.
Todas eran conscientes de que se trataba de una despedida y que después de la ceremonia no volverían a verla. La niña se había hecho mujer, y la mujer abandonaría el lugar y las personas de su niñez para siempre.
El vestido de novia le había llegado, junto a otros, en un baúl el día anterior. Era muy lujoso y le sentaba de maravilla. Eso no le importaba en absoluto. Contaba los minutos uno por uno, sentía que se le precipitaban encima.
El obispo Méndez, que había venido exproceso de la capital para celebrar el matrimonio, estaba hablando de la importancia de la fidelidad entre los esposos. Piedad ni siquiera lo escuchaba.
De vez en cuando giraba la cabeza a su derecha y allí, a su lado como siempre, estaba sor Teresa acompañándola hasta el final. La monja había sido elegida por su padre para que fungiera como contrayente, en ausencia del verdadero.
Si no hubiese estado tan triste hasta le hubiese resultado, en cierto modo, divertido que se estuviera casando con su maestra. Pero el asunto era demasiado serio para tomárselo a broma y no lo hacía.
La madre superiora le tomó la mano y le puso en el dedo anular el anillo que sellaba el compromiso matrimonial. Piedad repitió el gesto y las palabras de aceptación. La mano de la monja temblaba en la suya.
El obispo dijo las palabras rituales: “Yo les declaro marido y mujer, puede besar a la novia”. Sor Teresa la besó en la mejilla. La ceremonia había concluido. Bajaron del altar cogidas de la mano.
La comida tuvo poco de banquete. La congoja que tenían en el pecho impedía cualquier expresión de alegría. Nadie disfrutó de los manjares que con tanto esmero había preparado la hermana cocinera.
Momentos antes de subir al carruaje, tirado por cuatro hermosos caballos, Piedad estalló en llanto. Sor Teresa no pudo contenerse más y también se puso a llorar. Sus lágrimas eran de desesperación y amargura. Abrazó a su alumna y salió corriendo a expiar su dolor en soledad.
El carruaje se alejó del colegio a gran velocidad y se acercó al bosque. Le esperaba un largo viaje y una vida muy diferente a la que había soñado, junto a alguien que no conocía y que era mayor que ella.
Se sentía traicionada por su padre, ese hombre que no se había atrevido a estar presente ni siquiera el día de su boda y que la había casado a la fuerza para alejarla de cualquier atisbo de felicidad que pudiera tener.
Se arrebujó en el pequeño espacio destinado a los pasajeros, abrió la cortinilla y vio a lo lejos la casa de sus amiguitas, que ignoraban lo sucedido. Por un momento estuvo tentada de saltar y pedirles asilo, pero no lo hizo.
Años después recordaría aquel momento de indecisión como una oportunidad que la vida le ofreció y que no supo aprovechar. Algo así como un punto de bifurcación en que la voluntad habría puesto las cosas en su sitio.

Comentarios